lunes, 24 de octubre de 2016

(Episodio Segundo) El caso de la domadora asesinada.



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Los tigres estaban muy inquietos, habían detectado la presencia de un intruso rondando la roulotte de la domadora Carla Ambrosseti. Entre la caravana de la domadora y el remolque- jaula de sus tigres solo distaban unos treinta metros. El asesino subió los tres peldaños de la escalerita metálica que unía el terreno con la puerta de la roulotte. Dio tres golpes en la puerta.
Karla se despertó sobresaltada, tenía un sueño flojo. ¿Quién podría ser a las... — consultó con la esfera luminosa del reloj despertador — dos de la noche?
Se puso una bata y se acercó a la puerta. El asesino miraba a un lado y a otro esperando ser sorprendido por alguien que hubiese decidido acercarse a ver qué les pasaba a los tigres. Estos no dejaban de rugir. Pero nadie se molestó en acudir porque ya estaban acostumbrados, podría tratarse de algún perro o gato explorando aquello que les era desconocido. Además, para cuidar de sus animales ya estaba Karla.
— ¿Quién es? — preguntó la joven domadora.
— Soy Abdel Alim. (Servidor del Omnisciente) Abre, por favor, tengo que darte una mala noticia. Lo siento.
—¿Qué pasa? — Preguntó la muchacha sin decidirse a abrir la puerta.
— Tus padres han tenido un accidente.
El asesino volvió a mirar a un lado y a otro, temiendo ser sorprendido en ese mismo instante. Pensó que sería una pena porque ya estaba casi a punto de cometer su vil acción. Los tigres seguían rugiendo y cada vez más fuerte
Karla abrió la puerta.


(Continuará)



domingo, 23 de octubre de 2016

(Episodio Primero) El caso de la domadora asesinada.





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Era la reina del circo, la más maravillosa criatura circense que jamás vieron los públicos de España y parte del extranjero. Karla Ambrosseti, rubia platino, alta y espigada, cuerpo de modelo, ojos verdes de ensueño, dulce y hermosa como la propia Venus.
"La Gran Karla" se metía diariamente, en dos funciones, en la jaula en donde recibía a sus ocho hermosos tigres de Bengala y les obligaba amablemente a realizar los ejercicios para los que habían sido adiestrados, incluído el de atravesar un aro de fuego. El número de doma de "La Gran Karla" era espectacular por su belleza y armonía de movimientos de los grandes felinos, no por dar una sensación de peligro constante como hacían otros domadores. Karla jugaba con sus tigres, les hablaba dulcemente o humorísticamente, y el público lo oía todo gracias al micrófono inalámbrico que ella llevaba adaptado a su cuerpo. Todo el mundo adoraba a Karla y admiraba su profesionalidad.
Pero había alguien que no la quería. Peor aún: que la odiaba con toda su alma. Ese alguien vivía con la obsesión de hacer desaparecer de la faz de la tierra a la dulce Karla Ambrosseti. Y esa noche decidió llevar a cabo su terrible plan porque se había presentado la ocasión propicia. Estaba recién enterado de que la chica se había quedado sola en la caravana porque sus padres, los ciclistas acrobáticos Sandro y Antonella, se habían desplazado a pegar carteles al pueblo siguiente en donde tenían que actuar. Las pegadas de carteles se hacían mejor por la noche.  El asesino sabía que tardarían en volver.
La oscuridad de la noche envolvía el circo, tan solo le llegaban las luces algo distantes de dos farolas de la calle principal del pueblo. Las luces de las caravanas ya estaban apagadas, todos los circenses dormían. El asesino se acercó hasta la roulotte que ocupaba la ahora solitaria Karla. La muerte rondaba a la jovencísima artista. Veinte años. Toda una vida por delante que alguien le iba a arrebatar dentro de unos pocos minutos.


(Continuará)

sábado, 22 de octubre de 2016

El abrazo de la paz.

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A Su Eminencia Reverendísima Juan Antonio Artajo, arzobispo de Guanjanaria, le calculaban los médicos un mes escaso de vida. Ya hacía tiempo que se había rendido al agresivo cáncer que se extendía inexorablemente por su cuerpo. El santo varón había cumplido recientemente los 77 años. Su vida se apagaba. Su alma se preparaba para separarse de la carne vieja y enferma y los frágiles huesos.
Pero, aquella mañana, Su Eminencia Reverendísima sorprendió enormemente a los que velaban por él en esta última y amarga fase de su existencia. El más sorprendido fue el doctor Silverio Cervera, encargado desde la noche anterior de administrarle los analgésicos que contribuían a paliar sus fuertes dolores.
El arzobispo parecía un hombre nuevo, como si se    hubiese obrado un milagro. Se levantó de la cama, se dirigió al aseo, se lavó y se afeitó. Enseguida se corrió la voz por todo el palacio arzobispal de que se había producido un milagro.
— Sí, es un milagro — dijo el arzobispo a todos los congregados en su aposento — pero dentro de unas horas volveré a mi lecho a sufrir y a esperar la llamada de Dios. Hermanos, Él me hablado esta noche, me ha concedido unas horas de salud para que apruebe una asignatura pendiente. Debo dirigirme ahora mismo a la Plaza de San Obdulio.
Todos el miraron asombrados. El padre Agraciano Rondales, su secretario particular, le advirtió temeroso:
— Debo recordarle a Su Eminencia Reverendísima que en la Plaza de san Obdulio se reúnen esta mañana los sodomitas, nuestros peores enemigos.
Ya lo sé, pero van a dejar de ser nuestros enemigos.


Una colorista multitud abarrotaba la Plaza de San Obdulio y calles confluyentes. El Gran Desfile del Orgullo Gay daba comienzo en ese momento. La cabecera del desfile empezó a moverse, pero... ¡Oh, ¿qué significa esto?!
El gran enemigo de los "depravados" se plantó ante el desfile, ¡el arzobispo Artajo en persona! Nadie daba crédito a sus ojos, y mucho menos Facundino Repérez, presidente de la Asociación de Gais, Lesbianas y Transexuales, enemigo declarado del "rey de la intolerancia"
"¡Pero... ¿cómo es posible que se haya atrevido a venir a montarnos la bronca aquí mismo?!"
Se inició un fuerte griterío: "¡Homófobo! ¡Hijo de puta! ¡Cuervo asqueroso! ¡Antigualla! ¡¿Has venido a chuparnos la polla?!..."
Facundido percibió algo especial en el semblante del viejo clérigo. No mostraba su rostro colérico habitual. Sonreía dulcemente. Avanzó hasta situarse frente al líder gai. Cesó el griterío. Todo el mundo se mantuvo expectante. El arzobispo empezó a hablarle al homosexual. Una nube de cámaras y micrófonos se acercó a ellos.
— Perdóname, Facundino. Perdonadme todos, hermanos míos. He estado muy equivocado hasta ahora. Todos somos hijos de Dios, vosotros los gais y nosotros los heteros. Nadie tiene derecho a ofender a quienes piensan distinto a él. ¡Os quiero, os quiero a todos, amigos gais!
Y extendió los brazos pidiéndole un abrazo a su hasta ahora enemigo.
El señor gai, aún confuso, correspondió al abrazo del señor clérigo, un largo abrazo que fue vitoreado por la multitud de gais, lesbianas y transexuales. Comenzaba una nueva era en las relaciones humanas. La homofobia desaparecería totalmente del planeta, al menos esa era la hermosa intención y ya se había dado un primer paso.


Dos semanas más tarde, el arzobispo moría en olor a santidad, y sus solemnes exequias fúnebres fueron seguidas vía satélite por millones de personas de todas las tendencias sexuales. El féretro fue llevado en hombros por tres arzobispos, un sacerdote homosexual, una monja lesbiana y un seminarista transexual.
Descanse en paz.


Dedicado a mi amigo Anxo Badía Aguriño.

viernes, 21 de octubre de 2016

Una pequeña atención.

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El padre Amalio se sorprendió muy gratamente cuando aquel joven apuesto le sonrió. Tenía su cara muy cerca, ¡peligrosamente cerca! sentía su aliento y le fascinaban sus ojazos, grandes y azules como los de un actor de cine americano. Pensó en Paul Newman. No todos los días se encuentra uno con algo así en el confesionario.
El joven le sonrió y le piropeó:
— Es usted mayor, pero me gustan los mayores.
— Eh... gracias.
Tragó saliva. No supo que decir porque le pilló tan de sorpresa... Estaba claro que el joven apuesto no había venido a confesarse. Al padre Amalio siempre le gustaron más jóvenes, adolescentes, niños..., pero el joven que tenía ahora frente a él conservaba el encanto de la adolescencia, tenía un rostro aniñado y una sonrisa muy bonita. Por un momento pensó que le recordaba a alguien, pero no supo a quién.
— ¿Me acompañas al despacho parroquial, guapo?
Le acompañó y él le invitó a un jerez. Le acarició una mejilla...
Después todo ocurrió muy rápido. El joven doctor Barrios "anestesió a traición" al viejo pederasta. Apartó dos floreros, un cáliz, una patena y varios libros que había sobre una mesa y colocó el cuerpo del "paciente" sobre ella. Del maletín que había traído extrajo el material quirúrgico necesario para la operación. Y operó.
Penectomía (extirpación del pene) y emasculación (extirpación del escroto y los testículos) No era lo mismo que en un quirófano, pero se apañó divinamente. Dejó una nota para cuando se despertase el padre Amalio:


"Esta es una pequeña atención de uno de los muchos niños de los que abusaste"


El viejo pedófilo jamás se enteraría de quién había sido el vengador. Eran muchos los niños que pasaron por sus manos criminales en sus muchos años de sacerdocio. Y, además, no quiso denunciarlo, pues para esto si tenía vergüenza. Un médico amigo del obispo le examinó para ver si la operación había salido bien. ¡Perfecta, ningún problema!

jueves, 20 de octubre de 2016

El burkini de la Trini.

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Aquella pareja llamó la atención de todos los playeros porque había algo muy extraño en ellos, verdaderamente extraño para ser cristianos. Él lucía un gran tatuaje en la espalda con la figura de Jesucristo y del cuello de ella colgaba un crucifijo. Lo extrañó era que la mujer tenía su cuerpo dentro de un burkini. Y así se metió en el agua y estuvo un largo rato bañándose. Él también se bañó. Se hicieron bromas en el agua. Después descansaron sobre las toallas escuchando música.
La gente les oyó hablar en un perfecto español. Eran españoles. ¿Acaso ella se había convertido al islamismo?
Una hora después, varias personas alucinaron de nuevo. Les vieron comiendo en el chiringuito de la playa y ella lucía ahora un bikini negro de poquísima tela que dejaba al aire casi toda su hermosísima figura. Era una mujer alta y morena de rostro ovalado y grandes ojos verdes, con robustos pechos y potente trasero.
"¿Se ha pasado otra vez al cristianismo?", le comentó un cachondo a su pareja.
Todo tenía una explicación: La morenaza se llamaba Trinidad, Trini para los amigos. Él respondía por Pepe y era forofo del Barça. A ella le parecía fatal que las mujeres musulmanas tuviesen que estar tan tapadas. "Es denigrante para la mujer, no sé cómo lo asumen", solía decir. Trini era hincha del Real Madrid desde que era niña y sus padres la hicieron socia. Y Trini le tomó el pelo a Pepe como tantas otras veces.
— Mañana perdeis, ya lo verás.
— Eso no te lo crees ni tú, le vamos a meter tres golazos al Madrid.
— Ya verás como no.
— ¿Qué te apuestas?
A Trini no se le ocurrió que podría apostarse. La idea fue de Pepe. Si él perdía le tocaba fregar los platos durante un mes, y si era Trini la perdedora debería comprarse un burkini y acudir a la playa con él puesto para que la viese todo el mundo, y aguantaría el tirón por lo menos durante una hora.
Y ganó el Barça.



miércoles, 19 de octubre de 2016

Una vida nueva

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Llegó a la playa a eso de las cinco de la tarde, cuando el sol aún castigaba bastante. Tal y como le habían dicho, era una playa casi desierta, situada a unos quinientos metros de la urbanización más próxima. En la zona en donde ella tendió su toalla no había gente.
Se quitó el vestido y quedó en bikini, un bikini negro que se había comprado el día anterior en unos grandes almacenes de su barrio.
Era gordita, pero se vio hermosa en bikini, ¡muy hermosa! No quiso demorar ni un segundo su contacto con el agua.
Estaba fría, pero ella se sentía muy bien. Chapoteó como los patos cerca de quince minutos. No era buena nadadora, pero le gustaba muchísimo nadar.
Cuando salió del agua, ya había un par de familias instaladas cerca de donde ella había dejado la toalla y sus cosas. Se sonrieron mutuamente. Sonrió a los niños. Se secó y estuvo un rato leyendo una novela. Sintió la miradas furtivas de algunos hombres dirigidas a su cuerpo lozano, pero no se incomodó, le gustó. Por primera vez en su vida, alguien admiraba su cuerpo.
Al llegar al coche, lo primero que hizo fue abrir el maletero y sacar una prenda que inmediatamente arrojó a un contenedor: su burkini.
Zoraida se sentía satisfecha, ¡nueva! Empezaba una vida nueva.


Este es mi primer relato después de nueve meses dedicado a escribir una novela.
Dedicado a mi novia Enri.