
— Benita era muy buena, muy dulce, — dijo Rosa secándose las lágrimas — a sus veinte años no había cambiado, seguía siendo una niña. Es muy difícil pensar que alguien quisiese hacerle daño, a no ser que se tratase de un monstruo horrible. — tomó airé para no volver a llorar — Como en todos los circos, y como en todos los trabajos normales, hay personas complicadas, y Benita también tuvo alguna experiencia desagradable, algún roce no deseado con alguien que se metió con ella, pero nada que pudiese motivar un asesinato, ¡por Dios!
— ¿Con quienes tuvo esos "roces no deseados"? ¿Recuerdas alguno en este momento?
— Sí. Una vez topó con un hombre de un pueblo de Málaga en donde estábamos actuando, que le dijo groserías al reconocerla por la calle. Ella no le respondió, pero el energúmeno siguió dando voces, gritando que estaba muy buena y que le gustaría llevársela a la cama. Al final, Benita se volvió y le llamó "machista borracho" La verdad es que estaba borracho. A mi me lo contó alguien del circo que vio la escena y estuvo a punto de intervenir, pero no le hizo falta porque un grupo de mujeres del pueblo se enfrentó al acosador y consiguieron que se alejase de allí. Benita no me lo contó, por supuesto, se hubiese muerto de vergüenza. Me lo contó la persona del circo que había presenciado la escena. Benita solo quería olvidar lo ocurrido. Pero eso fue hace mucho. No me imagino al borrachín almacenando odio durante años hasta el punto de... vamos, de hacer lo que hicieron con ella.
— ¿Se llevaba mal con alguien del circo?
— Ella no era de contar las cosas, como ya he dicho, pero en un par de ocasiones me habló, una fue para decirme que el argelino Abdel Alim, un empleado... el que le ha gritado al enano hace un momento...
— Sí, sé quién es, le he conocido esta mañana.
— Pues que la miraba con mucho descaro, que se sentía cohibida cada vez que se cruzaba con él. Un día que Benita estaba fuera del circo con su padre, me encaré con Abdel Alim, le dije que no se le ocurriese poner los ojos en mi hija. Agachó la cabeza y se acabó todo, al menos mi hija no volvió a quejarse. Este hombre ha sido delincuente y presume de estar integrado plenamente en la sociedad, aunque sea en un circo, pues ya sabes tú que un circo, y más un circo pequeño como este, no es precisamente... bueno, dejémoslo, la cosa es que no quiere saber nada con la policía. Pero a mí algo me decía que seguía deseando a Benita, no lo sé, intuición femenina.
— ¿Esto fue hace mucho?, quiero decir: cuando te encaraste con él.
— Hará un año, eh... sí, un año, porque recuerdo que coincidió con el cumpleaños de Desiderio, mi marido, y estábamos en un pueblo de Málaga que se llama Casarabonela.
— Debes tener muy muy buena memoria para acordarte de todos los nombres de los pueblos que visitáis.
— No, de todos no, de algunos, este lo recuerdo porque coincidió con el cumpleaños de mi marido y porque se puso muy enfermo uno de los monos y se murió, y el cura del pueblo no quería hacerle una misa.
"Es una vida muy apasionada la de estas gentes", pensó la inspectora, "me encantaría saber los detalles de todo lo sucedido con el mono en ese pueblo, pero debo seguir con la investigación o esta conversación se eterniza"
(Continuará)

La ventana de la roulotte estaba abierta porque el matrimonio formado por Mateo Santos y Jesusa Sánchez (el mago Shaoran y la antipodista Miss Martinelli) no habían instalado ningún aparato de aire acondicionado, y hacía mucho calor en estos días y noches estivales del sureste. Jesusa no conseguía conciliar el sueño cuando escuchó unos pasos sobre el terreno próximo a su roulotte. El caminante nocturno se fue alejando hasta llegar a la roulotte de Sandro y Antonella. El hombre llamó a la puerta de la caravana. Alguien preguntó después de un rato: "¿Quién es?" Solo podía ser Karla (Benita) pues sus padres estaban pegando carteles en el pueblo próximo. El hombre respondió, dio un nombre que provocó un escalofrío en Jesusa. ¿Había dicho Abdel Alim?
Unos segundos después se asomó a la ventana y miró hacia la caravana vecina. Vio a un hombre correr, un hombre que huía. La puerta de la roulotte de los Talledo estaba abierta, y el cuerpo de Benita-Karla era un cadáver, pero esto último no lo veía Jesusa, pues el asesinato se había cometido dentro de la caravana.
Ahora, dos semanas después, Jesusa Sánchez no lograba dormirse recordando el suceso. ¿Era Abdel Alim el asesino? Le había dado miedo contar a la Guardia Civil lo que vio y escuchó aquella noche. No tenía sentido, no podía ser Abdel Alim, era un hombre nuevo, un buen trabajador, su pasado como delincuente había quedado muy atrás. Pero, ¿quién podía haber sido? Por más que lo pensó no le vino a la mente nadie del circo que tuviese un nombre parecido al de Abdel Alim, y el bueno de Abdel Alim no tenía ningún motivo para matar a Benita Talledo. Y lo más angustioso de todo: Ella seguía enamorada en silencio de Abdel Alim y odiaba cada día más a su marido Mateo.
"¡Eh, tú, enano del demonio, ¿no sabes que es muy feo escuchar conversaciones ajenas?!"
Abdel Alim espantó al enano. Rosa y Enriqueta reanudaron la conversación después del incidente.
— ¿Recuerdas si su hija tuvo alguna discusión con alguien del circo o de fuera de él? ¿Notaste algo extraño en ella en los días anteriores a... al suceso?
— No, eso mismo me preguntó la Guardia Civil, pero no.
— ¿Y tiempo atrás? ¿Tuvo un enfrentamiento con alguien hace meses o años? Haz un esfuerzo por favor, intenta recordar algo.
Pero la mente de Rosa Rubio, la Gran Antonella, estaba ahora en una época más lejana. Su mirada se había elevado hasta el cuadro en el que aparecía fotografiada su hija Benita en el día de su primera comunión. Y un par de lágrimas se deslizaron por las mejillas de esta mujer fuerte, pero ahora destrozada por dentro, que tenía que ocultar todos los días su sufrimiento para enfrentarse al público. ¡El espectáculo debía continuar!, era "la ley del circo"
(Continuará)


El enano Marcial intentaba escuchar la conversación que mantenían Rosa Rubio y Enriqueta Jiménez Herrera cuando fue sorprendido por alguien cuya voz se le hizo familiar a la inspectora y a la atleta circense.
— ¡Eh, tú, enano del demonio, ¿no sabes que es muy feo escuchar conversaciones ajenas?!
Era el empleado Abdel Alim quien le alzaba la voz al enano.
"¡Vaya, mis dos conocidos de esta mañana!", se dijo Enriqueta, "el argelino y el enano raro"
Rosa y Enriqueta se miraron unos segundos con perplejidad por lo repentino y anómalo de la situación. La primera en reaccionar fue la ciclista.
— Es un monstruito difícil de domesticar el enano este, siempre molestando...
— ¿Por qué no le llaman al orden?
— ¡Oh, es intocable! lo protege Don Tobías, el dueño del circo. Pero hablemos de lo que le ha traído aquí, la historia del enano es muy larga y no me apetece ponerme a contarla ahora.
El enano Marcial, fiel a su estilo, se había escapado a todo correr. A Abdel Alim no le tenía en cuenta perseguirle, y mucho menos lastimarle porque Don Tobías podía expulsarle del circo, y no le hacía mucha gracia volver a trabajar en los invernaderos, y mucho menos retornar a su antigua actividad de navajero, de la cual se sentía felizmente liberado. El enano era un insociable, pero estaba protegido por el gran jefe de la troupe. Abdel Alim se había preguntado muchas veces porqué puñetas el anciano protegía al enano. No conseguió que le contasen el secreto, aunque quizá no todos en el circo lo supiesen.
"¡Maldito enano!, el malvado asesino tenía que haberse cargado al enano y no a la pobre Benita!... Me gustaría tener en mis manos al asesino para torturarle lentamente en castigo por su gran pecado"
Nadie sabía en el circo que la dulce Karla Ambrossini, "Benita Talledo", había sido el amor platónico de Abdel Alim, ni lo sabrían jamás. El desdichado currelante circense se llevaría su secreto a la tumba.
(Continuará)

— ¿Le apetece un café?
— No, muchas gracias, acabo de tomar uno en un bar del pueblo.
"¡Qué curioso, esto parece una casa de verdad! ¡Qué chuli!
Doña Enri no había entrado nunca en una vivienda rodante. Dos perros caniches se acercaron a olfatear sus piernas.
— Si le molestan los perros, me lo dice.
— No, por favor, a mi me encantan los animales. Estos perrillos huelen el olor de mi perro, porque yo tengo un perro que se llama "Bribón" y mi hija y mi novio le quieren mucho.
— Bueno, pues usted me dirá.
— ¿No está su marido?
— ¿Por qué me lo pregunta?
— Bueno, pues... es más interesante para mi hablar con los dos. Quizá entre los dos puedan acordarse de algo, algún detallito que sirva para situarnos tras una pista. A mi se me da muy bien seguir las pistas, ¿sabe?, me lo suele decir mi novio.
— Desiderio acaba de salir, ha ido al ayuntamiento a ver si nos enganchan la luz de una santa vez. Es una gestión que le corresponde hacer al dueño del circo, pero se trata un hombre mayor y ya está muy torpe — cambió el tono — Oiga, no me gusta que me hable como si esto fuese un juego. A usted puede que le divierta seguir las pistas, pero a mi marido y a mi nos duele mucho la muerte de nuestra hija.
— Lo entiendo, lo entiendo. Perdóneme usted, Antonella.
La ciclista acrobática miró fijamente a la detective mientras se comía la punta de cucurucho del helado, dando fin a la golosina.
— Nosotros gastamos mucha energía ensayando y actuando, y debemos reponer las fuerzas. El helado es un alimento completo, nos aporta muchos nutrientes y vitaminas.
— Lo entiendo, Antonella. A mi también me gustan los helados.
— Puedes llamarme Rosa, y tutéame, por favor.
De pronto se coló por la ventana la voz airada de alguien que ambas conocían:
— ¡Eh, tú, enano del demonio, ¿no sabes que es muy feo escuchar conversaciones ajenas!
Los tigres, que estaban algo abotargados por el sol del mediodía, comenzaron a rugir de nuevo.
(Continuará)

Pasó acojonadita a pocos metros de la jaula de los tigres. Llamó a la puerta de la roulotte y enseguida le abrió la dueña de la casa rodante. Sintió un ligero escalofrío, allí mismo había sido asesinada Karla Ambrossini, o Benita Talledo. Le vinieron a la mente las fotos del dosier. La Antonella que apareció ante ella era una Antonella en versión bikini rojo, diminuto bikini para su condición de cuarentañera, pero observó que su cuerpo, bien conservado, le permitía lucir muy hermosa en bikini, sin duda gracias a su constante actividad de atleta circense. Rosa Rubio había comenzado desde muy joven, como todos los niños del circo, ejercitándose en los roles de acróbata y equilibrista. ¡Y estaba comiendo otro helado!
"¡Dios mío, esta mujer es una golosa insaciable!"
Era de dos bolas, una de vainilla y otra de chocolate.
— Soy Enriqueta Jiménez Herrera, investigadora policial. Siento mucho lo de su hija Karla.
Dio otra chupada al helado, antes de responder.
— Para nuestro recuerdo es Benita, nuestra adorada hija Benita que Dios tenga en su gloria.
Sobre el canalillo que dejaba ver la minúscula pieza superior del bikini, reposaba un crucifijo casi tan grande como el de un obispo. Rosa y Desiderio eran creyentes y los domingos iban a misa.
— Eso, que Dios la tenga en su gloria — respondió Enriqueta.
— Y usted viene a hacernos preguntas para ver si le decimos algo que pueda ayudar a atrapar al asesino, ¿no?
— Sí, señora, es la obligación de la policía. Bueno, en realidad es la obligación de todos. Debemos hacer lo posible y lo imposible para que la persona que ha cometido un delito tan execrable de con sus huesos en la cárcel.
"Habla como en las novelas esta poli"
— Pero eso no nos va a devolver a nuestra Benita. En fin, ¿quiere entrar en mi casa?
— Sí, gracias, estaremos mejor dentro.
El enano Marcial dejó de observar a distancia y corrió a situarse bajo la ventana de la roulotte para escuchar la conversación de la ciclista acrobática con la poli que le había mirado mal. Un estruendo en el cielo asusto al enano. Alzó la vista y contempló los pájaros de hierro de la Patrulla Aguila volando en perfecta formación.
"Espero que no hagan muchas pasadas porque no me voy a enterar de la conversación", gruñó interiormente el enano problemático.
(Continuará)