Se las vio y se las deseó para lograr el nudo de la corbata. Por poco quema el pantalón con la plancha... En fin, una serie de vicisitudes típicas de un hombre recién separado.
Austrolio García era un desastre y por eso Candelaria Barraquero acabó por separarse legalmente.
Austrolio se contempló en el espejo del salón comedor cuando ya estaba vestido del todo, y entonces descubrió que se había olvidado de afeitarse. "Maldita sea!"
Un largo rato después, ya estaba otra vez presentable. Se puso el clavel en el ojal y se metió las llaves del coche en el bolsillo. Su hija se sentiría orgullosa de él. "Papá, estás guapísimo!", le diría.
Pilarín Garcia Barraquero se casaba. Su queridísima hija estaba a punto de convertirse en la esposa de Benito Calvo Carrizosa.
Se sorprendió mucho de encontrar todos los aparcamientos libres junto a la iglesia. Se sorprendió muchísimo más al comprobar en su teléfono móvil que se había equivocado de día. "Oh, Dios mio, la boda es mañana!, el sábado es mañana!... y ya hace dos horas que tenía
que estar en el trabajo!"
Le vino a la mente la frase más repetida de su santa esposa: "Austrolio, eres un desastre absoluto!"
Y entonces recibió en el móvil un mensaje de su hija: "Papá, no te olvides que mañana es mi boda!"
Siempre había sido un hombre tremendamente optimista. Don Tardelio era de ese tipo de individuos que sonríen a la vida aunque estén en medio de un terremoto. Pero a los optimistas también les suceden cosas malas, a veces demasiado malas. A Don Tardelio le pilló una moto y le dejó con una pierna acá y la otra en el otro mundo. O la moto iba muy rápida o Don Tardelio se despistó y cruzó la calle cuando no debía. Pero eso ahora era lo de menos, la cosa es que el buen hombre se estaba muriendo en el hospital. Los medicos hicieron en el quirófano todo lo que pudieron, pero la suerte no le sonrío al recalcitrante optimista, y su vida se fue apagando poco a poco.
Doña Venturosa, su sufrida esposa, le tomó la mano y le dijo sin poder reprimir las lágrimas:
- Tardelio, mi amor, cuánto siento lo que te ha pasado!
Y contestó él:
- Bah, no le des importancia, un mal día lo tiene cualquiera.
Y expiró tras pronunciar estas increibles palabras, increibles para un moribundo, pero no para el rey de los optimistas.
Sucedió hace más de un siglo, en aquellos tiempos en los que los toreros eran más héroes que ahora porque eran ídolos de masas, ahora solo son ídolos de taurinos. Eran tiempos en los que no se hablaba del sufrimiento de los animales porque la sensibilidad era otra, era "insensibilidad", y la "fiesta nacional" embriagaba de entusiasmo a la plebe y a los ricachones, a la aristocracia y al clero, quizá porque no había mucho de lo que elegir, no se habían inventado el fútbol, el rock and roll, la formula 1, el cine, la aviación y la democracia.
Miguelito Carmona era un niño valiente que soñaba con ser torero, como tantísimos niños de la "piel de toro", porque esta era la única forma de librarse del hambre sin recurrir a la pillería.
Miguelito, 14 añitos, se lanzó como espontáneo al ruedo de la plaza de toros de su pueblo, justo cuando salía por la puerta de chiqueros un "toro con toda la barba". Miguelito, boina, blusa de pobre, pantalón de pana remendado atado a la cintura con una cuerda, y en la mano una pequeña muleta, llamó al toro a gritos para captar su atención antes de que le pillaran los peones del torero.
El toro, 530 kilos, se lanzó a toda velocidad a por aquel bulto que se movía y que emitía extraños chillidos. Cuatro muletazos consiguió darle el niño, tan bien interpretados que le ovacionaron. Pero, tras el ultimo muletazo, el toro giró sobre sí mismo con inusitada rapidez y empitonó al chiquillo. Lo tuvo ensartado durante unos segundos hasta que lo lanzó al aire. Miguelito cayó sobre el duro albero y el animal se cebó en él. Ahora las cornadas fueron de muerte. No sirvieron para nada los intentos desesperados de alejar al toro del niño por parte de cuatro peones de brega.
Miguelito Carmona, "El Pastorcillo", ( porque pastoreaba las ovejas de una familia pudiente ) murió sobre un impresionante charco de sangre, su propia sangre infantil.
No hubo gente importante en el entierro, ni toreros, ni ganaderos, ni empresarios, ni siquiera las autoridades del pueblo, porque Miguelito no era torero, era un don nadie, un maletilla, un pobre desgraciado, y no se le podia considerar un mártir de la "fiesta" porque no había muerto vestido de luces. Y, a lo mejor, si los peones de brega le hubiesen pillado a tiempo, en el cuartelillo de la guardia civil le hubiesen dado una paliza.
Don Nicéforo Ortiz Sandíaz no era amigo de bares; mejor dicho, era enemigo acérrimo de tales establecimientos. "Jamás me verá nadie en un bar", solía decir, "no me gasto yo el dinero en esos antros ni loco"
Don Nicéforo conducía su pequeño Smart por la carretera que atravesaba el pueblo, cuando un camion de gran tonelaje, al que se le acababan de romper los frenos, avanzó hacia él a gran velocidad. Don Nicéforo dio un volantazo e hizo que el coche subiese a la acera y se colase por la puerta del Bar la Curva, estrellándose contra el mostrador. No mató a nadie porque a esa hora no solía haber clientes.
El camion se estampó contra la iglesia de San Coscojuelo Mártir, aunque tampoco hubo víctimas. El camionero resultó herido grave, pero salvó la vida tras un largo período de atención hospitalaria.
Andamioro, el viejo camarero del bar La Curva, que era un hombre bajito a pesar de su nombre, y un cachondo integral, tras recuperarse del susto se dirigió socarrón a Don Nicéforo:
- Caramba, Don Nicéforo, usted por aquí, esto sí que es una sorpresa!... Qué va a tomar?
El estrellado le dedicó una mirada asesina, que parecía más atroz al surgir de un rostro sangrante, pues muchos cristalillos del parabrisas roto se le habían incrustado en la cara.
- Por supuesto, hoy invita la casa. - remató Andamioro.
Contrariamente a lo que podia suponerse por su delicada salud, Benedicto XVI, el "papa jubilado", llegó a vivir muchos años y fue enterrado con los honores propios de un pontífice. No tardó mucho en seguirle el "papa titular", Francisco I, cuyo papado fue altamente beneficioso para la Iglesia, pues mucha gente recuperó la fe y otra mucha se convirtió al cristianismo ante los ejemplos de humildad y abnegación que dio este sucesor argentino de San Pedro, un hombre que luchó por la paz entre las naciones y la desaparición de lacras como la mortalidad infantil, la pederastia, el narcotráfico y la corrupción política. Francisco I llegó a conseguir que algunos países firmasen tratados de paz. Pero la beligerantes posturas de los más extremistas de Oriente y Occidente, dedicados a alimentar el odio todos los días, aún era una asignatura pendiente en el momento en el que el cónclave de cardenales estaba a punto de elegir un nuevo papa.
Al fin, fumata blanca!... Pero no estaba en las "quinielas" el cardenal en el que acababan de depositar su confianza los purpurados: Osman Buongo, nacido en Etiopía y presidente de la Conferencia Episcopal Sudafricana desde hacía muchos años. Sorpresa para todo el mundo cristiano y para todos los habitantes del planeta preocupados por la marcha de la historia.
El padre camarlengo, Bonifacio Coscojuela, español, anunció el nombre con el que se convertía en papa el primer hombre negro: Nelson I, un homenaje al gran luchador pacifista Nelson Mandela, el africano que consiguió un imposible,:que el final del apartheid en Sudáfrica fuese una maravillosa realidad.
"Que Dios ilumine a Nelson I!", este fue el mensaje en twitter de Elizabeth Simpson, la primera presidenta negra de los Estados Unidos.
Sucedió en el País de los más Maravillosos Sucesos, también llamado Sucediolandia, un país sobre el cual la gente soñadora sueña muy a menudo, pues los sueños son realidades que la imaginación transforma y nos los regala cuando estamos durmiendo o cuando estamos muy despiertos y muy soñadores. La realidad de los sueños es así, sencillamente fantástica o fantásticamente sencilla.
Tsigrina era una niña de cuatro añitos que estaba muy contenta porque iba a tener una hermanita, y la tuvo, pero su mamá se murió al dar a luz. Tsigrina se puso muy triste y le pidió al Señor de Sucediolandia ( que era algo así como el Dios de los cristianos ) que resucitase a su mamá. Pero pasaron los días, las semanas, los meses y los años y su mamá no resucitó, y es que eso de resucitar es muy difícil en todas las culturas.
Pero su hermanita, que se llamó Grisolonia, nació muy sana y creció muy feliz porque su papá, Enriguliano, y su hermanita Tsigrina la querían mucho.
Y cuando Grisolonia cumplió cuatro añitos y Tsigrina ocho, sucedió uno de los más maravillosos sucesos de Sucediolandia.
Cierto dia, Grisolonia le dijo a Tsigrina:
- Ahora que tengo cuatro añitos y ya sé hablar, quiero decirte algo.
- Dime, hermanita.
- Recuerdas que cuando murió mamá, al dar a luz, lloraste mucho y te pusiste muy triste?
- Sí, claro, cómo no voy a acordarme!... Pero es imposible que tú sepas eso porque eras un bebé!
- Pues lo sé, porque yo, además de ser tu hermanita, soy tu mamá, y es que el Señor de Sucediolandia lo quiso así.
- Oh, mamá!, oh!, oh!, oh!...
Y Tsigrina lloró de alegría y fue desde ese momento la niña más feliz del mundo porque tenía una mamá-hermanita y las dos se querían muchísimo. Y también se puso muy contento Don Enriguliano.
Y colorín colorado... puedes repetir si las lentejas de Enriqueta te han gustado.


Matías y Matías.
Don Matías ( 73 castañas ) quiso demostrarle a sus nieto Matías ( 7 añitos ) que aún estaba en plena forma. Trepó al manzano, pero tuvo la mala fortuna de que una de las ramas cedió y él cayó como fruta madura. Resultado: un brazo roto. Durante mucho tiempo estuvo con el brazo escayolado. Doña Lorenza, esposa del imprudente accidentado y abuelita de Matías tercera generación, le echó una bronca muy gorda a su marido: "Eres tú muy mayor para andarte por ramas peligrosas, cacho tonto!" Pero Matías nieto se sintió orgullosísimo y presumió un montón entre sus amigos, pues molaba mucho tener un abuelete trepador como Tarzán, y lo que más molaba era el brazo escayolado. Y todos los niños del cole miraban admirativamente al abuelo Matías cuando este llegaba a recoger a su nieto Matías.
Anacleto, Aniceto y Enriqueto.
Anacleto, Aniceto y Enriqueto eran hijos de Gepeto y Loreto, un matrimonio de Villa García del Abeto.
Los tres eran trillizos, lo eran entre ellos tres, en el pelo tenían rizos y, además de olvidadizos, temían a los hechizos.
Pero la hechicera Cañamona, una bruja muy guarrona, hechizó al trio de trillizos con uno de sus mejores hechizos:
"Chaza, kachatraza de chozatejas chupateta calabaza, me como unas lentejas de Enriqueta en Las Norias de Daza"
Y convirtiéronse en tres aceitunas rellenas de anchoa. Esto sucedió hace muchas lunas; osea, Gepeto y Loreto ya se han comido las aceitunas.