Los años pasan volando, como el viento, como los ciclistas en el sprint final...
Ya han pasado más de sesenta años volanderos. Supongo que se divirtieron, que se tomaron algunas copitas, que engulleron algunos manjares... Supongo que me miraron de vez en cuando e hicieron algún comentario de interrogante profética, "qué sera de mayor?", o de ternura de clan familiar, "a quién se parece más?"
Sí, puede que se permitiesen algún gasto extra porque ese año se habían terminado, por fin, las cartillas de racionamiento.
Pero no recuerdo nada, absolutamente nada, porque cuando eres tan poca cosa no se te graban las imágenes ni las palabras en la memoria.
Han llovido mares desde entonces. Se han trasegado millones de copas de anises y champanes. Se han ingerido sopotocientas docenas de las doce uvas. Se han estirado y encogido los matasuegras repetitivamente en infinidad de hogares, cabarets, discotecas... Han sonado de lo lindo zambombas y panderetas y nadie se ha cansado de decir "saca la bota María que me voy a emborrachar", aunque casi se nadie se emborrache ya con una bota de vino.
Puede que muchas de estas cosas sucediesen muy cerca de mi. Es posible, muy posible. Tan posible como que mi madre me miró muy amorosamente.
Pero no recuerdo nada de aquella noche. De mi primera Noche Vieja. Sólo tenía cuatro meses y dos días.
Dedicado a todos mis amigos blogueriles y feisbukianos. Que paseis una felicísima Noche Vieja y que 2.014 solo os traiga cosas buenas. Amén.