

( En las imágenes Almería y Almuñecar )
Escrito en el asiento 17
La carretera entre Málaga y Almería serpentea junto a la costa. En los cerros de verde oscuro, ocre y gris, esos mismos cerros que, dos horas antes, el viajero ha visto desde el avión, observa casitas blancas diseminadas, unas humildes y otras suntuosas.
El autobús desciende a La Herradura. En este pueblo las casas son más grandes, pero también blancas, muy blancas, encaladas por la mano del hombre e iluminadas por el sol perpetuo de Andalucía.
Hay palmeras y una gasolinera roja de Cepsa.
La carretera trepa de nuevo hacia los cerros, pasa por un tunel de no más de doscientos metros y continúa entre curvas y curvas, pinos y cipreses.Y a la derecha, en el sentido de la marcha, el sol del atardecer dora el mar y embellece las huertas de rosaledas y limoneros. Enseguida un pueblo grande: Almuñecar.
A la entrada de Almuñecar le reciben al viajero unas soberbias palmeras, unas estatuas de desnudos sin cabeza frente a la "Jefatura Policía Local" y una estación de autobuses de color beis, redonda como una plaza de toros. Las grandes palmeras protegen del sol a los viajeros que esperan en la estación de autobuses su momento de iniciar un viaje y a los esperadores que esperan a otros viajeros. El viajero se apea porque entiende que el conductor no tiene prisa o le entretiene alguna obligación en tierra. Un airecillo fresco llega para recordarle que debe sentirse dichoso. Airecillo fresco y el cantarín y ceceante acento de la gente de esta tierra. Dos buenos motivos para sentirse a gusto porque el viajero está recuperando los colores, formas y voces que envolvieron su vida unos años antes.
Otra vez carretera arriba, arboleda entre montañas y casas blancas encaramadas en montecillos y cerros. Pueblecitos playeros, casas sin terminar de construirse por efecto de la burbuja inmobiliaria. Dos parapentistas, evolucionado sobre los riscos y las copas de los árboles, se dirigen hacia allá abajo, hacia Almuñecar, hacia el mar... El viajero lo observa todo con deleite, ¡saborea España!
Otro tunel, este más largo, podría ser de dos kilómetros. Descenso ahora por autovía. A la izquierda, al pie de los cerros, los famosos "plásticos", invernaderos en donde trabajan los emigrantes, la mayoría magrabies y subsaharianos. En las alturas, modernos molinos de viento provocan a quijotes fantasmas. El viajero observa y apunta. Sólo echa de menos un buen trago de algo frío y un bocata. Y es que el autobús partía nada más salir el viajero por la puerta del aeropuerto de Málaga, a las dos en punto, y el buen hombre lleva sin nutrirse y refrescarse desde las cuatro de la madrugada, hora en la que desayunó en su casa de Manchester.
Otros dos túneles casi seguidos. El negro asfalto en cuatro carriles vuelve a ser ascendente. A la derecha del viajero hay sendos precipicios que caen sobre un Mediterráneo en calma. El mar de plásticos ocupa ahora grandes extensiones. El siguiente tunel es de unos trescientos metros. Los plásticos son grises, muy feos, machacan el paisaje con su fealdad. Tunel en curva, tan largo como el anterior, y a los cinco minutos otro. Túneles y plásticos, unos y otros desentonan, pero son tan necesarios como esta autovía de color negro y el autobús en el que viaja el viajero. Otro tunel, ¿trescientos metros quizá? Tres horas de avión y van a ser tres horas y cuarto de autobús, ¡seguidas!, para no perdérselo, casi como un vuelo a América.
Allí abajo, sobre el mar, se ha formado una manta de nubes. Ahora le parece al viajero que sigue en el avión. Ha cruzado Inglaterra, de norte a sur, sobre una manta grandísima de nubes. Cambia de asiento aprovechando que hay uno vacío tres filas más adelante. El autobús se desliza sobre un viaducto.
Cartel con fondo verde y letras blancas: "PROVINCIA DE ALMERÍA" Al viajero ya le queda menos para conocer personalmente a la persona que quiere conocer: una hora y pico. Otro viaducto, este tiene nombre: "Viaducto Alcazàbar", y medida: 200 metros. Nuevos pueblos: Adra y Guainos. Pasamos sobre el "Viaducto de Guainos, 150 metros" La niebla marina está llegando a la carretera. Ahora viajamos entre la niebla. "Primates en la niebla dentro de un autobús" Mar de niebla y mar de plásticos. Otra entrada a Adra y La Alquería, y el sol se ve borroso entre la niebla marina, el sol que declina para ser mañana el nuevo sol malagueño y almeriense, el nuevo y el de siempre, aunque hace más ilusión pensar en el nuevo sol que invita a vivir y a viajar. Eso piensa el viajero mientras hace rodar la bolita del boli sobre el papel planco del note book.
La niebla es más intensa. Ya no hay cielo azul ni se ve el sol. Cincuenta minutos le separan al viajero de su destino: Almería. Luego serán menos porque el conductor va veloz. Pasa por Balerma, ya sin niebla. Y pasa por Matagorda y Guardias Viejas. Se anuncia un desvío a El Ejido y otros pueblos. El famoso El Ejido de los emigrantes magrabies y los disturbios entre moros y cristianos. Un cartel curioso; "FIN DE LA CONCENTRACIÓN DE ACCIDENTES" Otro cartel anuncia el desvío a Las Norias de Daza. Al viajero le suena el nombre de ese pueblo, le hace un cosquilleo en el estómago. Y unos cuantos kilómetros más adelante: "ALMERÏA 22" ¡Ya casi has llegado, viajero!
Y así es. Almería le está esperando porque a todos nos espera algo o alguien. Almería sonríe y el viajero sueña con soñar, con besar, con beber, con comer, con dormir, con amar... Ha sido una jornada muy larga, pero el viajero sabe que todavía falta mucho para que acabe. ¡Falta lo mejor!
A Enriquetilla.
Para el concurso de relatos navideños de El Periódico del Prat.
Prólogo.
Cuentan las crónicas que nunca el abuelete Faustino se había sentido tan enormemente ilusionado como en aquella ocasión. Y ya verán como en esta historia se mezclan la tradición navideña y el afán narcisista y exhibicionista de sentirnos famosos y admirados por la masa humana desconocida. Aunque, a decir verdad, el abuelete nunca soñó con este tipo de fama. El simpático abuelete Faustino solo quiso darles una alegría a los suyos, especialmente a sus queridísimos nietos. La parte mediática corrió a cargo de su hija Alicia. Pero empecemos por el principio, que es por donde suele empezar todo, incluso los relatos.
La rebeldía del abuelete.
Faustino empezó a dejarse barba y a no cortarse el cabello. "¿Síntomas de chochura?", pensó enseguida su esposa Mercedes, que era una mujer muy seria. "¡Ay, Dios!, ¡Ay, Dios!, ¡que este hombre ya chochea!" Y se encaró con su marido: "Estás horrible con esas greñas y esa barba de mendigo o de político comunista. ¡Ya estás cortándote la barba y el pelo, Faustino!" "Mujer, te he dicho que es una sorpresa y que os va a encantar a todos", respondió el abuelete sonriendo pícaramente como un niño, un Don Faustino que empezaba a dar la imagen de personaje para dejar de ser persona real. El siempre había llevado la cara limpia y el pelo corto, por eso su conducta alarmaba a los que le conocían de toda la vida. Solo había una excepción, su nieto mayor, Iñaki. Este chiquillo estaba encantado con la nueva imagen del abuelete.
La gran noche.
Ya todos lo sabían. Ahora solo había que esperar al show. Toda la familia se hallaba reunida en el salón: papá, mamá, los niños, la abuela, una hermana viuda de la abuela y un hermano soltero de papá. El día anterior el abuelo había llegado a casa con el flamante traje de Papa Noel recién adquirido en Almacenes Coscojuela. Se lo probó y quedó maravillado de sí mismo. Con su aspecto de hombre rollizo y coloradote y aquella barba natural daba una imagen más papanoelesca que el Papa Noel de la Coca Cola.
¡Fatalidad!
Todos esperaban el ansiado momento en el salón, un espacioso salón presidido por el árbol navideño y el Nacimiento. El Papa Noel iba a llegar de un momento a otro. Sus tres nietos preadolescentes también sabían que el archipopular Santa Claus no era otro que el abuelete. A la abuela Mercedes le seguía pareciendo aquello una patochada, pero se lo perdonó a cambio de que no se olvidase ningún día de tomar sus medicinas y se duchase más a menudo. Y, en lo alto de la escalera que comunicaba con el primer piso del bungalow, apareció por fin la figura de traje rojo, cara sonrosada, larga melena y luenga barba del último Papa Noel conocido, el abuelete Faustino, el cual cargaba con unos cuantos paquetes de regalos, unos bajo un brazo y otros en un enorme saco.
"¡Jo,Jo,Jo,Jo!", exclamó el Papa Noel con toda la teatralidad exigida al personaje. "¡Madre del Amor Hermoso, qué patochada!", pensó Doña Mercedes. Reían los nietos como acostumbran a reír los chiquillos ante las ridiculeces de los viejos. Sonreían condescendientes los adultos. Y entonces surgió lo inesperado. Don Faustino sintió un calambre en la pierna derecha, cosa que no le ocurría desde hacía mucho tiempo, pero el cuerpo humano suele dar fastiosas sorpresas en la senectud. Su extremidad se dobló y perdió el equilibrio, cayendo escaleras abajo y dándose un tremendo cabezazo contra la arista de uno de los peldaños. El hostión fue de película.
Epílogo.
No fue necesaria la autopsia. El doctor firmó la defunción y enseguida llegó a casa un precioso féretro y demás ornamentación fúnebre, más el consabido séquito de deudos y vecinos. A pesar de la reticencia de la abuela se impuso el criterio de su nuera Alicia, y el difunto abuelete fue introducido en el ataud con el mismo ropaje del personaje que acababa de interpretar. ¡Jamás un ser vivo contemporáneo lució una mortaja más alegre! "Es lo más justo", argumentó Alicia, "el quiso hacernos felices con su interpretación del Papa Noel y nosotros le rendimos este agradecidísimo homenaje" Pero, en realidad, lo que Alicia pretendía era que el abuelete se hiciese famoso en las redes sociales. Y consiguió su objetivo, pues no faltaron vecinos y familiares que le grabaron con sus móviles, e incluso se hicieron divertidos montajes en los que se le veía aparecer en lo alto de la escalera y acto seguido pegarse el hostión, para después vérsele reposando en la caja mortuoria. Estos planos se combinaban con otros de los concurrentes a la fiesta y al óbito, primero jubilosos y luego tristes. Y habíanlos muy tristes pero sin dejar de grabar. El único que mostró todo el tiempo un semblante feliz fue Iñaki, el nieto mayor del difunto. Por su mente satírica rondaba una idea: "Algún día escribiré un relato fascinante sobre el tragicómico final de mi estupendo abuelete"

1.990
Su marido desapareció, voló, ¡se evaporó!... Fue incomprensible para ella porque solo llevaban tres años casados y se querían como al principio. Su ausencia le dolió mucho, pero no llegó a ser traumática porque no tenían hijos y ella no dependía económicamente de él. Lourdes trabajaba como secretaria de dirección en una importante empresa inmobiliaria. Rubén, el desaparecido, era traumatólogo, trabajaba en el hospital de La Paz de Madrid. Para sus colegas, médicos y enfermeras, también fue una sorpresa mayúscula la desaparición.
Lourdes era una mujer fuerte que no tardó en superar esta desgracia. Hasta llegó a reirse cuando una amiga le recordó eso de que "hay maridos que se van a comprar tabaco y ya no vuelven" Rubén no fumaba, pero se le podía aplicar el chiste.
2.015
Lourdes no llegó a casarse. Después de la desaparición de Rubén tuvo dos relaciones, la primera le duró tres años y la segunda no fue más allá de dos meses, más algunos encuentros amorosos de una noche, no demasiados. A pesar del tiempo transcurrido, no dejaba de pensar en Rubén, o más bien en su extraña desaparición. No es que estuviese obsesionada, no lo pensaba todos los días, pero sí pensaba en lo incomprensible que había sido esta desaparición. Después de veinticinco años seguía torturándole la idea de que Rubén se hubiese marchado porque sí. Nunca hubo una pelea, ni una mala cara, ¡nada! Todo lo contrario, hubo mucho amor, mucha complicidad y mucho sexo.
La aparición
Lourdes está tomando un café con leche y una ensaimada en una cafetería de la calle Orense de Madrid, muy cerca de la oficina en donde trabaja y del estadio Santiago Bernabeu. Es una mañana primaveral preciosa, una de esas mañanas en las que el cielo aparece tan azul que da la impresión de que se ha liberado para siempre de la capa negra de contaminación. Un hombre joven se sienta frente a ella. No lo entiende porque hay más mesas libres. Chaqueta de cuero negro, media melena de cabello negro, vaquero con rasgaduras a la moda, un piercing grande en la oreja izquierda y los ojos ocultos tras unas gafas Ray-Ban. "¿Este niñato quiere ligar conmigo?... Bueno, pues... no está mal del todo"
El impacto.
- Hoy es un día perfecto para empezarlo besándonos, ¿no crees?
La frase impacta en ella como un meteorito. Se queda lívida. No da crédito a lo que acaba de oir, ni más ni menos que una de las frases que solía susurrarle al oído Rubén cuando ambos se despertaban por la mañana. "Si no fuera una locura pensaría que ese hombre es Rubén, un Rubén que no ha envejecido, ¡qué gran estupidez!... ¿Es una broma de televisión?, ¡pues maldita la gracia y el gracioso al que se le haya ocurrido!... Reaccioná mirando alrededor, buscando posibles emplazamientos de cámaras ocultas. No ve nada que le haga sospechar. "No, no, es imposible, absolutamente nadie sabe que Rubén me decía esas palabras. ¡Su voz!, ¡Dios, es talmente la voz de Rubén!"
Rubén se quita las gafas.
"¡Es él, no ha envejecido!"
Todas sus exclamaciones son internas. Se ha quedado muda. Tiembla. Se desmaya.
¿Qué coño hacen ahí?
Ustedes no valoran el talento, señores lectores, porque desprecian lo que no entienden hasta el punto de no dejarme un puto comentario en muchos años. Sírvanse redactar un buen final para esta historia y léanselo ustedes mismos y cománselo con churros. Yo ya lo he hecho, pero jamás voy a publicarlo. Les aseguro que se pierden un divertido y emocionante desenlace. ¡Jódanse!
( Este aviso no es válido para mis amigas Leona Catalana y Enriqueta Jiménez Herrera )

Para el concurso de relatos navideños de El Periódico del Prat y para todos los voyeurs que me leen y que, obviamente, dada su calidad de mirones, no me dejan ningún comentario. Solo sirven para babear megustas por ahí o dejar comentarios mongoloides cargados de faltas de ortografía.
Reunión urgente.
El consejo de dirección de Embutidos Tarraco se reunió con carácter de urgencia para intentar resolver un problema que a todas luces era irresoluble, algo de lo que jamás hubiesen imaginado que pudiese suceder, y mucho menos sucederle a ellos.
El director general, Don Cosme Lagar, anunció con voz grave: "Vamos a ver el anuncio y luego opinamos" El anuncio era su anuncio, el anuncio de Tarraco, un bonito spot de la campaña navideña de esta importante firma de embutidos. Desde dos días antes se estaba emitiendo en todas las cadenas televisivas de el país. Los ejecutivos de Tarraco habían brindado con champán por el éxito de la campaña en el primer día de emisión. Ahora permanecían serios, muy serios, no se sentía ni respirar en la sala, y una de las ejecutivas, Marisol Llarena, no pudo evitar que se le escapasen las lágrimas.
Vieron por enésima vez el anuncio, ahora como una macabra obligación. Vieron a los niños, vestidos de pastorcillos, cantando un villancico en el belén viviente. Luego, los mismos niños, se acercaban al pesebre y entregaban a la sagrada familia productos de Embutidos Tarraco. Representaban a zagalillos de todo el mundo: negros, indios, orientales, latinos..., un total de doce niños. Terminó el spot enseguida, 45 segundos, y lo volvieron a pasar otras cuatro veces. Dos Cosme tomó la palabra: "¿Y bien?... ¿Alguna idea?" Respondió Alberto Arellano, creativo del anuncio: "Se puede hacer otro montaje, pero es muy complicado" Intervino el ejecutivo Paco Gutiérrez: "Y estamos con el tiempo en contra" Retomó la palabra Arellano: "La complicación ya sabe usted en donde reside, Don Cosme: Abdel Alim está en todos los planos y en los que se descartaron. Habría que mostrar solo los primeros planos de los productos en las manos de los niños, y aún así no sé si llegaríamos ni a los diez segundos. O eso o grabar otro spot. "O seguir emitiendo este", apunto Paco Gutiérrez.
Irracionalidad
Abdel Alim, una criatura de ocho años, había cometido el gravísimo pecado de participar en un anuncio televisivo en el que se publicitaban productos del cerdo, el impuro galufo de los musulmanes, y el fanático Yusuf Kamal, hermano del imán del barrio, había degollado al niño en un ataque de ira.
Conclusión
El anuncio dejó de emitirse, pues a nadie le agradaba seguir viendo el rostro de aquel niño en una publicidad de carácter festivo, un rostro que seguía apareciendo en foto fija en las redes sociales y en algunos periódicos para denunciar la barbarie islamista.
Para el concurso de relatos navideños de El Periódico del Prat y para los soplapollas que lo quieran leer aquí.
Nervios al volante
Conductora novel, novata, primeriza, nerviosísima... "No debería estarlo, coño, ¡no, no!" Pero lo estaba. Elena tenía 27 años y este era su primer viaje sola en coche, sin el profesor al lado, sin el coche de la autoescuela. Elena conducía su coche propio, nuevecito, pero sin un familiar o amigo en el asiento de al lado, alguien que pudiese transmitirle seguridad. De la calle, de alguna tienda, le llegaban las notas de un villancico popular, de esos que nos sabemos de memoria porque son como canciones del verano eternas. Arre, borriquito, arre burro arre, anda más deprisa que llegamos tarde. Arre borriquito, vamos a Belén, que mañana es fiesta y al otro también.
Ocurrió lo que no debería ocurrir, pero ocurrió. No fue culpa suya, pero ocurrió. Un incidente clásico que no llegó a accidente. Gracias a Dios. El niño y la pelota. Llegó la pelota a la calzada y tras ella, inmediatamente, el niño. Elena estaba mirando en ese instante el enorme luminoso que había aparecido al doblar la esquina: "FELIZ NAVIDAD" Pero vio al niño. Vio realmente un bulto, un bulto pequeño que fue hacia el coche como un conejo por la noche. ¡Frenazo! Se quedó clavada en el asiento, pálida de muerte. Una docena de adultos se acercó al coche, al bulto, al niño. "¡Está bien!", "¡Está bien!", "¡No le ha pasado nada!" Se armó de valor y salió del coche. El niño estaba bien. Una criatura de no más de ocho años. Preguntó por su pelota. Elena se desmayó al verlo, tenía un hijo que se parecía mucho a ese niño. Dos mujeres la tomaron en sus brazos e hicieron que se sentase en un banco del paseo. Un guardia municipal arrimó el coche a la acera para permitir que fluyese el tráfico.
El día anterior.
Félix Berciano, "El Mago Félix", anunció en el programa de radio local "Otra dimensión" que el día siguiente iba a ser fatal para un forastero y que otra persona, vecina del pueblo, salvaría milagrosamente su vida. "Sí, va a ser un milagro y un castigo. Pero ¡ojo!, el mal va a seguir existiendo. Cuando la primera persona se salve, morirá la segunda, pero la persona causante de la muerte de la primera persona seguirá entre nosotros. ¡El mal seguirá entre nosotros!" Los asistentes al programa en directo y el presentador estaban perplejos porque el mago Félix nunca había llegado a tanto en sus predicciones. ¿Estaría perdiendo la chaveta? El presentador se atrevió a hacer una última pregunta antes de pasar al siguiente invitado: "Félix, quién va a ocasionar que una persona se salve a cambio de la muerte de otra", "El Espíritu de la Navidad. Sé que suena muy raro, pero eso es lo que dicen las cartas", "¿Y qué significa eso de que el mal seguirá entre nosotros?", "No se más, no veo más en las cartas. Lo siento"
Regresamos al futuro.
Elena ya se siente mejor. Regresa a su coche y se sienta al volante. Faltan unos pocos segundos para una tragedia. 3-2-1... Queda sobrecogida por la fortísima explosión. Docenas de miles de lugareños y forasteros quedan sobrecogidos. Tras los primeros instantes de desconcierto, su mente se serena lo suficiente para pensar: "Ellos otra vez, ¡seguro!" Ellos son la ETA, y en esta década, años 80, la banda criminal está golpeando con mucha fuerza. Ella misma ha sido amenazada por expresar su repulsa y asco en repetidas ocasiones. Elena es concejala.
Unos minutos antes.
"El Pijote", ratero que ha llegado al pueblo para aprovecharse de los incautos en las aglomeraciones navideñas, ve que se le presenta que ni pintada la ocasión cuando la mujer abandona el coche para ver al niño. Con la astucia y ligereza propia de su oficio se hace con el bolso tentador que reposa en el asiento de al lado de la conductora. Un rato después entra en un garaje abandonado. Sabe que allí nadie va a verle mientras comprueba su botín. ¡Guau!, cerca de setenta euros y unas cuantas tajetas de crédito. También hay pequeñas figuras del Nacimiento, barra de labios, colorete, etc. "¿Y esta cajita?, ¿qué es esto?" Al abrirla es cuando se acciona el mecanismo explosivo y... el ratero se convierte al instante en pequeños pedazos de carne humana, huesos y sangre que impactan en las mugrientas paredes del garaje al tiempo que se desploman.
Suena el móvil en la guantera del coche. "Elena, ¿estás bien?, soy Juan", "Sí, gracias a Dios, alcalde", "Perdona, puedo parecerte siniestro, pero... como estás amenazada he pensado...", "Alcalde, me han robado el bolso, tengo el presentimiento de que... alguien me ha salvado la vida" Y, dichas estas palabras, rompe a llorar.
El mal sigue existiendo.
No les fue difícil arrimarse a ella en una concurrida cafetería. Uno se fingió votante de su partido y cruzó unas palabras con ella, mientras el otro introducía en su bolso el pequeño artefacto. Iñigo Zudaire, "Tximbito" y Eneko Larrátegui, "Bin Laden", ya se han cobijado en su cloaca, el piso franco. Ya están enterados de que solo ha habido una víctima y de que esta no ha sido la asquerosa concejala españolista. "¡Qué suerte ha tenido la hija de puta!"
Navidades blancas.
"El Espíritu de la Navidad ha movido al niño para que se detenga el coche y se salve la concejala. Ahora todo encaja", comenta ufano El Mago Félix. Nadie se atreve a reírse de él después de este "acierto pleno" La hebilla del cinturón y las huellas dactilares en un dedo han servido para identificar a "El Pijote" "¡Esta nevando!", "¡Está nevando!", gritan chiquillos y adultos desde balcones y ventanas. Todo un espectáculo en el pueblo, pues hace muchísimos años que no nieva. A lo mejor también es cosa del Espíritu de la Navidad.
Dedicado a mis amigas Teresa Coscojuela y Enriqueta Jiménez Herrera, que me disculpen por no haber terminado el último novelón.