martes, 25 de febrero de 2014

Uno a uno y sin prisas ( XXXVI )



La iglesia estaba llena a excepción de los ateos y fumadores que no respetan ni a los muertos recientes, pero que acompañan a sus mujeres, madres o novias hasta el recinto sagrado, como buenos maridos, hijos o novios. Algunos de ellos hubiesen entrado de saber que en este funeral había algo especial para deleitar la vista y hacer trabajar la imaginación.
En las ceremonias con féretro, las miradas del público solían repartirse entre los deudos del finado y el ataud, que ocupaba un lugar prominente entre el altar y el primer banco. De los familiares del muerto interesaba saber si lloraban o no lloraban, si estaban "enteros o rotos" Al feretro lo miraban con el reverente respeto con que se mira a un símbolo terreno del Más Allá, como pensando: "ahí estaré yo cuando me toque" Pero esta vez, la mayoría no miraba al féretro ni a la falsa viuda, es decir, a la amante, Fernanda, que todos estaban enterados de la relación de la pareja por mucho que ellos intentaron ocultarlo. Esta vez las miradas convergían en las tres figuras despampanantes de ceñido luto, velos negros y gafas ahumadas, las que seguían la ceremonia desde la segunda fila. Las pueblerinas maldecían internamente a aquellas frescas que tenían alterados a los machos desde su llegada, que no es lo mismo provocar pasiones desde una pantalla que calentar a los brutos en directo. Y los machotes no despegaban la mirada de los glúteos de las estrellas. Don Bernardo se percató enseguida de esta profanación de la ceremonia, pero supo mantenerse digno y sagrado en su cometido, recitando su sermón habitual para difuntos, recordando a los "aquí reunidos" lo de siempre: "las virtudes humanas y cristianas de nuestro hermano Rogelio que ya está en la Gloria de Dios"
El flash de la cámara de Alfonso Paz iluminó por un instante a las artistas, como si estuviesen en la alfombra roja del "Gran Teatro-Cinematógrafo de Lobodoiro", un "sagrado recinto" del séptimo arte que se había librado de ser troceado en minicines gracias al festival del terror.
La cara de Don Bernardo se transfiguró al descubrir a aquella "alimaña" que alteraba la paz de la ceremonia. "Maldita sabandija, repugnante bicho!" Los pensamientos del viejo clérigo no pudieron abstraerse de maldecir y anatematizar al "bicho" que él conocía muy bien y al que consideraba "el más repulsivo de los pecadores"

( Continuará )

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