miércoles, 21 de octubre de 2015

( XVII ) Un asesino más listo que el hambre.


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Justo Pantoja

Siempre le tocaba lidiar con el subcomisario Pantoja, una especie de relaciones públicas de la Policia Nacional, medio jubilado porque ya estaba muy viejo para salir con la pipa a enfrentarse a los malos. Justo Pantoja era un hombre chapado a la antigua, y en la imaginación de Fulgencio un borde.
El viejo subcomisario no se dignó a mirar al detective hasta que engulló el último churro mojado en café con leche de su "tiempo del bocadillo", lo que los ingleses llaman "lunch time" Por fin, los ojillos grises de Pantoja se posaron en el ojazo repelente de Fulgencio.
- Me has dicho que precisas información sobre el asesinato del cementerio de La Cañada.
- Sí, y tú me has dicho que esperase hasta que terminases de desayunar.
- Sin cachondeo, Fulgencio, no me amargues el desayuno, ¿vale? Vamos a ver, ¿estás escribiendo un libro sobre asesinatos en cementerios?
- No, necesito investigar ese crimen para dar con el verdadero culpable.
- ¡Venga ya!, ese crimen no tiene ningún misterio, Fulgencio, al día siguiente fue detenido el asesino, otro mendigo, se encontraron sus huellas y el arma del crimen, un cuchillo jamonero, y las huellas de sus zapatos en la zona de cesped que pisó en su camino al panteón.
- ¿Ha confesado ser el autor del crimen?
- ¡Venga ya, Fulgencio!, tú ya sabes que estos pringados confiesan ante la policía porque se cagan por la pierna, pero luego piden un abogado para negarlo e incluso para denunciar malos tratos policiales. Ahora que, en el caso de Honorio Pontarrón, que así se llama el bicho, por mucho que lo niegue...


Honorio Pontarrón

- Hay indicios de que puede haber alguien más implicado.
- ¡Venga ya!, ¿de dónde has sacado eso y que pintas tú investigando un asesinato entre mendigos?
- Ya sabes que yo solo investigo si me contratan para ello. Mi cliente tiene serias sospechas de que hay alguien detrás de Honorio Pontarrón.
- Ya, y yo me lo creo. Vaya, que un tío quiere matar a un mendigo y no se le ocurre otra cosa que pagar a otro mendigo para que lo haga. Mira, hace tiempo se hizo famoso un mendigo por matar a sus compañeros, era un sádico. Cuando lo descubrimos, ya se había cargado a unos cuantos. Pero era un majara que actuaba por cuenta propia. ¿Quién va a utilizar como sicario a un pobre desgraciado del tipo de Honorio Pontarrón? Que no, hombre, que no, dile a tu caprichoso cliente que no se invente películas. Al Honorio se le han cruzado los cables y punto.
- Mira, Justo, no me veo yo a un tío que vive de las limosnas, que no se lava, que duerme en la puta calle..., vamos, a una persona abúlica y enferma, actuando de pronto por iniciativa propia en un asesinato, desplazándose hasta el cementerio, que le pilla a dos kilómetros de su habitat natural, cargándose un muro para poder saltar al interior, rompiendo a golpes de cincel una cerradura y cargándose a otro mendigo, el cual duerme por primera vez allí y tiene un sueño tan profundo que no oye los golpes en la puerta ni la música a tope de un improvisado botellón en el exterior, aunque también la apertura de la puerta y la música podrían haber sido antes de que llegase, y eso justificaría que la víctima no se haya resistido por haber sido sorprendido durmiendo. Mira, yo no he leído en los periódicos que haya habido señales de lucha.
- ¡Joder, Fulgencio, eres la rehostia!
- Hasta me da por prensar que Honorio Pontarrón no haya sido el autor material del crimen.
- Ahí sí que te equivocas, hay suficientes indicios para acusarle. Oye, tío, ¿y quién es tu cliente?, ¿a quién le puede interesar defender a ese desgraciado?
- Materia reservada. pero digamos que lo que le interesa no es exactamente "defender a ese desgraciado", sino dar con el verdadero asesino.

( Continuará )



martes, 20 de octubre de 2015

( XVI ) Un asesino más listo que el hambre.



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( Teresa Coscojuela, célebre escritora y amor platónico del detective Fulgencio Hermoso Gallardo. En la otra imagen el detective de ficción "Colombo" )

Carlota y Fulgencio.

- ¿Ha progresado usted?
- Pues sí, adecuadamente. Para ser el primer día la cosa no ha ido mal. Confirmo sus sospechas de que puede haber alguien más en el ajo, aparte del detenido Honorio Pontarrón.
- ¡Ajá!, celebro que confirme mis sospechas. Lo hay, lo hay, hay un cerebro criminal detrás del caso del panteón. Ese Honorio Pontarrón ha sido utilizado de alguna manera. Cuando culmine sus investigaciones lo sabremos. Y ahora cuénteme.
- He hablado con el conserje del cementerio y con unas vecinas de los edificios rojos que hay cerca. Las vecinas que mejor me han informado han sido Doña Araceli y Doña Sole, un encanto de viejecitas comunicativas - Había que inflar un poco el relato para que Doña Carlota no se pensase que había estado tocándose las narices todo el día. - La conclusión es que se organizó una pequeña fiesta botellonera con música a tope, sin duda para evitar que se escuchasen los ruídos que hacía en el cementerio el que estuviese golpeando para romper la cerradura y derribar la parte alta del muro.
- ¡Ajá!, todo hecho muy a conciencia. Quien fuese contrató a todo un equipo, unos como mano de obra y otros como distracción. Más o menos ya sospechaba yo que por ahí habían ido los tiros.
- Mañana me dedicaré a buscar conocidos de la víctima y también pienso reunirme con la policía.
- Uy, lo primero me parece muy bien, pero en cuanto a lo segundo, allá usted, esa gente está muy pegada de sí misma y son cuadriculados, están deseando cerran los casos haciendo que se come el marrón el primer pringado que pillan.
- "Jo, qué vocabulario para una señorona de la calle Zurbano!"
Y como si le hubiese adivinado el pensamiento:
- Conozco mucha jerga marginal, pero no por mezclarme con ellos, sino por mis lecturas. Hágame caso, que yo tengo mucho mundo, señor Hermoso. ¿Sabe usted la cantidad de casos de asesinatos que hay sin resolver? Esa gente no cree en la novela negra, como nosotros, les falta fantasía y amor al mundo del crimen. ¡Son funcionarios!... Fíjese, señor Hermoso, de 300 homicidios anuales que se producen en España, un 20 o un 30 por ciento no se resuelven nunca. ¡Crímenes perfectos!
- Conozca la estadística y también la desidía de un buen número de esos funcionarios, no se lo voy a discutir, aunque también los hay muy eficientes.
- Sí, como los médicos, de Pascuas a Ramos das con alguno competente. Ay, señor Hermoso, para detectives buenos los de la ficción. Ahí tiene usted a Bevilacqua y Chamorro, ¡dos monstruos! Y usted perdone, no lo digo con segundas.
- No, no, lo entiendo, pero sería un orgullo para mi que me comparase con ellos.
- Eso lo haré si soluciona el caso que le he encomendado, no lo dude.
Se prolongó durante varios minutos el cambio de impresiones entre la señora Echegaray Aguirrezabaleta y su llamativo detective contratado. Puso ella el punto final con la disculpa
de que Fernando, el verdadero, le estaba reclamando la cena.
Fulgencio ya tenía decidido entrevistarse con la policía, dijese lo que dijese Doña Carlota. Además, le encantaba provocar a la pasma. Muchos de ellos le despreciaban, le decían "huelebraguetas" en alusión a los casos de infidelidad en los que trabajaba, y otras lindezas para fastidiarle. Pero los "falsos sabuesos" y los de uniforme estaban muy por debajo de los verdaderos detectives, en esto le daba la razón a su empleadora, y él era uno de ellos. Algunos polis le definían como un detective de pacotilla o decían sarcásticamente que era una mezcla del teniente Colombo y el monstruo de Frankenstein.
"¡Que os den por el culo, maderos, mañana os haré una visita, ¡jeje!"


Teresa y Camilo.

Esa noche, antes de dormirse, soñó despierto. En sus fantasía se vio convertido en el renombrado autor de novela negra Camilo Coscojuela, y casado con su amor platónico, Teresa Coscojuela, la creadora de La Capitana Indestructible. ¡Oh, qué bonito es soñar!
"Pero Teresa Coscojuela ha amasado una gran fortuna y jamás se fijará un pobretón de tan horrible aspecto como yo"
Las historias de bellas y bestias solo se dan en la ficción.

( Continuará )





lunes, 19 de octubre de 2015

( XV ) Un asesino más listo que el hambre.



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Resumen de lo publicado.

Octubre de 2.015 en Madrid. Asesinato en el cementerio "Virgen de la Cañada", sito a dos kilómetros del barrio obrero del mismo nombre. La víctima se llama Mauricio Carrascales y es un indigente. Ha sido asesinado en el panteón mortuorio en donde se encontraba durmiendo, el panteón de la familia Galíndez de Osuna y Girón. Junto al cadáver se ha encontrado una colchoneta, un edredón y otros efectos personales: un mechero, un monedero de mujer conteniendo colillas, una petaca vacia pero con olor a whisky y diversa calderilla. Alguien derribó parte de un muro que da a la zona de los panteones y rompió la cerradura de la puerta del panteón. Aún no se sabe si fue el propio mendigo o el que le asesinó. La policía guarda silencio sobre los detalles del crimen, pero ha detenido al presunto asesino: Honorio Pontarrón, también mendigo.
Una señora que vive en un palacete de la famosa calle Zurbano, Doña Carlota Echegaray Aguirrezabaleta, viuda de Maximino Carrero Negro, Conde de Badajoz, contrata a un detective deforme para que investigue quién es el verdadero asesino, pues ella sospecha de que alguien mueve los hilos de una trama que supera la típica venganza entre mendigos, pero no quiere decirle al detective cuales son los motivos de su sospecha. Tampoco le ha importado que sea deforme, pero, en un principio, le ha causado mucho repelús.
El detective, Fulgencio Hermoso Gallardo, que es un hombre bajito, jorobado, cabezón y tuerto, con un ojo saltón como un huevo de grande, entrevista al conserje del cementerio, Nicolás Fuentes, y a unas vecinas residentes en viviendas próximas al cementerio. De sus testimonios, particularmente los de Doña Araceli y Doña Sole, se deduce lo que se relata a continuación.


Carlota y Fulgencio, "Fernando" y Mario

Ya en casa, después de cenar opiparamente en el Mesón de la Chulapa de la calle Mesón de Paredes 32, se recoge en su buhardilla de la calle Amparo 44 para fumar y leer antes de acostarse. Pero primeramente ha de dar novedades a su pagadora, pues esta le ha exigido que la informe diariamente de sus progresos. Marca el número telefónico del palacete de Doña Carlota. Responde una voz masculina:
- Residencia de Doña Carlota Echegaray Aguirrezabaleta, dígame.
- Quiero hablar con Doña Carlota.
- No está disponible en estos momentos. Si el señor quiere dejar un recado...
"Y si este capullo es un ladrón o alguien que ha entrado a secuestrar a Doña Carlota?...
- ¿Usted quién es?... si puede saberse.
- Soy Fernando.
"¿Fernando?
- ¡Ah, caramba, qué gatito más inteligente!
- Pues ya lo ve, señor. ¿Y usted quién es?
- Soy el detective Hermoso Gallardo.
- Entonces espere un momento, la señora sí está disponible para usted.
Un minuto después, Doña Carlota se pone al teléfono.
- Tiene usted el gato muy bien amaestrado, señora, hasta sabe hablar.
- ¡Jeje!... Ha hablado usted con Mario, mi mayordomo. Me hace de cortafuegos porque no quiero quemarme atendiendo llamadas de gente que no me agrada. Hay muchos pesaditos, ¿sabe?, mayormente tiralevitas, y la mejor forma de mantener las distancias es hacerme difícil de contactar.
"Tiralevitas, sinónimo de lameculos", pensó el detective monster, "ultimamente no se escucha mucho esta palabra"
Era un "ultimamente" muy largo, pues la última vez que Fulgencio se la oyó decir a su abuelo materno fue allá por los años sesenta, cuando vivían los cuatro Beatles y eran muy jovencitos.
- Mario me protege muy bien y no le falta sentido del humor. Unas veces se presenta como Artur Mas, otras como Teresa Coscojuela...  También sabe imitar voces femeninas.
- ¡La autora de las Aventuras de la Capitana Indestructible!
- La misma.
Yo también sigo ese cómic, ¡es fenomenal!
- Bien, pero volvamos a lo nuestro, señor detective. Va a ser un placer para mi escucharle sin verle.

( Continuará )

domingo, 18 de octubre de 2015

( XIV ) Un asesino más listo que el hambre.


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Fulgencio se despidió de Nicolás Fuentes y caminó ligero en dirección a uno de los dos edificios rojos situados a unos 150 metros del cementerio. Mientras caminaba repasó la película. No le parecía aconsejable pedir la autorización de la familia para ver el panteón por dentro, dado que ya no habría nada que ver. Estaba muy claro que autor material del asesinato era el tal Honorio Pontarrón. ¿Estaba claro? ¿Estaba "muy claro? "... Bueno, dejémoslo de momento" Otra razón le desaconsejaba acercarse a la familia, al menos por ahora: no podía decir de parte de quién trabajaba. Posiblemente, por la razón misteriosa que fuese, Doña Carlota estaba enfrentada a esa familia y el hecho de hurgar en el asesinato era una forma de darles guerra. "Y si digo que es cosa mía, que soy un turista funerario, un escritor macabro tipo Allan Poe o algo parecido, van a pensarse que quiero comerme los huesos de los difuntos"
Ya se iba acercando al primero de los dos edificios rojos. Unos niños le vieron y echaron a correr.
- ¡Un monstruo!, ¡un monstruo!, ¡sálvese quién pueda!
"Joder, qué tarde se me ha hecho, los niños ya están fuera del cole. Jeje, los niños de hoy en día son muy blandos, los de hace años me hubiesen apedreado"
Dos marujas treintañeras asomaron por un portal.
- ¡Eh, ¿qué les está haciendo a los niños, degenerado?! - gritó una.
- ¡Los niños se han asustado porque soy muy feo, señora! - exclamó en voz bien alta mientras se acercaba a paso ligero al portal. Al contrario de los demás monstruos, Fulgencio ganaba por su simpatía en las distancias cortas - pero de degenerado nada, no me insulte, por favor, bastante desgracia tengo con ser así, ¿no le parece?
La otra señora sonrió y la que se había cabreado, al ver que su amiga sonreía, se calmó.
- Además, soy casi un enano, ¿no se dan cuenta ustedes?, cualquier crío de estos casi me puede. - y miró a los niños - ¿Verdad, colegas?, ¿a que parezco el hermano pequeño de Quasimodo?
Las vecinas se echaron a reir por su gracejo y por las caras de confusión de los chavalillos. El aprovechó la coyuntura para exponerles el motivo de su presencia allí.
- Pues miren, aquí donde me tienen, soy detective privado, Fulgencio Hermoso Gallardo - y extendió su tarjeta de visita, el "truco" infalible para que le prestasen atención. - Quisiera hacerles una pregunta, una sola pregunta - Daba por supuesto que vivían en ese lado del edificio, el que daba al cementerio, pues las había visto salir por el portal.
- ¡Uy, qué emocionante, un detective!, ¡pregunte usted, pregunte! - dijo la que antes le había increpado.
- ¿Recuerdan ustedes si en una noche de primeros de este mes, lunes 5 o martes 6, oyeron ruídos procedentes del cementerio?
Les daba como referencias la noche del asesinato y la anterior, por si el destrozo de la puerta y de la pared hubiese tenido lugar la noche anterior y Nicolás Fuentes no se hubiese percatado de ello. A Fulgencio le interesaba saber la fecha exacta por si, más adelante, pudiese serle de utilidad para la investigación.
- ¡¿Ruidos en el cementerio?! - exclamó una, la que le había llamado degenerado.
- ¡Anda, los muertos vivientes! - chilló la otra.
"La puta que las parió, qué festivas me han salido"
También se unieron al coro de risas los pequeñuelos, pues se sintieron valientes al ver que sus madres confraternizaban con el monstruo. Pero, tras las risas, llegó la decepción. No habían oído ruídos extraños ninguna noche, a excepción de los tubos de escape trucados de los ciclomoteros capullos y la música a toda pastilla de los coches de los tarados. Lo de siempre. Estaba ya a punto de subir a otros pisos a preguntar, cosa que no le hacía mucha gracia por la prolongada observación a la que era sometido tras las mirillas de las puertas, cuando oyó una voz por encima de su cabeza.
- ¡Eh, oiga, señor detective!
Proyectó su ojo ciclópeo hacia arriba.
- ¡Aquí!, ¡aquí!
Era una señora mayor en el segundo piso.
- ¡Dígame usted, señora!
- Sí que hubo ruído, sí, lo que pasa es que esas dos salen muchas noches de parranda con los maridos.
- ¡Es que usted ya está muy mayor para eso, Doña Areceli! - gritó la que le había llamado degenerado.
Pero Araceli fue a lo suyo:
- ¡Vaya zipizape que montaron los jovenzuelos del botellón con la música de los coches!... Tuvo que venir la policía porque llamaron varios vecinos.
- ¡¿Eso fue en el cementerio, Doña Araceli?!
- No me grite que oigo muy bien y dos pisos no son nada. - Rieron las marujas - Sí, sí, junto a la tapia del cementerio, por la zona de los panteones.
- ¿Ese botellón lo han hecho más noches? - preguntó Fulgencio.
- Oiga, ni tanto ni tan calvo, no me hable en voz baja - Más jolgorio de las marujas.
- Pregunto que si ha habido otras noches de botellón.
- ¡Qué va!, ¿no ve que esto está dejado de la mano de Dios?... Vinieron en un par de coches nada más, unos ocho o diez jóvenes, eso es lo que nos dijo un policía que se acercó a informarnos a la mañana siguiente. Esas dos estarían durmiendo después de la parranda.
Más risas de las marujas parranderas. 
- Doña Araceli, ¿recuerda usted si fue el lunes 5 o el martes 6?
- ¡El lunes, me acuerdo muy bien que fue el lunes 5! - exclamó triunfante - porque ese día cumplía añitos mi nieta Vero.
Se oyó otra voz.
- ¡Yo fui una de las llamó a la policía, señor detective! 
Fulgencio descubrió a su siguiente informadora en la tercera planta. Era otra señora mayor.
- Gracias por su testimonio, señora.
- A mi si me tiene que gritar, que soy un poca sorda y estoy en un tercero.
A las marujas les faltaba poco para mearse, ¡menuda función y gratis!
- Es Doña Sole, una cachonda - le dijo en voz baja la que le había llamado degenerado - Oye perfectamente, de lo contrario no sabría de lo que estamos hablando, pero siempre está de coña.
El más pequeño de todos los pequeños, osó acercarse al homus horribilis.
- Oye, ¿tú eres un montruo de las galaxias?
- ¡Sí, del mismísimo Reticulín!
Coro de risas.
Fin del episodio.

( Continuará )


sábado, 17 de octubre de 2015

( XIII ) Un asesino más listo que el hambre.


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- ¿Quién descubrió el cadáver de Mauricio Carrascales?
- Fui yo. Oiga, pero ya me interrogó la policía y al asesino ya le han pillado. ¿Usted qué es lo que busca?
- Trabajo para una persona que sospecha que puede ser otro el asesino.
- ¡Ostras, como en las novelas policiacas!
- Pues sí.
- Pero al asesino le encontraron el cuchillo y había huellas suyas de pisadas. Todo esto salió en los periódicos.
- Ya, ya, pero a veces las cosas son más complicadas de lo que parecen. - le sonrió con su sonrisa peculiar, más parecida a una mueca grotesca. - Como en las novelas, ¡jeje! Oiga, el cadáver se lo encontró en el interior del panteón, ¿no?, eso quiere decir que la puerta estaba abierta.
- Sí, y no me lo explico.
- ¿Qué es lo que no se explica? 
- Pues que estuviese abierta. Osea, que se cargó la cerradura para entrar. Observe la cerradura nueva y la puerta de hierro. ¿Sería usted capaz de arrancar esa cerradura?
Fulgencio miró en dirección a la cerradura. Después se acercó un poco más.
- Un trabajo duro, ¿no?
- Y tanto, duro y chapucero porque utilizó un cincel y una maza, y eso le llevó mucho tiempo e hizo mucho ruído. Podía haberse buscado un portal para dormir. O haber hecho las cosas bien. En Internet hay un montón de páginas que explican como abrir sin llave una cerradura en veinte segundos, que lo estuve mirando en google el otro día.
El detective se rascó la nuca.
- Oiga, a lo mejor se trata de que a los menesterosos no les dejan entrar en los cibers porque dan mala imagen. Fíjese, hasta a mi me ocurre eso.
El camposantero no supo qué cara poner ante esta disquisición.
- ¿Usted duerme aquí en el cementerio?
- No, duermo en mi casa. Pero no se trata de eso. ¿Cómo es que una persona viene aquí con herramientas para cargarse la cerradura de la puerta de un panteón con la intención de dormir en él?
- Alguién rompió esa cerradura antes de que llegase.
- ¡Claro, pero es más absurdo todavía!... Y mucho más absurdo que haya tirado piedras del viejo muro para facilitar que alguien pueda trepar por él.
- Eso no lo sabía yo.
- Pues sí, eso hicieron. Han vuelto a levantar el muro los albañiles.
- ¿Y no hay cámaras ni alarmas aquí?
- Sí, pero solo en la parte delantera, por donde entra el público, por donde usted ha entrado, en la casa en donde antiguamente se hacían las autopsias y vivía el conserje. Hoy hace las veces de capilla o para guardar herramientas de jardinería y albañilería.
Ahora es cuando empezó a pensar en serio que Doña Carlota no estaba majara. Miró por encima de los tejadillos de los panteones. En el cielo azul de este estupendo día de Octubre tardío se dibujaban las siluetas de un par de edificios altos de ladrillo rojo.
- ¿Dejaron en el interior del panteón alguna pintada, un objeto...?
- No, que yo sepa. Eso ya tendrá que consultarlo con la policía. Pero el panteón no puedo abríselo, como usted comprenderá. Para ello necesita el permiso de la familia.
- O me vengo otro día con un cincel y una maza. - vio la cara de circunstancias del camposantero - ¡Es una broma, hombre, jeje!
- Ya, ya, supongo!

( Continuará )

viernes, 16 de octubre de 2015

( XII ) Un asesino más listo que el hambre.


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¡Albricias, el cheque se convirtió en dinerito contante y sonante, 500 eurillos que le arreglaban el cuerpo!, es un decir.
Hizo unos gastillos extras, videos porno, whisky y ropa, y se quitó el pufo muy gordo que tenía en la tienda de alimentación de su calle, "Comestibles Manuela", una tienda a la antigua, no de chinos. Fulgencio vivía en el antes castizo y ahora multicultural barrio de Lavapiés, en una pequeña buhardilla por cuya claraboya podía ver algo del cielo de Madrid, por las noches lo que le permitía la contaminación lumínica, y los aviones que desfilaban en el día de la "fiesta nacional"


Sindo 

Comió opiparamente en "Casa Sindo" de la calle Ave María, "los miercoles cocidito madrileño", y Don Sindo, que otrora fue cocinero en barcos mercantes, preparaba el mejor cocido madrileño de la villa y corte borbónica. Fulgencio se colocaba siempre en una mesa pequeña al lado de la cocina, puesto de cara a la televisión, de espaldas a los demás clientes y a la puerta de la calle, para no espantar a nadie.
Después se fue a disfrutar un rato bien largo a la sex shop de la calle de Atocha. Le gustaba horrores la treintañera rubia y tetona de una de las cabinas. Se hizo una paja a la salud de Doña Carlota, su mejor clienta, y de la estanquera tetuda de la calle Zurbano. "¿Cómo se llama?, ¡ah, sí, Tomasa!"


Nicolás

A Nicolás Fuentes, el enterrador del cementerio Virgen de la Cañada, aunque ya no se decía enterrador, se lo encontró mismamente en el panteón de los Galíndez de Osuna y Girón tras darse un garbeo por las calles del camposanto leyendo epitafios, viendo fotos de difuntos y comparando nichos de pobres y panteones de ricos, tumbas cuidadas y tumbas descuidadas. Recordó lo versos de Becquer y sintió un escalofrío: "¡Qué tristes, qué solos se quedan los muertos!"
Ya habían puesto una cerradura nueva y Nicolás estaba pintando el panteón por encargo de la familia. Un albañil había trabajado en el muro por el que se coló Mauricio Carrascales, la víctima, y el presunto asesino, hasta hacerle recuperar la altura. Era un muro de esos antiguos cuyas piedras ya flojean, por lo cual no le costo mucho esfuerzo al hampón "rebajarle" un buen cacho. 
Nicolás se llevó un susto al ver a aquel ser que se le acercaba. En un primer momento pensó que algún muerto había salido de su tumba.
- Tranquilícese, amigo, no soy un zombi. ¡Bonita mañana, eh!
- ¿Qué desea? - preguntó temerosamente el camposantero.
- Fulgencio Hermoso Gallardo, detective privado. - dijo mientras le extendía una tarjeta de visita. No daba la mano nunca porque se la rechazaban o la retiraban al instante con un gesto de temor. - Quería hacerle unas preguntas sobre el caso del asesinato del mendigo Mauricio Carrascales. ¿Podría ver primero el panteón?
- Lo tiene usted delante. "De su ojo", pensó.
- ¡Ah, caramba! - Se fijó en la inscripción grabada en marmol. Aparecía el nombre del patriarca fundador de la industria golosinera, Don Recaredo, de su señora esposa, Doña Luz Divina, y del hijo muerto, el del Ferrari, el que se cargó la industria golosinera, Roberto. Los antepasados de estos estaban en otro panteón de otro cementerio, pues Recaredo no se llevaba bien con sus padres y decidió descansar eternamente en otro lugar. Todo esto se lo contaría más adelante Doña Carlota.

( Continuará )

jueves, 15 de octubre de 2015

( XI ) Un asesino más listo que el hambre.


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Tomasa

"O es una zorra que se calla muchas cosas que sabe o esta chalada. Pero, coño, ojalá que todos los chalados me extendiesen un talón por 500 euros de buenas a primeras"
Mientras abandonaba el palacete, acompañado por el "mayordomo" Mario hasta la verja y seguido visualmente desde las ventanas por Doña Carlota y la "doncella" Mari, el detective Fulgencio Hermoso Gallardo ya sabía cual era su primer paso a dar en este caso tan extraño: comprobar si el talón tenía fondos.
"A primera vista da la impresión de que el caso solo está en la cabeza de Doña Carlota"
Caminó un rato en dirección a Génova, digeriendo en la matería gris que albergaba su voluminosa cabeza todos los detalles de la conversación con la señora del palacete. Se paró ante la puerta de un estanco. Necesitaba surtirse de tabaco.
"El segundo paso, en el caso de que el talón tenga fondos, será hablar con el responsable del cementerio. La verdad es que me gustaría que si hubiese caso. Con una clienta tan rumbosa como esta puedo resolver mi vida por una temporada"
Se cruzó en la puerta del estanco con un parroquiano que salía, un individuo cincuentón muy atildado y perfumado.
- ¡Adios, Tomasa, que sigas tan guapa!
- ¡Adios, cielo!
Saltaba a la vista que Tomasa era una coquetona. Posiblemente tendría muy revueltos a todos los viejales donjuanescos de la calle Zurbano, algunos también con palacete. Cincuentona con melena negra cortada a lo chico, mejillas cargadas de colorete y labios pintados de un rojo escandaloso; ojos castaños muy grandes y pechos como balones de fútbol ceñidos en un jersey rosa. Todo grande para una mujer pequeña, de la altura aproximada de Fulgencio, 1´49.
"Madre mía, qué superdomingas!"
- ¿Qué desea?
Se le había borrado automáticamente la sonrisa con la que había despedido al caballero galanteador.
"¡¿Qué es esto, santo cielo?!, ¡un monstruo!"
El advirtió su zozobra. Era lo más común todos los días con todo dios.
- Una cajetilla de ducados, por favor. Y no muerdo, no se preocupe, soy un monstruo pacífico.
- ¡Pues menos mal! - se le escapó a ella.
- Cada uno es como es, hija mía.
- Ya, ya, pero usted es de lo que no hay. Es que me acabo de llevar una impresión... ¡uf!
- Ya estoy acostumbrado, impresiono a todo el mundo, igualito que los galanes de Hollywood. 
Ella rió exageradamente, como ríen los adolescentes en el cine después de cagarse de miedo con una escena de terror.
Fulgencio se  giró para observar la colección de mecheros antiguos de gasolina expuestos en una vitrina y ella descubrió que también era jorobado. Y tuvo una "idea genial" Sacó de un cajoncito una participación de lotería navideña y, con su mejor sonrisa, le preguntó al monstruo:
- Me permite que se la frote en la chepa. Dicen que da buena suerte.
- Bueno, no deja de ser una superstición más, pero aguarde, a mi también se me ha ocurrido algo. 
Extrajo del bolsillo interior de la cazadora una participación, también de lotería de Navidad, y preguntó con fingida inocencia:
- ¿Me permite que se la frote en las tetas?
- ¡Grosero!
El caballero galanteador, que estaba vigilando desde la calle, pues se horrorizó al ver el tipo de ser humano que entraba en la tienda, respiró aliviado al ver que este ya se iba.
"¡Gracias, Dios mio, no se la ha comido!.

( Continuará )