jueves, 9 de marzo de 2017

(86) El caso de la domadora asesinada.



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— ¡Joder, Carlos, nos han podido matar!
— A nosotros... ¿por qué?
— ¡Piensa, hombre, piensa, somos testigos de un asesinato! ¡Despierta, Carlos, despierta!
— ¡Vale, cari, no me agobies! ¡Joder, un asesinato, qué rollo más chungo, ¿no?!
— Muy chungo, sí, no es para andarse con bromas. Oye, tú y yo no hemos visto nada, ¿vale?
— ¿No hemos visto nada?... ¿Entonces es que no ha habido un asesinato?
— ¡Cagüen la hostia, tronco, estás dormido todavía!... Digo que si nos preguntan los maderos, nosotros calladitos, no estábamos aquí, ¿pillas?
— A vale, sí, ya pillo, tú y yo ni mu, no somos chotas.
— Bueno, pero sobre todo para que nos mate el asesino, que a nosotros no nos va a proteger nadie.
— Nadie, tía. ¡Joder, pues si nos asesinan, vaya rollo más chungo, cari!


Un asesinato es un mal rollo, pero especialmente para la víctima, tan mal rollo que no puede pasarse la vida diciendo: "¡Jo, qué mal rollo cuando me asesinaron!", pues, a fin de cuentas, ya no se entera de nada por los siglos de los siglos, al menos eso se supone. Pero quizá sea peor rollo para Sandra y Carlos. La gente de la mala vida temen a los asesinos tanto o más que a la policía. La razón es muy simple: a ellos no les protege nadie en el caso de que el asesino decida silenciarles. Carlos y Sandra, toxicómanos de La Ñora, habían presenciado un asesinato, y al regreso del asesino para llevarse el cadáver en su coche habían visto muy bien la cara de este y las características del vehículo. Era un coche muy fácil de identificar, aunque Gerardo Urdielles, "Gerardín", no supo hacerlo porque sus neuronas le jugaron una mala pasada, pero a Carlos y Sandra, sin embargo,  la luna llena les permitió ver muy bien los "gatos" y la "maleta" del coche del asesino, el mismo asesino de Karla Ambrossini, la infeliz Benita Talledo, y Abdel Alim Saadi, el hombre que no quiso seguir siendo delincuente. ¿Llegará la entusiasta inspectora Jiménez Herrera hasta el final?


(Continuará)

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