miércoles, 1 de marzo de 2017

(81) El caso de la domadora asesinada.

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Días atrás


— Tú eres mi amor, tronca, chachi, que sí, que de verdad. Por ti yo mataría a un guardia y a su puta madre, que te lo digo...
— Vale, vale, no te lances tanto porque te pones cansino, y yo me sé lo que digo, ¿vale?, al loro. Pues ya está, Carlos, ¿vale?, porque yo me sé que nuestro único amor es esto que nos estamos metiendo por la vena. ¿O no?
— Que sí, que vale, pero nos amamos, ¿no?
— Bueno, a veces un poco de sexo si no nos dormimos. ¡Pincha bien, joder, parece mentira que no sepas todavía clavar la jeringa! ¡Cagüen la hostia puta, Carlos! ¡Pincha bien, coño, que se te va a caer la puta jeringa al suelo!
Formaban una pareja joven, quizá demasiado joven, aún no habían pasado de los veinte años y ya estaban destrozados por la mala vida. Sandra y Carlos eran lo que la sociedad llama toxicómanos, drogadictos, drogotas, yonkis, enfermos, dependientes... según la carga de desprecio o de respeto de los que se refieren a ellos.
— ¡Hala, ya está! Todo dentro, chocho.
— Schisss... Calla, Carlos, estoy viendo a un hombre.
— ¿Qué dices?
— Schisss... Que hables bajo, hostias. Mira allí, allí...
Las nubes tapaban o destapaban la Luna a su antojo. Carlos no siquiera miró hacia donde le señalaba su "tronca" porque se le estaban cerrando los ojos, pero Sandra no perdió de vista al hombre que caminaba por el caminejo que flanqueaba el solar en el que ellos se encontraban. En eso apareció otro hombre, también caminando a  paso ligero. Parecía que iba en busca del primero.




Enriqueta y Verónica


Era la tercera vez que Enriqueta entraba en una roulotte circense, antes lo había hecho en la del matrimonio Talledo, los padres de la difunta Karla Ambrossini, y en la del matrimonio mal avenido de Mateo Santos y Jesusa Sánchez, "Miss Martinelli" Aceptó la invitación de aquella mujer porque le pareció una ocasión de oro para enterarse de las vidas y milagros de otros artistas circenses que no fuesen precisamente los del "Gran Circo de la Atlántida", y su anfitriona tenía ganas de hablar con alguien, lo notó desde el principio, con el añadido favorable de que no iba a ser un interrogatorio, sino una charla entre mujeres. Para la circense, la poli no era una extraña, dado que su hermana también era poli. Y además, Enriqueta tenía hambre, y se dio la circunstancia de que la sopa de pescado estaba deliciosa y, junto con las chuletillas de cordero, la cena resultó perfecta. La anfitriona se reveló como una buena cocinera, no solo servía para cortar entradas, vender refrescos y...
— ¿Qué haces en la pista? — preguntó la invitada.
— Formo parte de una troupe de trapecistas: mis dos hermanos, una cuñada y yo. Y mi hermano mayor y su esposa, mi cuñada, también hacen el número de "Los Pilotos de la Muerte"
— ¡Jo, sois unos artistazos!
— Es lo nuestro desde niños. Por cierto, yo me llamo Verónica.
— Enriqueta, pero puedes llamarme Enri.
— Pero tú a mi no me llames Vero, ¡odio que me llamen así, ja,ja,ja,ja!
— Enri le contó sus cosillas, su vida en Las Norias de Daza y su noviazgo "a distancia" con un vasco que vivía en Manchester. Verónica le contó a grandes rasgos su vida de circense, los circos por los que había pasado, los países que había visitado en sus giras por Europa... A Enri le extraño que no le hablase de hombres. La tiro un poquito de la lengua.
— Sí, estuve casada, pero no he querido estarlo más.
— ¿Te divorciaste? — y vio un destello de tristeza en su mirada.
— Yo amaba a mi marido, Enri, le amaba con toda mi alma, pero... se mató por una apuesta estúpida.


(Continuará)


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