
Se quedó con las últimas palabras de su superior:
"¿Sabe la cantidad de cadáveres de magrebíes que nos encontramos al cabo del año?"
No, no lo sabía, pero sí sabía que en España se cometen anualmente más de 360 asesinatos, y que el 18% de ellos son obra de marroquís, el 1`5% del total. ¿Le había asesinado a Abdel Alim un paisano, un argelino?... ¿o acaso un marroquí?
"¡Joder, aún no sé si se trata de Abdel Alim y ya estoy elucubrando sobe la nacionalidad del asesino!"
Pero enseguida recuperaba el optimismo o la pasión ciega:
"Sí, debe tratarse de él, su desaparición repentina del circo tiene que estar relacionada con el asesinato de Karla Ambrosini, ¡me juraría el coche!... Y el capitán Llorente es un exagerado, por mucho magrebí asesinado que haya en España al cabo del año, no son tantos como para dejar de suponer que Abdel Alim sea uno de ellos. Vamos, que no serán tantos los asesinados en Murcia como para descartar a Abdel Alim"
Pero sus pensamientos eran como vientos racheados:
"¿Y si ahora resultase que Abdel Alim está vivo?... Que Dios me perdone, pero esta es la primera vez en mi vida que deseo encontrarme con el cadáver de un conocido"
Tras pasar por el puerto de la Cadena y continuando por la A-30, pero ahora descendiendo hacia el valle, se abrió ante sus ojos una hermosa panorámica de la capital del Segura y por demás patria chica del insigne Salzillo. Al llegar al valle dejó a su derecha el hospital de La Arrixaca (en honor a la Virgen de la Arrixaca, una de las dos patronas de Murcia, la otra es la Fuensanta) y el pueblo de El Palmar. Pocos minutos después llegaba a Murcia, ciudad fundada por Abderramán III y capital de "La Huerta"
El celador del Instituto Anatómico Forense abrió la cámara frigorífica, en donde se encontraba el cadáver aparecido aquella mañana en Alcantarilla, y tiró de la camilla rodante hacia fuera. Ante los ojos de la inspectora apareció un rostro conocido, muy conocido por haberle tenido delante hace pocos días, aunque ligeramente desfigurado a efectos del contacto con algún cascote.
— ¡Es él! — exclamó jubilosa — y el celador la observó con sorpresa. No había visto a una mujer dar un bote de alegría desde el día memorable en el que el Real Murcia ascendió nuevamente a Segunda A. Pero, pensándolo bien, este no era el lugar más adecuado para dar botes de alegría — ¡Es Abdel Alim, el hombre que estaba buscando!... Mejor dicho, el cadáver que pensaba encontrarme, aunque suene feo lo que estoy diciendo. ¡Bueno, yo me entiendo!
"¡Está como una regadera está mujer! ¡Joder, y es policía!
(Continuará)

Una escombrera en la periferia de Alcantarilla (Murcia) producto de la demolición de unas casas viejas. Alcantarilla está situada a unos seis kilómetros de la capital murciana y cuenta con más de 41.000 habitantes y una base de paracaidistas. (EZAPAC, Escuadrón de Cazadores Paracaidistas) Unos niños gitanos juegan entre los escombros, son críos de entre cinco y ocho años. Un zagalillo moqueando pega unos cuantos gritos para alertar a los demás de lo que acaba de descubrir:
— ¡Una mano! ¡Una mano! ¡Aquí hay una mano!...
— ¡¿Qué dices, Paco?! — le contesta una churumbela de cara muy morena y ojos almendrados.
— ¡Una mano muy grande de hombre! ¡Aquí, ven aquí, Jacinta!
Se acercan Jacinta y el resto de los zagales, todos prestos a disfrutar del hallazgo porque estas cosas horribles solo se ven en la tele. El más osado de los chiquillos, uno que responde por el nombre de Rafael, mueve otros cascotes con gran esfuerzo y asoman un brazo, un hombro... ¡y una cabeza!, una cabeza que les mira con los ojos muy abiertos, pero no les ve. Los chiquillos huyen despavoridos.
Esa misma tarde, la inspectora se encuentra en su habitación del hotel trabajando en el ordenador portátil, consultando en los archivos de la policía casos sin resolver que puedan tener relación con el crimen que ella investiga. Hay asesinos reincidentes que son muy listos y se llevan sus horribles secretos a la tumba. Eso de que "no hay crimen perfecto" es una chorrada para dejar en buen lugar a la policía.
Se toma un descanso para leer la prensa digital de Murcia. En el periódico "La Verdad de Murcia" hay una noticia de última hora que le llama la atención (aunque en el caso de la prensa digital sería mejor decir "de último minuto") "Unos niños han encontrado esta mañana el cadáver de un hombre de aspecto magrebí que estaba sepultado bajo unos escombros" La noticia hace referencia a la localidad de Alcantarilla, no muy lejos de donde ella se encuentra, a unos cuarenta kilómetros aproximadamente, distancia que se cubre enseguida por la autovía.
Ni corta ni perezosa, dejándose llevar por su intuición, no tarda en ponerse al volante de su coche "Berenjeno" para rodar en dirección al lugar en donde le espera un cadáver que puede arrojar alguna luz sobre el caso que investiga... o embrollarlo más. No, ella piensa que puede ser el principio del final de la resolución de su caso. Se siente otra vez optimista. Vuelve a maquinar mentalmente: "El asesino se veía acorralado y ha decidido matar a Abdel Alim para que no le delate. ¡Uf, ¿y si es solo una corazonada sin sentido?!... ¡No, no, ese muerto es Abdel Alim, me jugaría toda la pasta del viaje en avión a Manchester para ver a mi novio!"
Encontrarse a su llegada al depósito de cadáveres con un cadáver que no fuese el de Abdel Alim, supondría para ella la decepción más grande de su vida. Telefonea por el "manos libres" al capitán Llorente.
— Sospecho que es el cadáver de Abdel Alim, mi capitán. El asesino de Karla Ambrossini le h asesinado a él también para que no le delate.
— Es usted muy imaginativa, Enriqueta. ¿Sabe la cantidad de cadáveres de magrebís que nos encontramos al cabo del año?... ¡Vale, vale, no me diga más!, espero que tenga suerte. Avisaré ahora mismo al Anatómico Forense de Murcia para que le abran el frigorífico en cuanto llegue.
— Le pondré al corriente en cuanto vea el cadáver, mi capitán.
Se quedó con las palabras de su superior:
"¿Sabe la cantidad de cadáveres de magrebíes que nos encontramos al cabo del año?
(Continuará)

"Ha aparecido bajo unos cascotes que habían arrojado allí, el día anterior, los obreros que están demoliendo unas casas viejas para construir un bloque de apartamentos. Mira, Enriqueta, los cuerpos de los que han sido asesinados, aparecen bajo tierra cuando se han tomado la molestia de enterrarlos, pero mayormente nos los encontramos entre la mierda de un vertedero, entre matorrales del bosque, en una acequia, en un río, en una ciénaga o flotando en las aguas de una playa, y los de los yonquis en fábricas o casas abandonadas. Tengo mis desagradables experiencias en este campo. Pero ningún asesino se molesta en colocar cascotes sobre un cadáver después de cometido el crimen, y además poniéndolos con muchísimo cuidado, como para no hacerle daño. El cascote que tenía sobre la cabeza, apenas le había magullado"
Todo esto se lo fue diciendo mientras rodaban por la carretera que unía Murcia capital y Alcantarilla. Iban en el coche del inspector, un Opel Astra negro. A Enriqueta le resultó curioso el nombre de un pueblo que se extendía a ambos lados de la carretera y que les exigió detenerse en un semáforo: "Nonduermas"
— ¿Y se han encontrado huellas digitales?
— Sí, también, y muchas, otra rareza de este caso. ¿Qué asesino actúa de una manera tan inconsciente?
— Bueno, siempre asociamos cualquier crimen con un asesino o asesinos inteligentes, "cerebros criminales" los llamamos, y siempre creemos que nos van a volver locos buscando pistas, pero también damos con muchos chapuceros que se delatan enseguida, y no digamos nada de los asesinatos de violencia de género, antes mal llamados "crímenes pasionales", a esos infames no les importa nada ocultar su autoría.
El semáforo se puso en verde y reanudaron la marcha en dirección a la vieja Alcantarilla, Al-quantara de los árabes del siglo XII, "puente" para entendernos.
— Este no es el caso, Enriqueta. ¿Sabes lo que pienso? Te va a parecer una gilipollez, pero no me extrañaría que el de los cascotes y el asesino fuesen individuos distintos.
— ¡Qué cosas, madre mía!
— A veces, pensando en lo imposible, nos encontramos lo posible. El mundo del crimen también da sorpresas, Enriqueta.
Se hacía extraño para sus oídos oír su nombre entero: "Enriqueta" Para casi todo el mundo era "Enri", pero, para la relaciones profesionales prefería que le dijesen Enriqueta o inspectora. Por eso, al establecer el tuteo, pidió que la llamase Enriqueta y no Enri. Entre colegas podían surgir momentos distendidos e incluso cachondeítos, pero que nadie se pasase ni un milímetro porque ella ya estaba relacionada, y muy bien relacionada, con su novio. ¡Faltaría más!
— ¿Se están examinando ya las huellas?
— Sí, los de la científica creo que nos darán una respuesta esta misma mañana. Mira, ya estamos en la escombrera. Aquí no hay problema para aparcar. ¡Je, je!
(Continuará)

No consiguió nada en su segundo día de investigación en el circo. Más de lo mismo para su decepción. Si alguien estaba al corriente de algo que ella no sabía, se lo guardaba muy bien. Pero su pesimismo in crescendo le hacía pensar ahora que nadie sabía nada. Los tigres pertenecían al circo desde hacía muchísimo tiempo, habían nacido en él, eran hijos y nietos de otros tigres que habían emocionado a los públicos desde mucho tiempo atrás, cuando el domador era el ahora viejo estrambótico Tobías Carretero, "Profesor Huang", en los tiempos en que este se hizo cargo de la tutela del enano Marcial.
No hubo perdón para Marcial, ningún juez hubiese sido magnánimo con el infame enano, pues su delito era de los más execrables, un horror del que solo son perdonados los sacerdotes. No había conseguido su propósito de abusar de la niña cuando fe sorprendido por un agente de la policía local, pero el mero intento y un antecedente (cumplió condena por abusos a otra niña hacía siete años en Granada) provocó que el juez de San Pedro del Pinatar le condenase a seis meses de internamiento en la prisión de Sangonera la Verde (Murcia) A Tobías Carretero le creció su enano de la peor manera, se quedó sin su Chucky particular por una buena temporada, el "espía" que le ponía al corriente de todo lo que se hablaba a sus espaldas en el circo y que, de vez en cuando, le servía para desahogarse sexualmente.
Los tigres siguieron en el circo, pues el juez no tuvo ningún motivo para expropiarlos, estaban bien alimentados y eran inofensivos si se observaban las medidas de seguridad pertinentes, Desiderio Talledo y Cristino Beniaján, en representación del circo, convencieron a la Justicia de que el hecho vandálico de ponerlos en libertad no era cosa de ninguno de los circenses y que se extremaría la vigilancia a partir de este momento.
"¿Debo partir de cero en la investigación? ¿El asesino está cerca? ¿He hablado con él? ¿Puede ser alguien tan aparentemente inocente como Desiderio Talledo? ¿Cómo Cristino Beniaján? ¿Cómo Mateo Santos?..." No, ninguno de los tres daba el perfil de asesino ni encajaba en absoluto en ninguna posible sospecha. Pero se desesperaba pensando en algún detalle importante que se le hubiese pasado por alto. Sin embargo, muy pronto iba a enterarse de que algo muy grave había ocurrido, algo que, tras una observación casual y una corazonada, iba a colocarla en la dirección correcta que la llevaría hasta el asesino.
(Continuará el lunes)