Tino y El Lobo
Trató de recomponer el gesto, modulando la voz hasta lograr un tono más cordial.
- Mire usted, me consta que trabajó aquí. Fue sólo durante tres semanas y quizá por eso no le recuerda. Pero le agradecería que hiciese memoria. José Luis va a cobrar una herencia y es preciso que le localice. Yo soy tío suyo.
- Pues sigo sin recordar al tal José Luis, y eso que tengo buena memoria para los nombres. No vea la de camareros que pasan por un bar al cabo del tiempo!... De dónde dice que es?
Madero lamentó no haber traído una fotografía de José Luis. Se preguntó si el negrito le estaría tomando el pelo.
- De Cantabria, de un pueblo que se llama Lobodoiro.
- Ah, coño, el Lobo, el Lobo!... Ja, ja, ja, ja!... Ahora caigo, hombre, es que aquí le llamábamos el Lobo.
Los dos barmen sonrieron al ver al jefe tan eufórico, aunque no sabían de qué iba la película porque habían estado atendiendo a varios clientes.
- Cierto, cierto, sólo estuvo tres semanas, pero luego me lo encontré por la calle algunas veces. Pues sí, seguro que tengo por aquí el contrato de trabajo.
- Dígame, eh... Bueno, mi nombre es Máximino, usted...
- Diamantino, pero me llaman Tino.
- Si no es una indiscreción, podría decirme porqué dejó este trabajo José Luis?
Tino decidió ser cauto. A estas alturas de la historieta ya sabía que estaba bregando con un "madero" ( lo que no podia imaginarse es que era un "picoleto" que se apellidaba "Madero" ) Mientras hablaba le sirvió el cafelito.
- Pues la verdad es que me sorprendió mucho su "espantada" porque él estaba contento aquí. Dijo que le habían hecho una oferta para trabajar en una cafeteria de la Plaza de Castilla y que le pagaban el doble que yo, pero no me lo creí. Además, algunos clientes le encontraron por la calle vagueando. Eso sí, me dijeron que vestía bien y que no tenía pintas de drogadicto ni nada de eso. Y usted no le ha visto desde entonces?
- Pues no. Sabe usted en dónde podría localizar algunos de sus barmen que trabajaron con él. Quizá ellos sepan algo.
- Uf, vaya usted a saber en dónde paran!
A pesar de eso le dio algunos nombres y vagas referencias de posibles lugares en dónde localizarles, y de paso aprovechó para lamentarse de lo poco que duran los camareros en un bar, unos porque son culos inquietos y otros porque meten mano en la caja y hay que echarlos.
Al salir del bar recibió una llamada de Encarnita para decirle que le echaba mucho de menos y que se abrigase, "que luego vienen los resfriados"
- Ten cuidado, Maxi, que no se te note mucho que eres guardia civil. Ya sabes que en Madrid hay muchos terroristas escondidos"
- Sí, cariño, me cuido.
( Continuará )
Atocha arriba
Visto lo visto, Madero sintió vergüenza ajena, un muy fuerte ramalazo de vergüenza ajena, provocado por los policías que "permitían" aquel estado de cosas. Esta policía tan "valiente" con los vendedores callejeros, tendría después su parangón en la policía maltratadora de unos ciudadanos que se manifestarían contra los "ajustes económicos" de un gobierno inepto: una pandilla de neofranquistas vendidos a los capitalistas salvajes provocadores de una gravísima crisis.
Se dio una ducha, se cambió de calzoncillos y calcetines y se puso la zamarra de cuero. A pesar del solillo, los vientos fríos procedentes de la sierra del Guadarrama se hacían muy presentes en las calles de la Villa en esta época invernal.
Hasta Antón Martín solo había una parada de metro, pero decidió subir la "cuesta de Atocha" andando. A fin de cuentas no era una cuesta muy pronunciada y necesitaba estirar las piernas después de la larga "cabalgada" en coche. Eso y la ducha que se había dado, le mantendrían espabilado toda la tarde.
Recordaba muy bien aquella zona de Madrid de cuando le daban libertad en la Escuela de Guardias Jóvenes de Valdemoro y se acercaba a "los Madriles" con algunos compañeros para beber, intentar ligar o ir directamente a putas.
"Cuántisima historia hay aquí!", pensó observando el entorno. Al otro lado de la calle estaba la casona que albergó en su día la primera imprenta de El Quijote. En alguna de aquellas calles que daban a Atocha se encontraba el convento de las monjas Trinitarias, donde yacían los huesos del inmortal Don Miguel, el glorioso "Manco de Lepanto" Por un momento fantaseó con la idea de que iba a cruzarse con Alatriste y su amiguete Quevedo. Alatriste es un personaje ficticio de Pérez Reverte, pero hecho a imagen y semejanza de muchos héroes de los Tercios de Flandes. También rememoró a Lope de Vega y Calderón, dos habituales de estos andurriales, unos andurriales que entonces no contaban con la gran lengua de asfalto de ahora, pisada por endemoniadas máquinas rodadoras y rebuznadoras de bocinazos. Tampoco frecuentaron estos lares los argelinos ladrones, porque cuando aquello se llamaban "berberiscos" y operaban por las costas de Levante.
Enseguida llegó a la Plazuela de Antón Martín y descubrió el Bar Praia y su pizarra exterior: "Desayunos, churros y porras, raciones, bocadillos" Simultáneamente tuvo otro recuerdo: A muy pocos metros de allí, siguiendo Atocha en dirección a la Plaza de Benavente, estaba el trístemente célebre inmueble "55 de Atocha", en donde una banda de inmundos animalejos fascistas mataron a varios abogados laboralistas. Decididamente, lo mejor y lo peor de la Historia se mezclaba en aquella ancestral calle madrileña.
Entró en el Bar Praia y se dirigió al que supuso que era el dueño, porque era el único hombre negro entre los tres barmen que operaban en la barra.
- Qué va a tomar el caballero?
- Póngame un cafelito, por favor. Que sea cortado.
De pronto había recordado que los madrileños castizos suelen decir cafelito.
Sin darle tiempo a que se girase hacia la cafetera, le dijo:
- Estoy buscando a una persona y quizá usted pueda ayudarme.
- Dígame, caballero.
- Se trata de un chico que trabajó aquí hace unos cinco años. Se llama José Luis Calvillo.
El caboverdiano lo pensó sólo un segundo.
- Pues no, no recuerdo a nadie con ese nombre.
Y de inmediato se volvió hacia la cafetera.
Madero no estaba dispuesto a que le tomasen el pelo. No tenía una puñetera pista del caso, pero sí tenía muy claro que José Luis sí había trabajado allí.
- Pues yo recuerdo que sí trabajó aquí!!
Lo dijo en un tono tan alto que el caboverdiano se volvió asustado.
( Continuará )

Costumbrismo madrileño
El "machaca" de los trileros le hizo señas elocuentes al castañero que estaba situado a unos veinte metros de los mangantes, indicándole que ya iban por los 200 euros. El "pringado" ya llevaba perdida esa suma y aún se pensaba que podia ganarle a su competidor, el hombre que amablemente le habia invitado a jugar permitiendole ganar 10 euros en su primera apuesta. La capacidad persuasiva de los "ganchos", su excelente trabajo en equipo, funcionaba como una máquina perfectamente engrasada, una maquina de vaciar los bolsillos de los incautos.
El "machaca" era el más torpón de los pillos, no valía para gancho, por eso le asignaban la mision de "dar el agua" cuando divisaba en lontananza el coche de la "bofia", cosa que ocurrió en este mismo momento.
- Agua!, agua!
Los trileros se evaporaron en un santiamén dejando al "isidro" absolutamente pasmado. También se "abrieron de naja" los de la banda de rateros argelinos que tiraban de bolsos, carteras, móviles, cámaras fotógraficas y de video de los confiados turistas que acudían al Museo Reina Sofía, especialmente de las japonesitas y los viejos anglosajones.
Pero la eficiente policía municipal madrileña solo venía a por los tres o cuatro viejos que venden libros de segunda mano y quincalla ( el fruto de "la busca" nocturna en las papeleras y contenedores basuriles ) en la acera del Hotel Mediodía y el Bar El Brillante ( el de los grandes bocatas de calamares ) Aquella pobre gente estaba a años luz de los topmanteros de los cedés y no significaban ninguna competencia para las tiendas. Una vez más los "munipas" demostraban su "firmeza" ante una falta administrativa que les distraía de acciones más arriesgadas... y necesarias.
El inspector Madero se alojó en el Hotel Mediodía. No era muy caro, pero en el caso de que la investigación en Madrid se prolongase, buscaría una pension económica. No estaba dispuesto a despilfarrar el dinero de las dietas como cualquier politico sin escrúpulos. En todo caso prefería hacerle un buen regalo a Encarnita.
La habitación no estaba mal, pero tampoco era un lujazo. Lo mejor de todo es que le ofrecía una hermosa panorámica de la glorieta con la estación ferroviaria y el soberbio edificio del Ministerio de Agricultura. Su habitación estaba en la tercera planta. También alcanzaba a ver la célebre Cuesta de Moyano, la de las viejas casetas grises de compra y venta de libros, y una parte del histórico Jardín Botánico.
Miró hacia abajo. Los vendedores marginales no se habían vuelto a colocar, quizá porque temían una nueva emboscada de los "munipas" ( a veces estos fingían marcharse, pero daban rapidamente una vuelta a la manzana y les sorprendían de nuevo ) o quizá porque les habían quitado todo el género.
Entonces vio con indignación como unos jóvenes magrebís ( luego se enteraría de que eran argelinos ) rodeaban a unas jovencitas japonesas para robarles, ante la pasividad de los transeuntes y actuando de forma muy rápida. Las chicas se resistieron, pero los delincuentes las "convencieron" con un par de puñetazos y un corte de navaja.
La diplomacia japonesa ya había protestado ante estos ultrajes, advirtiendo incluso de que aconsejaría a sus paisanos que no viajasen a España, pero el nuevo "costumbrismo madrileño" se resistía a desaparecer.
( Continuará )
( Dársena de Castro Urdiales. Al fondo el conjunto monumental )
El viaje
Salió tempranito para llegar a Madrid sobre el mediodía. El Sol prometía su aparición a pesar de que reinaba el Invierno y en el Norte suele ser ventoso y lluvioso por norma general.
Dejó atrás los pueblecitos de Valdurriales, Fresnedoso y Lagunilla. Discurrió por Laredo, Liendo e Islares cuando amanecía. Pasó por Castro Urdiales contemplando una hermosa panorámica de la "ciudad", ( que tal titulo ostenta desde 1.909 ) . Era "villa" desde 1.163, título otorgado por Alfonso VIII ) panorámica enriquecida por las tres construcciones que se yerguen juntas y orgullosas sobre el perfil de la costa: La iglesia medieval de Santa María de la Asunción, el puente romano sobre el que se asienta el faro y el peñón de Santa Ana, coronado por una pequeña ermita. ( Armas, Escudo y Señal... Castillo, Puente y Santa Ana... Naos, Ballena y Mar Llana... son de Castro la Leal ) Bellísima zona monumental, pétrea herencia de los antepasados.
Enfilando hacia el Alto de Saltacaballos le acompañó un tímido sol. Allí abajo, en la mar de cántabros, autrigones y después flavios ( los romanos colonizadores ) varios buques mercantes navegaban hacia Bilbao.
Pasó por Ontón, La Rigada y El Haya ( linea divisoria entre Cantabria y Vizcaya ) Dejó atrás "Petronor", la refinería petrolera de Somorrostro, en pocos minutos, aproximándose al "Botxo", dentro del discurrir de un tráfico tranquilo, que por algo se había anticipado a la caravana mañanera de los que se dirigen a sus trabajos en Bilbao, Baracaldo, Portugalete y otras localidades de ambos márgenes de la ria.
Durante breves minutos tuvo a su izquierda, abajo, el río Nervión, convertido ya en la popularísima "ria", y el imponente arco del estadio San Mamés, "la Catedral del Fútbol"
Un largo tunel le llevó hasta Arrigorriaga. Atravesó tierras alavesas y se despidió de las verdes montañas norteñas al rebasar el desfiladero de Pancorbo, ya en la meseta burgalesa.
A partir de Burgos el paisaje se volvió árido y monótono, toda una vasta extensión de la muy ancha Castilla, la de tantos pastores, hidalgos, nobles, pícaros... Por donde cabalgó "con doce de los suyos" el muy combativo Don Rodrigo Diaz de Vivar, al que los moros llamaron "Cid Campeador"
Comió sin prisas pero con frugalidad en un área de servicio, y bebió café solo largo para no dormirse en los tediosos kilómetros que aún debía recorrer hasta llegar a su destino. Aún se entretuvo durante un largo rato leyendo un periódico burgalés y mirando distraidamente a la tele, aunque despertaron su atención los comentarios referentes al gran suceso que vivía España en esos dias: Un gran barco petrolero llamado "Prestige" acababa de hundirse frente a las costas gallegas, provocando un desastre ecológico de enorme magnitud.
Llegó a Madrid a la 1´30 de la tarde de un día soleado y fresquete con algunas nubes altas. Tras rodear la villa por la M30, tomó la salida de Santa María de la Cabeza, que le llevó directamente a Atocha. Estacionó en un parking junto a la estación y se sumó a la riada colorista de viajeros y maletas que fluía de los trenes AVE y cercanias dirigiéndose a la Glorieta de Carlos V, más conocida por Glorieta de Atocha. Algo menos de año y medio faltaba para que algunos de esos vagones de cercanías se convirtiesen en hierros retorcidos y cuerpos humanos muertos o mutilados por obra y gracia del terrorismo islámico.
A pocos metros de donde Tony Leblanc y Antonio Ozores timaron a un confiado "isidro" por el procedimiento de "la estampita", en la célebre película Los Tramposos, operaban en este momento los modernos "trileros", y estaban desplumando a otro agilipollado "isidro".
( Continuará )
En manos del enemigo
Allí abajo estaba su siguiente presa. Le quedaban un par de bombas y las iba a utilizar de la misma forma provechosa que las anteriores. Hizo una pasada sobre el convoy militar para elegir su presa y remontó rapidamente el vuelo.
Ya había elegido: era un land rover que se desplazaba entre dos carros de combate, como si estos lo escoltasen. Posiblemente un pez gordo, un general.
Describió un largo círculo hasta conseguir la posición de ataque más adecuada.
Llegando ya al convoy, descendió en picado con la temeridad acostumbrada. Justo delante del morro del aparato tenía al land rover. El descenso era de infarto. En el mismo instante que tiró de la palanca hacia arriba para iniciar brúscamente el ascenso, pulsó el botón de lanzamiento de las bombas. El arreón que pegó el avión en ese instante, solo podia soportarlo un hombre concienzudamente entrenado.
Mil metros más arriba miró hacia el suelo y comprobó su obra: el land rover ardía con sus ocupantes dentro, y unas llamaradas gigantes se elevaban desde el enorme cráter que habían producido las bombas.
Orientó el avión hacia la base pensando ya en una buena ducha y en una mejor cena. Siempre regresaba de sus misiones con un apetito extraordinario.
Pero un trágico destino le aguardaba. El avión empezó a hacer ruídos raros y a perder altura. Durante varios minutos intentó hacerse con su control, pero fue en vano. "Maldito cacharro!" Estaba cansado de oír que el Eurofighter ( un juguetito cuyo precio rondaba los 80 millones de euros ) solía tener fallos importantes, demasiado importantes, pues ya habían sucedido varias tragedias. "Su puta madre, me ha tocado a mi esta vez!"
No tuvo más remedio, pulsó el botón de eyección y al momento se vio descendiendo lentamente bajo la campana de un paracaídas. "Pues menos mal que ha funcionado el sistema de eyección!" En el preciso instante de pulsar el botón había recordado que también se registraron fallos en los sistemas de eyección de varios aparatos.
Vio a lo lejos al "maldito cacharro" estrellarse contra una colina.
Caer en manos del enemigo era ahora su gran temor. Se afanó en recoger a toda leche el paracaídas para ocultarlo entre unos matorrales y salir pitando hacia un bosque próximo, pues en aquel llano estaba demasiado expuesto a ser descubierto.
Un hombre detuvo su motocicleta muy cerca de él. El piloto sacó su pistola y le apuntó.
- No tema, amigo, pertenezco a una familia de granjeros que vivimos en aquel monte. - y señaló hacia el monte - Todos trabajamos para la Resistencia. Venga, suba a la moto!
Por el camino le explicó que los militares rebeldes confiaban en ellos. "No sospecharán que hemos recogido a un piloto enemigo" Pero el piloto no las tenía todas consigo, el temor a caer en manos de los soldados a los que había bombardeado era muy fuerte.
Instintívamente se llevó la mano a uno de los bolsillos de la camisa en donde guardaba la cápsula de cianuro que le libraría de una insoportable session de tortura.
Sus temores, no obstante, se disiparon al conocer a la simpatica familia de granjeros, tres agradables matrimonios con sus niños, cabras, ovejas y caballos.
- Pero los soldados pueden aparecer por aquí en cualquier momento.
- No tema - le dijo uno de ellos - no sospechan de nosotros. De todas formas, una de las mujeres va a bajar al pueblo a hacerse la encontradiza con ellos, y les dirá que le hemos visto a usted subir a un coche y alejarse.
Tantas explicaciones apaciguaron sus nervios. Logró conciliar el sueño y la mañana siguiente transcurrió en paz y armonía para todos. Sólo hasta las primeras horas de la tarde para uno.
A la mañana siguiente una patrulla de soldados llegó a la granja, pero no dieron con él. La simpatica familia que formaba aquella asociación secreta de antropófagos se lo había merendado el dia anterior.
Había caído en manos del enemigo... y de sus estómagos.
Praia
- Su madre no le envió dinero para que resistiese en Madrid mientras buscaba trabajo. Eso me ha dicho ella. El no se lo pidió.
- Sin embargo, algo tuvo que hacer para vivir. - observó Jiménez.
- Efectivamente, según su novia consiguió el trabajo a las dos semanas de llegar, justo el tiempo que debió durarle el dinerillo que se llevó, que no fue mucho. En el bar estuvo trabajando tres semanas. Así que sumamos cinco semanas desde su llegada a Madrid. Nos quedan 11 semanas hasta su regreso a Lobodoiro. Su novia tiene muy claro que permaneció cuatro meses en la Villa y Corte.
- Tuvo que papear, vestir, lavar la ropa... eso cuesta dinero. Qué raro que la familia no sepa nada de esos meses que pasó en Madrid.
- Rarísimo, hay algo que no concuerda. Je, je, je!...
- De qué se ríe, mi teniente?
- Hacía tiempo que no escuchaba la palabra papear, usted me la acaba de recordar.
- Je, je!
- Sabe desde cuando no la escuchaba?... Pues desde mi mili en los "paracas". Joder, no ha pasado tiempo!
- Se tiraba usted de los aviones?
- Sí, señor!... Y ligaba mucho con mi traje de "paraca", ja, ja, ja!
Jiménez tuvo el presentimiento de que con el teniente Madero siempre se entendería bien. Le gustaba su carácter, no exento de rasgos de humor, y su seriedad para el trabajo.
- Siga con la ardua labor de buscar pistas, cabo. Yo voy a hacer un viajecito a Madrid. Ah, no se lo he dicho, ya sé el nombre del bar. Doña Amelia, la madre de José Luis, si lo recordaba. Bar Praia.
- Y eso que significa?
- Me he molestado en buscarlo en google, es la capital de Cabo Verde, un pequeño país formado por las islas de un archipielago del Atlántico Norte, a un montón de millas de las costas de Senegal.
- Así que es posible que el dueño fuese un emigrante caboverdiano.
- Lo es, el bar sigue funcionando. Pero no quiero hacer preguntas por teléfono, estas cosas se hacen "en el vivo y en el directo", como dice la otra. El bar está en la misma plazoleta de Antón Martín.
- Va a ir en su coche?
- Por supuesto, me apetece un viajecito por la autopista, je, je!
- Suerte, mi teniente.
- Gracias, pero usted espabile, que igual me vengo con las manos vacías.
( Continuará )
( Un aspecto del Parque de la Naturaleza de Cabárceno )
José Luis en Madrid
- A José Luis le quería todo el mundo un montón. Ha visto usted cuánta gente ha acudido al funeral?... Y muchos de los que han acudido eran clientes y clientas del Ahorro Mogollón, sobre todo mujeres, porque usted sabe que mi hermano trabajaba en uno de los dos Ahorro Mogollón que tenemos aquí, el de la calle Padre Basabe.
- Sí, lo sé. Dime, Nisio, no recuerdas si tu hermano se enfrentó alguna vez a alguien?
- Que no, que no!... Mi hermano no reñía ni se peleaba ni nada de eso, era un trozo de pan. No era bobo, eh?, y a veces tenía genio, pero se le pasaba rápido. Se enfadaba cuando le picaban porque había perdido el Racing. Es que aquí hay algunos del Athetic que tienen muy mala leche, sabe?
Madeo y Jiménez dedicaron varios días a interrogar a ultras de ambos equipos sin lograr ningún resultado. Tampoco sus compañeros de trabajo y sus amigos, tres amigos, les aportaron nada interesante. Su novia, Pili, seguía sin recordar nada que pudiese relacionar a su novio con alguna enemistad, pelea, etc.
En la segunda visita del inspector, esta vez acompañado por Jiménez, Pili estaba un poco más animada, e incluso tuvo la deferencia de mostrarle las fotos de un album en las que aparecían ambos juntos: en la plaza de San Andrés de Lobodoiro, en la boda de unos amigos en Santoña, en la Aste Nagusia de Bilbao ( "Semana Grande" ) ; en la Pasión Viviente de Castro Urdiales y en el Parque de la Naturaleza de Cabárceno.
- En estas otras no estoy con él, son de antes de conocerle, me las regaló.
- Caramba, esto es en Madrid, es la plaza de la Cibeles.
- Sí, es de cuando fue a un partido Madrid-Racing, pero también estuvo viviendo unos meses en Madrid.
- Ah, esto es interesante. Qué recuerda de la estancia de José Luis en Madrid?, le contó muchas cosas?
- Pocas, siempre me pareció que no le gustaba hablar mucho de esa época de su vida, por eso yo no insistí. El fue a buscar trabajo en lo suyo, en la hostelería, pero sólo consiguió un trabajo mal pagado en un bar de la calle Atocha.
- Recuerda el nombre de ese bar?
- No.
Más tarde, a solas con Jiménez.
- Me parece muy extraño lo de Madrid.
- A mi también, mi teniente.
- Dice que estuvo cuatro meses en Madrid y que en ese bar sólo duró tres semanas. Qué hizo el resto del tiempo si no tenía dinero?... Hable usted otra vez con sus amigos, Jiménez. Yo iré a ver a su madre. Nos interesa saber el nombre de ese bar.
- A sus órdenes, mi teniente.
( Continuará )