sábado, 11 de marzo de 2017

(88) El caso de la domadora asesinada.





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Todo quedó en un susto, el ciclista se había dormido. Ni siquiera rozó el coche porque el ruido del frenazo le despertó, y Enriqueta terminó de espabilarle con un toque prolongado de claxon. Salió del coche y se plantó ante el bicicletero que la miraba compungido desde el suelo.
— Vaya, pues qué bien, chaleco reflectante, casco, luces..., lleva usted de todo y, sin embargo... ¡joder, qué le ha pasado?!
Se imponía el usted porque era un hombre mayor.
— Perdone, señora, me he quedado dormido, trabajo mucho, voy de un sitio a otro...
Fue levantándose mientras se disculpaba. Enriqueta decidió poner punto y aparte, lo que menos la interesaba en este momento era escuchar una biografía triste, como tantas otras en esta España tan dolida como jodida. Aprovechó la coyuntura para preguntarle por el circo, pues ya estaba casi a la entrada del pueblo.
— Perdone, ¿tengo que atravesar el pueblo para llegar al sitio en donde hay instalado un circo?
— Sí, continúe hasta la iglesia y allí gira hacia la izquierda. Hay una carreterita que da un pequeño rodeo, pero es la mejor para circular en coche, y un camino que llega enseguida, o sea, más corto que la carretera, pero atraviesa un poblado de... de gente poco recomendable.
— ¿Gitanos?, ¿yonkis?, ¿ultracatólicos?, ¿corruptos del PP?...
— Eh...
— Déjelo, gracias, ¡y vaya con cuidado hombre!, ¡anda que... dormirse en una bicicleta!
Siguió su camino arrepintiéndose al instante de haberle hablado con sorna al pobre hombre, un anciano casi, un "paria de la tierra" condenado posiblemente a currelar hasta los setenta años por obra y gracia del neofeudalismo español.
Un poquito antes de entrar al pueblo vio a su izquierda la famosa "Rueda de La Ñora" o "Noria de La Ñora", un ingenio hidráulico del siglo XV para regar la fecunda tierra murciana, un emblema y orgullo de La Huerta.
Llegó a la iglesia y giró a su izquierda, tal y como le había indicado el hombre que no se convirtió en cadáver gracias a Dios y a un frenazo providencial.
"Bueno, iré por la carreterita que da un rodeo, después exploraré ese caminejo que transcurre por zona de "gente poco recomendable" ¡Bah, seguro que no son banqueros ni políticos de alcurnia"
Muy pocos minutos después se plantó ante el circo. Allí no había ningún problema para aparcar, pero temió que alguien le hiciese algún daño al coche. El entorno era desolador. ¿Se atrevía la gente del pueblo a acercarse hasta este lugar para ver una función de circo en un circo miserable?
"¡Dios, qué desastre!"
Nunca había visto una carpa circense y unas roulottes y camiones tan desvencijados.


(Continuará)



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