lunes, 25 de septiembre de 2017

Una historia ostrogúlgara





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Una historia ostrogúlgara.




Esta historia que os cuento, amiguitos y amiguitas que me leéis, es rigurosamente cierta, pues de ella tenemos constancia gracias a los ancianos que nos la han transmitido a lo largo de los siglos, narrándosela a sus hijos y nietos a la luz y el calor de la lumbre en sus cabañas o mansiones.


Érase una niña que vivía en el bosque de Rochadgrovia, un inmenso y misterioso bosque perdido entre las montañas Noriadazianas, al este del Imperio Ostrogúlgaro. A la niña todos la llamaban Enriquetilla, aunque ya había cumplido los quince años.
Enriquetilla era regordeta y de expresión risueña, hija única, y ayudaba a sus humildes padres, Frisgasio y Osoria, en las labores de la casa, o mejor dicho: de la choza, y a acarrear la leña que su padre hacía de los árboles del contorno para calentar el hogar y cocinar en el frío Invierno.


Sus padres y ella se habían escondido en el bosque de Rochadgrovia durante la guerra entre los ostros y los gúlgaros, para no ser masacrados por los guerreros ostros asesinos de inocentes. Muchísima gente había huido a las montañas, presas del pánico y atendiendo a su natural instinto de supervivencia. La guerra nunca es buena para los más débiles.


Enriquetilla se sentía dichosa e infeliz a un tiempo. Dichosa porque era una niña muy sana y jugaba con sus amiguitos Florianín y Hierbalinda, de 14 y 12 años, que vivían en una cabaña a doscientos metros de la suya, y siempre se unían para jugar junto a la gran charca de las ranas cuando sus padres no necesitaban de su ayuda. E infeliz porque veía muy tristes a sus padres, ya que no podrían recuperar sus casas y sus tierras de la ciudad, las que les habían arrebatado los ostros, hasta que un príncipe maravilloso surgiese del Mundo de la Fantasía y capitanease un ejercito potente para derrotar a los malvados ostros. Pero Frisgasio y Osoria, que ya se sentían muy viejos, temían no ver llegar jamás ese día. El más negro pesimismo invadía sus espíritus.


Cierto día de Primavera, los niños descubrieron en la gran charca de las ranas a una ranilla que no croaba.
—¡Está muy triste esa rana pequeñaja! —exclamó Florianín.
—Sí, sí que lo está —dijo Hierbalinda.
—Dejadme que la vea, me acercaré más a ella. ¡Oh, pues sí, tiene una mirada muy triste! —opinó con inquietud Enriquetilla— Pues parece que quiere decirme algo. Sí, sí, esos ojos imploran mi atención.
—Las ranas no dicen nada —manifestó Florianín— solo croan o no croan.
Pero Enriquetilla se dejó llevar por un impulso y, tomando la rana en su mano, se la llevó a la boca y la dio un beso.


¡¡FRUUUMMMM...!!


Un intenso resplandor y una música de violines, dulzainas y trompetas les envolvió en un instante mágico, y mostrose ante ellos un Príncipe Azul gúlgaro, y este príncipe se dirigió a Enriquetilla posando en los asombrados ojos de la chiquilla los suyos de color de miel. Y así habló:
"Soy el príncipe Ignatius Zurbanatius de Gulgaria, y tú, hermosa niña, eres mi salvadora. El hechizo de la malvada bruja ostra Berrugoña acaba de romperse"
Y besó a Enriquetilla en los labios y le declaró su amor.
Pocos días después, el príncipe Ignatius organizó un potente ejercito y derrotó a los ostros. ¡Y la paz reinó de nuevo en el país!


La dichosa pareja contrajó matrimonio en la grandiosa catedral de San Apolonio de Churragordonia, y diéronse un banquetazo de aúpa en el palacio de Floromondoño, y a tal comilona asistieron unos siete mil invitados, procedentes de todos los países del mundo, con sus respectivos pajes y los más ostentosos vestidos y joyas, y les hicieron entrega de muchísimos regalos.
¡Y fueron felicísimos y tuvieron muchos hijos!, pues Enriquetilla le dijo a Ignatius que quería muchos hijos de él!
Y aquí termina la historia ostrogúlgara verídica de Enriquetilla e Ignatius.


                                                                     FIN


Este cuento disparatado se lo dedico a otra Enriquetilla, la mía.


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