
— ¡Ténganlo ustedes todo el tiempo que quieran, y así lo alimentan y le dan cama! — Le gritó la madre de Gerardín al policía que controlaba la puerta de la comisaría para atender a los que llegaban y adjudicárselos a sus respectivos compañeros que tomaban la denuncias. Por otra puerta entraban los criminales esposados, bien fuesen presuntos asesinos, rateros, violadores o un amplio etcétera de variantes de la delincuencia.
— Señora, váyase a casa ya, ¿no ve que hay cola?... Ya le he dicho que a su hijo no le van a soltar todavía y que es posible que el juez ordene que ingrese en prisión por una temporada. Esta vez lo suyo es muy serio, ha agredido a una agente de la policía local.
— ¡Anda, ¿y matar a mi madre no fue serio?! ¡¿No fue un asesinato?! ¡Claro, como no era una policía local, el juez la dejó libre después de hacer el paripé con los loqueros de El Palmar! — respiró profundamente — ¿Sabe usted, señor policía?... este mundo es una mierda para los pobres y yo estoy cansada de aguantar a un hijo que, además de tonto, es un hijo de puta, aunque sea yo la madre, ¡un hijo de puta!... ¡Quédenselo ustedes! ¡Se lo regalo!
— ¡Venga ya, tía! — gritó un sujeto calvo con bigote de morsa que ya llevaba un buen tiempo haciendo aspavientos — ¡que los demás hemos venido a poner denuncias, no a aguantarla a usted, joder!
Tuvieron que intervenir otros policías para calmar a la madre de la criatura, dándole a elegir entre quedar encerrada en un calabozo o marcharse de una puñetera vez.
En el cuarto de interrogatorios, los inspectores Galdames y Jiménez Herrera se las veían y deseaban con el delincuente tarado habitual Gerardo Urdielles "Gerardín"
— ¡Pos poqué a lo mueto hay que enterralo, ¿no?, po eso lo hice! Al mueto lo dejaro tiraó como a un pero, y eso no se hace.
— Te he preguntado si viste al que tiró allí el cadáver — preguntó con tono seco el teniente Galdames — ¡No me hagas repetirte las preguntas, cojones!... Ya sabemos que fuiste tú el que lo tapó con cascotes, ¡pero eso no es un enterramiento, gilipollas!
Galdames tenía mucha experiencia en hacer de poli duro.
(Continuará)

— Sí, montó un buen follón en la calle Trapería. Es una calle antigua y peatonal que une la Catedral y la Plaza de Santo Domingo, en donde suelen actuar muchos artistas callejeros. Pues Gerardín tuvo la insana ocurrencia de te tocarle el culo a una chica rumana que estaba actuando con su marioneta. La chica puso el grito en el cielo y se lanzaron a por Gerardín un mimo argentino y un mendigo que también tiene fama de follonero. Afortunadamente rondaban por allí una pareja de policías locales, los cuales lograron parar el conato de reyerta, aunque no el fuego cruzado de insultos. Y, aprovechando la confusión, el bestia de Gerardín le dio una patada en el culo a la mujer policía, una cincuentañera muy famosa por su mala hostia. La poli le dio con la porra a Gerardín hasta calmarle, ante el estupor de los transeúntes, que solo veían a una poli malvada abusando de su autoridad, y la insultaron llamándola de todo, como si la patada en el culo del energúmeno estuviese justificada. En fin, lo tenemos retenido hasta que pase al juzgado, que le han llovido las denuncias: la policía de la patada, la artista rumana, el mimo argentino, un señor que lo vio todo... Y mañana por la mañana está a nuestra disposición para interrogarle al respecto del cadáver de los escombros.
— Pues vaya animado que está el cotarro, ¿verdad?
— Sí, pero a veces lo está mucho más.
— Oye ¿tú no tenías que ir mañana a por unos narcos?
— Se ha suspendido la operación por un chivatazo.
— ¡Vaya, ¿infiltrados en la poli?
— A veces los confidentes también se enteran porque un poli habla más de la cuenta. Bueno, eso ya lo sabes tú — Cambio el tono — Enriqueta, mañana te toca hacer de "poli buena" y yo haré de "poli malo" ¿O prefieres que sea al revés?
(Continuará)

El calor en Murcia durante los períodos estivales puede pasar de agobiante a asfixiante. Un gran número de murcianos abandona la ciudad en esos meses para disfrutar de las playas del Mar Menor o bien de Aguilas o Puerto de Mazarrón. Pero los que continúan en la city, los cuales si pueden no salen de casa hasta altas horas de la tarde, aprovechan "para hacer piernas" en cualquiera de las dos paseos clásicos: el "Tontódromo" y el "Malecón" El "Tontódromo" debe su nombre, fíjense ustedes, al hecho de ser frecuentado por parejas que "tontean", es decir, por enamorados, por parejitas, por novietes... Y el "Malecón" es un malecón auténtico, "muro de contención de las aguas", de kilómetro y medio de longitud, aunque el mar esté tan lejos, pero se construyó tras una riada fortísima, un desbordamiento del río Segura por el cual perecieron ahogados muchísimos murcianos y se ocasionaron grandes daños a la ciudad. Esto sucedió en 1.420, pero en 1.736 se reconstruyó para hacerlo más fuerte, dirigiendo las obras el corregidor Francisco de Luján. Y un filántropo local, José María Muñoz, puso de su bolsillo dos millones de reales, gesto este que provocó la admiración y el agradecimiento del pueblo, y se sintieron tan gozosos los huertanos que el filántropo aprovechó la coyuntura para costearse su propio monumento y verse así inmortalizado en vida. Dicha estatua, que en un principio estuvo en la plaza de Los Camachos, hoy puede verse al final del Malecón, es decir, en el extremo de este más alejado del casco urbano. Y a partir de este punto se puede seguir por una carreterilla hasta un pueblo llamado La Ñora.
Enriqueta paseo por el Malecón mezclada entre los paseantes con perro y sin perro, los abueletes con bastón o andador, los "runners" y algún que otro "skater" Antes de ir al hostal cenó en el restaurante "La Huertanica", degustando una ensalada murciana y una tortilla francesa que dejó casi enteras porque no es de mucho cenar. Cuando iba a pagar la cuenta, sonó la alarma del móvil.
— Buenas tardes, colega — no se presentó porque su voz grave, ligeramente ronca, siempre le delata — Me temo que no me vas a contar ninguna novedad.
— ¡Caramba, ¿cómo lo sabes?!
— Porque Gerardín salió de su casa esta mañana, estuvo dando una vuelta por Murcia y al final la lió gorda. Lo tenemos encerrado en un calabozo.
(Continuará)

Pero la inspectora Jiménez Herrera no dio tan pronto con Gerardín. Su madre, una señora al parecer tan obesa como el hijo, bigotillo y morro permanentemente ceñudo, le informó a la investigadora de que su conflictivo retoño se había ido a dar un garbeo a Murcia capital.
— No sé que habrá ido a hacer a Murcia ni me importa. Solo me ha dicho que se iba a Murcia. Yo hace tiempo que no me preocupo más que de que se tome las pastillas. Desde que mató a mi difunta madre, mi hijo no es para mi más que un animal al que hay que alimentar, como si fuera un cerdo, y cuando se muera será un mendigo repugnante. Ya se lo podían haber quedado en el psiquiátrico de El Palmar. Pero no, me convencieron de que lo del asesinato de abuela había sido una "locura transitoria" y que era muy difícil que volviese a hacer algo parecido, sobre todo si se toma la medicación todos los días. Fíjese usted, mi podre madre, que no le gustaba para nada el teléfono móvil, y va y la estrangula con el cable del cargador del móvil. Yo, por si acaso, procuro tener siempre un cuchillo cerca por si le da por intentar asesinarme a mi también. Le juro a usted que le clavo el cuchillo aunque sea mi hijo. ¡Por todos mis muertos que se lo clavo!
— Pues siento mucho lo de su madre — dijo Enle
riqueta por decir algo. Teniendo en cuenta que su colega Galdames le había dicho que Gerardín era más bien "pacífico" y que le daba yuyu la sangre, pensó que algo muy duro le habría dicho la abuela para sacarle de sus casillas hasta el punto de asesinarla. A tenor de sus obsesivas paranoias, era más fácil que a estas alturas se hubiese cargado a un cura o lo hubiese intentado con un policía. Un policía o incluso una mujer de las que se resistían a poner la boca en donde él quería.
Así que esperaría al día siguiente para hablar con el singular ciudadano Gerardo Urdielles, alias Gerardín, ¡todo un personaje! Tomó un autobús urbano para ahorrarse el taxi y porque no tenía ninguna prisa. El bus la dejó en el mismo centro de Murcia, en la Gran Vía Escultor Francisco Salzillo. Ya había telefoneado al hostal de San Pedro del Pinatar para que le hiciesen el favor de sacar sus cosas de la habitación a fin de no tener que pagar más días, y que mañana por la tarde se acercaría a pagar la cuenta y llevarse la maleta. En este viajecito a Murcia capital solo se había traído una braga y un sujetador de repuesto, además del cepillo y la pasta de dientes. En Murcia se había alojado en el hostal Segura, un establecimiento económico pero decente, en el mismo centro de la city. Aprovechó que el sol ya estaba bajo para hacer lo que hacían un gran número de murcianos de los que no estaban en la costa: pasear por el famoso "Malecón" Le hizo mucha gracia descubrir que existí un malecón en una ciudad situada a cuarenta kilómetros del mar.
(Continuará el próximo MARTES 7)

— ¿Y no cabe la posibilidad que de "Gerardín" sea a su vez el asesino? — preguntó la inspectora a su acompañante — Con ese pedazo de antecedente que tiene por asesinar a su abuela...
— Tiene más antecedentes: pequeños hurtos en tiendas y mercadillos y una agresión a un anciano que le llamó "monstruo", pero Gerardín salió peor parado, el anciano reaccionó rápido y le molió a bastonazos. Habían discutido sobre si el Murcia se merecía estar en segunda B o no, el anciano argumentaba que los jugadores del Murcia eran unos vagos, y eso le jodió a Gerardín, que es un forofo "pimentonero". También se distingue por odiar el Clero, a los curas no los puede ni ver en fotos y le da por mear contra los muros de las iglesias, incluso le han pillado haciéndolo en la catedral. Pero no, no es el asesino por dos razones: He recordado que no soportaba la visión de la sangre, y además es excesivamente pesado, pesa 120 kilos, y demasiado torpe de movimientos como para propinarle siete cuchilladas a un hombre más ágil que él. Sencillamente, Gerardín se encontró con el cadáver.
— ¿Dónde puedo localizarle?
— Vive aquí, en Alcantarilla, y no sería de extrañar que le tuviésemos muy cerca en este momento. Si quieres quedarte aquí en vez de esperar a mañana. Yo es que estoy citado con mi novia.
— Pues sí, estoy ansiosa por obtener resultados, y no me sueltes el rollo de que hay que tener mucha paciencia porque la realidad no va al mismo ritmo que las series televisivas de polis. Eso ya me lo sé, Galdames.
— Bueno, resultados inmediatos, alguna pista... Eso será en el caso de que Gerardín haya visto a alguien y nos lo pueda describir. Y es muy probable que se resista a hablar, es cabezón como el solo. ¿Quieres una idea?
Adelante.
Creyó ver en los ojos del colega un destello de burla.
— Dile que si conoce al asesino y te dice cómo es, le das dinero para que se costee una felación.
— ¡Dios, cómo sois los hombres!
— ¡Ja, ja, ja, ja!... Un momento, voy a llamar a comisaría para que nos faciliten la dirección de Gerardín.
(Continuará)

— Dime, Báñez.
— Ya hemos identificado las huellas, teniente. Se va a llevar una sorpresa.
— ¡Venga, dame esa sorpresa!
— Se trata de Gerardín, ¿le recuerda?
Báñez sabía muy bien que su teniente no podía haber olvidado a Gerardín. La pregunta llevaba implícito un sarcasmo, pero a Galdames no le desagradaban estas cosas de sus subordinados.
— ¡Coño, Gerardín! ¡El famoso Gerardín! — vio que los niños le miraban con los ojos muy abiertos y se arrepintió de haber dicho "coño" — ¡Gerardín, como para no recordarle!
Gerardín era Gerardo Urdielles, un niño con cuerpo de hombre, pero de hombre muy robusto, aunque sería mejor decir un hombre con mente de niño. Hacía cosa de cinco años que este hombretón complicado había estrangulado a su abuela con el cable del cargador del móvil, y lo hizo porque la muy tacaña le negó el dinero que le había pedido para pasar un rato con una puta del polígono industrial Las Mercedes, un rato que consistía simplemente en una felación, pero que a Gerardín era lo que más le gustaba de todas las prestaciones de la puta, a la cual consideraba su única amiga, y era lógico porque ninguna de las mujeres del barrio había accedido a hacerle felaciones. Solo ella, Marisa, era buena. Las demás eran malas, muy malas.
Los inspectores dieron por finalizado el intento de averiguar si los niños habían visto a alguien extraño merodeando por los alrededores de la escombrera en los días anteriores.
Entraron en el coche del teniente Galdames.
— Mañana sigues sola, Enriqueta, yo tengo que sumarme a un dispositivo para sorprender a una banda de narcos en Las Torres de Cotillas. Pero te dejo tarea.
— ¡Ah, qué bien!
— Te toca interrogar al hombre que cubrió el cuerpo de Abdel Alim con cascotes, y te aseguro que es un tipo especial, Apriétale las tuercas, cabe la posibilidad de que viese al asesino. Pero ándate con tiento, los policías no somos santos de su devoción. Bueno, tampoco le gustan los curas, ¡je, je!
Y el inspector se extendió unos minutos hablando de Gerardín, mientras el coche seguía parado.
(Continuará)