

Resumen de los últimos episodios publicados.
El empleado del circo, Abdel Alim, desaparece misteriosamente. El viejo dueño del circo, Tobías Carretero, se niega a responder a las preguntas de la inspectora y, además, se enfada muchísimo cuando esta se interesa por el trato de favor que le dispensa al enano Marcial.
"¡Es usted una jodida entrometida! ¡¿Con qué derecho critica mi comportamiento?! ¡Ande, váyase al carajo!... A mi no me dan de comer los policías ni los políticos de mierda que solo nos ponen trabas a los artistas ambulantes. ¡Váyase a la puta mierda!"
El domador de monos, Cristino Beniaján, sale en busca de la inspectora cuando esta camina por el paseo de la playa en dirección a su hotel en San Pedro del Pinatar, y le cuenta el secreto que guarda desde hace años y que le remuerde su conciencia de católico practicante: El viejo Tobías y el enano Marcial mantienen relaciones sexuales desde que el enano era un niño.
"Abuso de él en la infancia y siguió abusando cuando ya era mayorcito"
Carretero expone su teoría a la inspectora, según él el enano odia al viejo pero le teme, y por eso ha redireccionado su odio hacia las mujeres, a las que desea sexualmente, pero no se atreve a abordar.
De pronto son alcanzados por gente que viene huyendo de algo. Estas personas continúan en su loca carrera hacia San Pedro del Pinatar. Minutos antes han pasado coches de policía en dirección contraria. ¿Qué está ocurriendo?... Poco después para ante ellos un policía local motorizado y les advierte que se han escapado de su jaula los tigres de un circo.
Cristino Beniján y la inspectora Jiménez Herrera siguen a los que huyen de los colmillos de los tigres, pero la inspectora tiene una corazonada y decide volver al circo.
"Tengo que volver allí ahora mismo. Es posible que el asesino de Karla Ambrossini este disfrutando del pánico de la gente ante la amenaza de las fieras, lo mismo que un pirómano disfruta viendo el fuego que ha provocado"
(Continuará)
— ¡Lárguense de aquí, rápido, se han escapado unos tigres del circo!... Sigan en dirección a San Pedro del Pinatar, ¡dense prisa!, no sabemos que rumbo pueden tomar esos animales, pero a lo mejor vienen hacia aquí.
Y el poli siguió el camino con su moto para seguir asustando a más personas, aunque con buena intención.
El mecanismo neuronal de la inspectora Jiménez Herrera la recordó la letrilla de una canción cachonda: "¡Y tú lo que quieres es que me coma el tigre, que me coma el tigre, mi carne morena!" La cantaba la genial lola Flores en la película "El taxi de los conflictos"
— ¡Huyamos, Cristino! ¡Joder, pero qué pocas ganas tengo de correr!
— Yo conozco muy bien a esos tigres, son mansos y...
Se cortó, sabía que nadie había conseguido sustituir a la fallecida Karla Ambrossini porque los felinos estaban muy inquietos, seguían echando de menos a su querida amita.
— No digas bobadas, Cristino, ¡vámonos, venga!, esos animales deben estar muy asustados en estos momentos y pueden atacar a quien se les acerque.
Se acercaba más gente corriendo, algunas mujeres chillaban histéricas. Cristino Beniaján y Enriqueta Jiménez Herrera se sumaron al grupo de acojonados corredores. A nadie se le pasó por la cabeza en este momento que "correr es cosa de cobardes"
Un par de tigres retozaban sobre la arena de la playa y otros tres miraban al mar. El más atrevido se acercó hasta la orilla y dejó que el agua le mojase las patas. Pareció gustarle.
Los propios policías estaban aterrados porque ignoraban el paradero de los tres tigres que faltaban. Aquel viejo sucio, que era el dueño del circo, les había dicho que sumaban ocho. De momento habían dejado de sonar las sirenas policiales para no asustar a los animales. También acababan de llegar dos ambulancias. A la gente le habían exigido que se encerrasen en bares, portales, garajes y domicilios, advirtiéndoles de que tres tigres no estaban localizados.
— ¿Y si me meto en un portal y están los tigres dentro? — preguntó un caballero orondo con cara de pánico.
— No tema, el dueño del circo ha dicho que ya habían cenado antes de escaparse — le respondió un policía bisoño.
Los médicos de las UCI móviles que acaban de llegar, atendieron a varias mujeres con sendos ataques de nervios. Dos policías fortachones evitaron que bajase a la arena un guiri corpulento y borracho que pretendía hacerse un selfi con los tigres. Nada que ver con el gordo que temía ser devorado.
La inspectora dejó de correr y se palpó la pistola que llevaba debajo de la ropa. Tenía una corazonada.
"Esto lo ha hecho el asesino de la domadora. Sí, les ha abierto la puerta de la jaula a los tigres. No sé porqué, pero ambas acciones están relacionadas. Tengo que volver al circo ahora mismo"
(Continuará)
— ¿Y esto que me cuentas tiene alguna relación con el caso?
— Pues... no me extrañaría que Marcial hubiese matado a Benita, vamos, a Karla Ambrossini, por su odio hacia las mujeres y porque así podía matar dos pájaros de un tiro acusándole del asesinato a Jesusa, vamos, a Miss Martinelli. Usted me comprende, ¿no?
— Comprendo tu interés en ayudarme. Has creado una hipótesis basándote en la misoginia del enano, pero no es posible que sea él el asesino. Jesusa vio a un hombre hecho y derecho alejándose de la caravana de la víctima, no a un enano. Las cuchilladas que recibió Benita tampoco pudo hacérselas un hombre tan bajito.
En ese momento vieron a un grupo de personas que venían corriendo por el paseo. Algunos mayores iban con la lengua fuera, e incluso observaron a una embarazada cuyo estado no era precisamente para competir en carreras pedestres. El variopinto grupo continuó corriendo hacia San Padro del Pinatar. Unos segundos después pasaron varios adolescentes ciclistas y skaters, y después una treintañera gordita que se quedó mirándoles y les dijo: "¡Sálvense, no se queden ahí!"
El domador de monos y la inspectora se quedaron perplejos. ¿Qué estaba pasando?
— Parece como que huyen de un incendio — dijo el domador — pero no se ve ningún resplandor.
— No, no se ve más que gente enloquecida — opinó la inspectora — algo está pasando, desde luego, a lo mejor se han escapado unas vaquillas o uno toros. Creo que debemos correr, Cristino.
Y entonces llegó un policía local en moto.
— ¡Lárguense de aquí, rápido, se han escapado unos tigres del circo!
(Continuará)


— Señora policía, voy a revelarle un secreto espantoso. Me lo he guardado durante muchos años, pero ya va siendo hora de que lo suelte.
Guardó silencio durante unos segundos, tragó saliva y se frotó las manos, como si hiciese frío y era una noche de verano de lo más placentera.
— Está bien, dígame usted, Cristino.
Pero, cuando iba a abrir la boca, fueron sorprendidos por un ulular de sirenas policiales cada vez más próximo. Media docena de coches patrulla de la policía local de San Pedro del Pinatar, pasaron a toda velocidad por la carretera que transcurría paralela al paseo de la playa.
— Algo grave debe estar pasando para que se movilicen tantas patrullas, ¿verdad? — señaló el viejo domador de monos.
— Sí, algo grave posiblemente. Pero, mire usted, Cristino, llevo un día agotador y estoy deseando pillar la cama de mi hotel cuanto antes. ¿Podría aligerar el relato?
Muy arriba de sus cabezas, un maravilloso cielo estrellado servía de techo al mismo tiempo para la costa y el interior de Almería, Murcia y Alicante.
— El viejo corrompió al enano desde que era un niño.
— ¿Cómo dice?... Explíquese, por favor.
— Abusó de él en la infancia y siguió abusando cuando era mayorcito, y aunque le gustan las mujeres, no se atreve a abordarlas con intención amorosa. El viejo le dejó marcado para siempre.
— ¿Y tú cómo sabes eso? — se dio cuenta de que, sin querer, había pasado a tuteo.
— Porque Marcial me lo contó todo un día que nos emborrachamos juntos. A la mañana siguiente se arrepintió y me amenazó con clavarme un cuchillo en el estómago si algún día me daba por contarlo.
— ¿Y por qué me lo cuentas a mi?
— Pues... porque aunque me aterra lo del cuchillo en el estómago, no puedo vivir más con este secreto. Ya se lo conté a un cura, pero no me hizo mucho caso, creo que era homosexual o comunista.Volviendo a ello: creo que por esa razón Marcial odia a las mujeres. El viejo le domina y en realidad le odia a él, pero como le teme, redirecciona su odio hacia las mujeres. Los dos están en pecado mortal.
La inspectora recordó entonces lo que le habían contado de que Cristino se había enfrentado al cura de un pueblo porque este se negó a oficiar un funeral por uno de sus monos.
"¡Cielos, parece que estoy dentro de una película de Fellini!"
(Continuará)

La inspectora escuchó asombrada el relato del domador de monos basado en las patéticas vidas del viejo dueño del circo y "su" enano repulsivo.
"Los padres de Marcial, que no eran enanos, tenían una caseta de tiro y con ella se movían de feria en feria por pueblos de Andalucía y Extremadura. Ya sabe usted, un negocio de escopetas poco fiables, de esas que hacen bueno el dicho "falla más que una escopeta de feria"
La inspectora descubrió que el feo Cristino Beniaján era un buen narrador, se recreaba en la historia como un cuentacuentos típico. De una forma inconsciente se sentaron en un banco del paseo. El relato prometía.
"Todo empezó cuando... quiero decir que ahí empezó en cierto modo el futuro de Marcial, que entonces era un niño de cuatro años. Todo empezó cuando un cliente borracho y agresivo increpó furioso al padre de Marcial, Licinio, afirmando que él no estaba tan borracho como para fallar todos los disparos después de haber cambiado tres veces de escopeta. El hombre echaba chispas porque se estaba frustrando su plan: quería regalarle a la hija de su amante una muñeca pepona vestida con traje de faralaes. La cosa es que Licinio salió de la caseta para pegarse con el energúmeno, pero este fue más rápido y golpeó el primero, propinándole tres soberbios puñetazos y derribándole al tercero, ante el asombro del numeroso público que se detuvo a ver el vergonzoso evento. Y como Licinio sufría del corazón y ya había tenido un par de amagos de infarto, pues no le digo más. Y después le tocó a su mujer, pasadas tres semanas, que era muy depresiva la pobre y empezó a perder las ganas de vivir, hasta que dejó de vivir por completo por iniciativa propia, lanzándose al vacío desde lo alto de un barranco. Pero antes de que esto sucediese, Leonarda, que así se llamaba, le rogó a un amigo del matrimonio que se encargase del niño si a ella le sucedía algo. Como ya supondrá usted, señora policía, ese amigo era Tobías Carretero, el dueño del circo, que entonces se llamaba "Circo Hermanos Carretero" Pero cuando los otros dos hermanos murieron, Arístides y Teodomiro, pasó a llamarse "Circo Carretero Internacional" y más tarde "Gran Circo de la Atlántida", que es un nombre mucho más comercial, ¿no le parece? — La inspectora asintió con un gesto. Estaba anonadada ante tanta miseria humana — Don Tobías y sus hermanos mantenían una vieja amistad con Licinio y Leonarda, después de haber coincidido con ellos en mucha ferias. Y así fue como el pequeño Marcial, que a la sazón tenía cuatro años, como ya le he dicho, pasó a ser hijo adoptivo del hombre que hoy es un viejo insoportable, tan insoportable como el propio enano.
Doña Enriqueta reaccionó:
— ¿Y qué es lo que justifica la mala leche de ambos?
— Señora policía, le voy a revelar un secreto espantoso. Me lo he guardado durante muchos años, pero ya es hora de que lo suelte.
(Continuará)
Anochecer en el paseo de la playa, entre Santiago de la Ribera y San Pedro del Pinatar. Para la inspectora Jiménez Herrera ha sido un día muy movido, rematado por las palabras ofensivas que le ha dirigido Tobías Carretero, el dueño del circo, un viejo grosero, sucio y enfermo que vive su decrepitud haciendo de domador de un viejo pony lleno de mataduras, el caballito "Incitatus"
Pero, parece ser que no han terminado los sobresaltos para la eficiente, aunque desengañada, inspectora. Alguien la sigue por el paseo de la playa. Se vuelve airada e increpa al hombre:
— ¡¿Qué pasa?!; ¡¿Por qué me sigue?!; ¡¿Están todos zumbados en el circo o qué?!
El feo Cristino Beniaján, domador de monos, payaso y "gorila" perseguidor por la pista del circo de un travestido enano Marcelo, se muestra muy cohibido ante la virulencia verbal de la teniente.
— Perdone, perdone... solo quería hablar con usted, pero fuera del circo, por eso la he seguido.
La investigadora consigue serenarse al comprobar lo atribulado que está el feo.
— Está bien, dígame.
— Pues verá... es que he estado escuchando la bronca que le ha echado el viejo Tobías, lo cual no me extraña, eh... es que no le gusta que le hablen de sus cosas, vamos, que cuestionen su forma de llevar el circo. El lleva dirigiendo el negocio, mal o bien, desde hace muchísimos años, tantos que usted no había nacido y yo era muy joven.
— Creo que se equivoca, yo no lo he cuestionado como empresario, solo le he preguntado porqué le tolera al enano que se comporte mal con todo el mundo.
— Bueno, a esto quería llegar, a lo de Marcelo. En cierto modo explica todo lo que pasa.
Guardó unos segundos de silencio, como no sabiendo por dónde empezar.
— ¿Y bien?...
— Yo puedo explicarle la relación de Don Tobías con el enano Marcelo. Es una relación muy especial. La verdad es que me cuesta mucho contárselo.
"¡Dios, este hombre es desesperante!"
Cristino Beniaján carraspeó, lanzó un escupitajo a larga distancia y prosiguió.
— Verá, el viejo ha intentado cargarse al enano en más de una ocasión, porque le saca de sus casillas, y es que es un...
La inspectora expulsó toda su rabia contenida.
— Un hijo de puta, sí, ya me he dado cuenta. Las mujeres no debemos expresarnos en estos términos, y menos si estamos representando a la ley, pero me apetecía mucho decirlo, y vuelvo a repetirlo en un castellano muy claro: un hijo de la gran puta que es capaz de ponerle de los nervios al Santo Job.
Cristino Beniaján se hizo la señal de la cruz.
— Aparte de hacer muchísimas barrabasadas. ¡Uy, si yo le contase!
— Bien, pues llegados a este término, dígame usted porque el viejo soporta al enano y no se lo carga de una santa vez o lo interna en una residencia para enanos esquizofrénicos.
— Les une la sagrada promesa que el viejo le hizo a la madre del enano cuando estaba moribunda.
"¡Dios, qué folletín!"
(Continuará)

A la inspectora Jiménez Herrera no le fue mejor con el viejo domador del "caballito sabio", pero hizo de tripas corazón. Tobías Carretero era tan huraño como sucio, de ese tipo de carcamales que solo se lavan cuando van al médico. Su "elocuencia" en la pista del circo desaparecía en el trato personal. Se mostró esquivo, renuente a responder a las preguntas que ella le hizo.
"No tengo ni idea de quién pudo matar a la Ambrossini"; "Buscar sospechosos es cosa de usted, que es policía, no mía"; "El "moro" se ha ido sin decir nada, ¡menudo cabrón!, pues que no se le ocurra volver, que aquí ya no hay trabajo para él"
A pesar de lo intratable que se mostraba, la inspectora se atrevió con la pregunta del millón:
— ¿Por qué protege a Marcial?; ¿No ve que se pasa el día molestando a todo el mundo?
El "profesor Huang" ardió en cólera.
— ¡Es usted una jodida entremetida! ¡¿Con qué derecho critica mi comportamiento?! ¡Ande, váyase al carajo!, a mi no me da de comer la policía ni los políticos de mierda, que solo saben ponernos trabas a los artistas ambulantes. ¡Váyase a la puta mierda, señora!
El carcamal echaba virutas por los ojos y fuego por la lengua contra su "ilustre visitante" de la función de tarde, así que prefirió no replicarle, lo dicho: de tripas corazón.
Desde la caravana más próxima lo oía todo Cristino Beniaján, domador de monos y pareja de Desiderio Talledo ("Sandro") como payaso. Los monos comenzaron a chillar desde su jaula. Siempre que el viejo se alteraba se ponían muy nerviosos.
La inspectora Jiménez Herrera e inició el camino que la llevaba a San Pedro del Pinatar, dispuesta a disfrutar de un poco de paz en la habitación de su hotelito. Se sentía muy contrariada por no haber encontrado todavía una pista que la llevase a la resolución del caso. Se torturaba pensando si la desaparición de Abdel Alim estaba relacionada con el asesinato de Karla Ambrossini.
Notó que alguien estaba siguiéndola. Alguien conocido. Le había visto unos cien metros atrás y ahora volvía a estar cerca de ella. Se volvió con todo el mosqueo del mundo.
— ¡¿Qué pasa?! ¡¿Por qué me sigue?!
(Continuará)