
Nicolás
Se llamaba "Cementerio Municipal Virgen de La Cañada" en honor al barrio del mismo nombre. A principio de los años sesenta comenzarse a poblarse de gentes venidas de Extremadura, la mayoría de ellos de La Cañada, un pueblo en donde antiguamente se les había aparecido la Virgen a unos vecinos.
Nicolás Fuentes era el conserje del santo lugar, el sepulturero o enterrador, un cincuentañero delgadito y calvo, solterón perpetuo.
En esta mañana otoñal de cielo despejado y algo de frío, Nicolás se encontraba de un humor excelente, pero no sabía porqué. Simplemente se encontraba a gusto. Pero esta situación de dicha le iba a durar muy poquito. Se sorprendió al ver que la puerta del panteón de la familia Galíndez de Osuna y Girón estaba completamente abierta. Se acercó al panteón y entró. Lo que vio le revolvió el estómago. Retrocedió unos pasos y vomitó todo lo que había desayunado.
Fulgencio
Fulgencio Hermoso Gallardo jamás se lamentó por tener este nombre y apellidos, ni siquiera cuando era un niño en un mundo de niños crueles, niños ávidos de burlarse de las desgracias de otros niños y golpearles incluso. Su desgracia no era llamarse así, sino que acompañaba a su nombre un físico nada favorecido, pues Fulgencio juntaba en su persona varias cualidades que hubiesen hecho sonreír a Quevedo u otros sátiros creativos. Para empezar era bajito, demasiado bajito, 1`49, muy poca altura para un hombre. Sobre su espalda cargaba con una giba o chepa de lo más antiestética. Su cabeza era grande, la nariz chata, más bien redonda, como un tomatito o nariz de goma de payaso. Y completaban su apolínea imagen un ojo saltón de batracio y la ausencia del otro cubierta con un parche pirata. Esto último no era una negación de la Naturaleza, sino el efecto de una bala de goma disparada por la policía. El agente antidisturbios, según su testimonio, iba a disparar al aire, pero le empujaron sin querer unos compañeros que venían detrás. Era una manifestación no autorizada de estudiantes en la que no tenía nada que ver el detective, simplemente pasaba inoportunamente por allí.
El detective privado Hermoso Gallardo asumía esta relación entre sus apellidos y su físico con total sentido del humor. Solía decir que, de haberse llamado Juan Pérez o Antonio Rodriguez, se hubiese sentido siempre como una piltrafilla, pero que su verdadera personalidad se la daba el hecho de ser enano, cabezón, tuerto y jorobado y poder atender por Hermoso Gallardo.
Atendió al teléfono:
- Hermoso Gallardo, investigación privada, dígame.
- ¿Es usted el detective Hermoso Gallardo?
- ¡Se lo acabo de decir, coño!
( Continuará )

Mauricio
Mauricio estaba muy bien informado, enseguida descubrió el panteón. Allí iba a estar toda la noche protegido del frío y de cualquier inclemencia del tiempo, aunque de momento no se esperaban lluvias. A ratos se deslizaban algunas nubecillas sobre la cara de la luna llena, pero la noche prometía ser apacible, al menos en este aspecto.
Efectivamente, la cerradura que daba acceso al interior del panteón estaba rota y la puerta entreabierta. La empujó y chirrió un poco. Encendió su mechero durante un par de segundos para hacerse una idea del espacio que ocupaba. Suficiente, no necesitaba ver más y le era necesario el mechero para fumar antes de dormirse, que ya le quedaba poco gas. Introdujo la colchoneta y el edredón. Había visto unos nichos, quizá tres o cuatro. El panteón debía pertenecer a una familia adinerada, como todos los panteones.
"Qué bien", pensó, "voy a dormir acompañado, pero estos no roncan ni se tiran pedos como aquellos hijos de puta del albergue"
La única vez que estuvo en un albergue le sirvió como experiencia para no volver a repetir. Cada vez que surgía el tema, en alguna de esas raras ocasiones que compartía charla con otros vagabundos, acostumbraba a explicarse así:
"¿Dormir en un albergue yo?, ¡ni una más, Santo Tomás!"
Desenrolló la fina colchoneta y extendió sobre ella el edredón. Unos segundos después ya esta ba en "el sobre"
"¡Oh, esto sí que es vida!"
Se levantaría por la mañana con un ánimo estupendo, como casi todos los días, sin preocuparse nada más que de vivir. Dejó a su alcance la petaca con lo que quedaba de coñac, el mechero y un monedero de mujer que se había encontrado en un contenedor, en el que guardaba las colillas. Era su peculiar pitillera. Dió un traguito de coñac y se fumó una colilla casi tan grande como un pitillo. Y cuando acabó con la dosis de nicotina se entregó a una masturbación lenta, muy lenta, pensando en Rosa Mari, la borrachina cuarentañera que se la había chupado un par de veces. Y no llegó a eyacular porque se durmió antes, pero tuvo un sueño en el que se la seguía chupando Rosa Mari.
Allí dentro, completamente a oscuras, completamente dormido, no advirtió que alguien se dirigía al panteón. Su asesino. A la mañana siguiente ya no tendría que preocuparse ni de vivir.
( Continuará )


Mauricio
Mauricio no iba a pasar frío aquella noche y a la vez se iba a proteger de algún posible ataque de jovenzuelos energúmenos. Por su condición de mendigo recalcitrante ( jamás había aceptado ofertas de "reintegración social" ni quería saber nada de dormir en albergues ) no leía periódicos ni veía la tele, pero estaba enterado de que habían quemado a algunos mendigos en Madrid, de los que duermen al pie de los cajeros automáticos, y que habían dado palizas a otros, casi siempre en parques o callejones oscuros.
Le separaban dos kilómetros del lugar en el que iba a dormir en esta noche serena pero fresca. Mes de Octubre, Otoño, ya empezaba a refrescar en los Madriles.
Cargó con su colchoneta enrollada y el edredón que le había regalado un caballero caritativo, posiblemente uno de esos hombres de iglesia. Se sentía fuerte a sus 64 años de andanza por el mundo, fuerte y vigoroso a pesar del tabaco, del vino peleón y otros alcoholes que no le faltaban en su dieta diaria. Se sentía feliz por disponer de aquel edredón que le iba a distanciar del frío en esta noche otoñal, permitiéndole dormir a pierna suelta como los ricos, pues para Mauricio Carrascales la felicidad consistía en esas pequeñas comodidades y en que no le tocase los cojones ningún guardia u otro tipo de bichos humanos desagradables. El no se metia con nadie y exigía que no se metiesen con él. Era toda su filosofía de vida. Habían quedado atrás los tiempos de romperse el alma trabajando por un sueldo de mierda para que el banco no le quitase la casa. Le habían echado del trabajo, agente comercial , y le habían quitado la casa. Ahora era un mendigo, un parásito social en opinión de los soplapollas que trabajan por sueldos de mierda y ponen etiquetas a los demás. No le preocupaban los grandes problemas de la Humanidad. Sus únicas preocupaciones consistían en conseguir algunas monedas para el cartón de vino o un par de copas de coñac con las que llenar la petaca. Los comestibles se los regalaban las personas mayores piadosas y ocasionalmente algunas personas jóvenes. El café con leche, las galletas y las mantas solían llegar de la mano de los voluntarios si tenía la paciencia de esperar en alguno de los puntos del recorrido que hacían estos. Desde luego, esta noche no hacía al caso, pues se iba a distanciar mucho de la zona frecuentada por las almas caritativas. El tabaco lo pillaba en las puertas de los grandes almacenes, en donde los fumadores empedernidos se desprendían de sus cigarrillos antes de pasar al interior, y muchos de estos pitillos estaban recien empezados, pues desde el taxi hasta la entrada de El Corte Inglés, por ejemplo, sólo les daba tiempo a darle dos o tres caladas. Todos ellos vivían con prisas, Mauricio no. A Mauricio ya no le preocupan las prisas ni la suerte que hubiesen corrido su mujer y sus hijos.
Llegó a su nuevo hotel y enseguida dio con la parte del muro por donde podía trepar con facilidad. En esta parte no era mucha la altura y había varios huecos para ir poniendo las manos y los pies. Incluso para un preanciano como él estaba fácil la escalada. Pero primero lanzó a través del muro el edredón y la colchoneta. Finalmente trepó y descendió al otro lado con sumo cuidadito, que no le hacía ninguna gracia romperse una pierna, pues eso significaría pasar por las manos de unos impertinentes doctores y enfermeras que lo primero que harían sería meterle en agua y enjabonarle. ¡Dios, qué horror!
A unos cien metros, siguiendo perimetralmente el muro, se hallaba la puerta de acceso al sagrado recinto, una colosal puerta de hierro con varios candados gordos, la cual ni Mauricio ni nadie podía utilizar a esas horas. Un letrero muy grande anunciaba el nombre del lugar:
"CEMENTERIO MUN ICIPAL VIRGEN DE LA CAÑADA"
( Continuará )


Mañana lunes comienza el culebrón blogueril...
"Un asesino más listo que el hambre"
Disfruten con las peripecias del detective privado...
Fulgencio Hermoso Gallardo.
¡Que ustedes lo pasen requetebien"
( Un episodio diario )


- ¡Si es que mi padre ha sido un puto cabrón toda su puta vida!
- Todos sabemos que tu padre no era trigo limpio, Venancio, pero ahora debes contenerte porque está de cuerpo presente.
- ¡Joder, tía, que llevaba ya tres semanas de si me muero, si no me muero... y le da por morirse precisamente hoy, ¡joder, hoy!, y van a empezar a llegar dentro de poco todos los hijos de puta de mis hermanos, todas esas víboras que están como locos por saber qué tajada pillan de la herencia, y dentro de diez minutos comienza el Real Madrid-Barça, ¡la final de la Copa de Europa! ¡Me cago en mi padre y me cago en todos mis putos hermanos, cagüen la hostia puta!
- Contrólate, Venancio, ¡contrólate, por Dios!, ¡piensa en la herencia, cariño!, no es tan grave sacrificar un partido.
- ¡¿Que no es tan grave sacrificar un Madrid-Barça de final de la Copa de Europa?!... ¡¿Pero tú sabes lo que estás diciendo, Matilde?! - Y miró hacia el difunto mientras a él le miraban atónitos los empleados de la agencia fúnebre que recién llegaban con el féretro, los cirios y el hábito de humilde franciscano con el que debían amortajar a Don Cristino Guarrañón, ilustre notario madrileño - ¡Estarás contento, hijo de puta, no pudiste morirte ayer, ha tenido que ser hoy, claro!
Matilde siempre tenía ideas, y si el matrimonio no había naufragado era por el buen talante de ella.
- Mira, Venancio, todo tiene arreglo, te encierras en nuestro dormitorio y ves ahí el partido. Yo les diré a tus hermanos que no te encontrabas bien y el médico te ha recomendado reposo.
- ¿Y tú crees que mis hermanos van a tragárselo?
- Allá ellos. Mira, y así evitamos también que tengas un enfrentamiento, no sea que te lies a mamporros con Epifanio, como pasó en el día de la primera comunión de Lourditas. La asistenta y yo nos entendemos con toda la jauría.
- ¡Mati, eres un cielo!, ¡te adoro!, ¡te adoro!
- Venga, venga, menos coba. Eso sí, esta noche no me pidas juerga, que voy a terminar muy cansada. Te apañas con el fútbol.
- Por supuesto, nada de sexo, estamos de luto, ¡jaja!
Pero sucedió lo inesperado. Venancio Guarrañón se quedó sin ver el partido, al igual que un montón de millones de espectadores en todo el mundo. Mejor dicho, vieron 3`55 minutos de electrizante juego.
El encuentro comenzó con una tensión absoluta. Una internada de Cristiano Ronaldo por la banda derecha le permitió disparar contra la portería blaugrana a los 45 segundos de iniciado el encuentro. El cañonazo impactó en el poste derecho y se oyó un "¡uyyy"! colectivo que brotó de muchísimas gargantas en el estadio y de muchísimos millones de espectadores en sus hogares, bares y cafeterías.
Venancio tuvo que reprimirse para que no le oyesen sus hermanos. El era del Real Madrid desde pequeño, por llevarle la contraria al hombre que ahora yacía en un ataud, ajeno a las frivolidades mundanas, culé hasta la médula. Los trabajadores de la funeraria ya le habían amortajado e instalado en su último monovolumen. Algunos de los hermanos ya rondaban por el salón en torno a su procreador. Varios eran los que no le miraban, les seguía dando miedo.
En el minuto 2`10 fue Messi , quien recibiendo una pelota servida por Piqué, la lanzó contra la portería merengue, pero con tan mala fortuna que pasó a un centímetro por encima del larguero. El clamor fue otra vez inmenso.
Y en el minuto 3`55 vino lo realmente inesperado. Tres yihadistas estratégicamente situados a pocos metros del palco de autoridades ( "un fallo imperdonable de la policía" se comentaríia después ) lanzaron sendas bombas que provocaron explosiones bestiales, ensordecedoras, seguidas de fuego, humo, cascadas de sangre y trozos de cuerpos humanos. Murieron en el acto el rey de España, Felipe VI, la reina Letizia, el presidente Hollande y su pareja ( por ser Francia el país anfitrión ) las máximas autoridades deportivas europeas y sus señoras, así como diversas autoridades parisinas, hasta sumar la cifra estremecedora de 64 muertes.
Venancio enmudeció de la impresión, lo mismo que sus hermanos, los cuales seguían el encuentro por los móviles y las tabletas.
Cuando se recuperó del shock, y viendo que el partido había sido suspendido, ( ¡no era para menos! ) exclamó cabreadísimo:
- ¡Pero que hijo de puta y que gafe eres, papá!

Pidió una copa de Esplendido Garvey y se la bebió en un trago. Pidió otra y se la bebió más despacio, en dos tragos. El bar estaba en el vestíbulo del cine.
Pagó las copas y entró en la sala. Sesión continua, dos películas, pero no le importaban nada. Había entrado porque hacía frío en la calle. Sabía que era un cine de maricones y que las autoridades se mostraban permisivas, aunque hacían redadas de vez en cuando. Tampoco le importaba mucho porque él también era maricón.
Se decía maricón, solo unos pocos cultos decían homosexual, y lo de "gai" todavía no había llegado a España.
La persona que ocupa la butaca de su derecha le arrimó el muslo y, como él no lo rechazó, frotó un poco. Muslo contra muslo, inicio de una breve relación homosexual en la España de los sesenta. Cines y urinarios por el día. Parques y callejones por la noche.
Pensó que no hacía bien estando en el cine, que su amigo tenía un serio problema y él había entrado allí a divertirse. No, la verdad es que no había entrado a divertirse, hacía mucho frío, era Noviembre, y le habían despedido con cajas destempladas de la DGS. El solo había preguntado por su amigo. Le habían detendo la noche anterior. No por homosexual, por comunista.
No se sentía cómodo. El hombre de la butaca de su derecha le había puesto la mano sobre la bragueta y ahora intentaba descorrerle la cremallera, pero su sexo no se excitaba.
"Lo siento, no puedo", le dijo.
Y se levantó de la butaca. Sentía angustia por la suerte que pudiese estar corriendo su amigo. Nadie corría buena suerte en la DGS, la terrible Dirección General de Seguridad.
A un lado de la calle Carretas, el cine Carretas, "el de los maricones" Al otro lado la DGS de los "grises" A muy pocos metros la Puerta del Sol.
- ¡Circulen, no se pare nadie, coño!
Aún no le habían tapado con una manta. ¡Era él, su amigo!... Le reconoció al instante.
- Usted, ¿qué coño mira?, ¡circule!
Le habían "suicidado" No era el primero al que "suicidaban" arrojándole desde una ventana de la DGS. Posiblemente el "suicidador" fuese "Billy El Niño", torturador número uno. Un sicópata. Hoy en día es un anciano que no ha pagado por lo que hizo.
Se libraron los amos y sus sicarios.

De recién nacida les pareció feísima.
"Bueno, muchos bebés son feos, pero luego mejora su aspecto"
Así se consolaba el matrimonio y así les consolaron sus familiares y amigos.
Pero Susana no mejoró. Peor aún, con cinco, seis y siete añitos ya se fue viendo que decirle "feucha" era ser muy piadosos con ella, porque la verdad es que era muy fea.
Pero a la vez destacaron otras cualidades en ella, quizá por eso de que la Naturaleza compensa lo malo con lo bueno: era inteligentísima y gozaba de un gran sentido del humor. Incluso se tomaba a pitorreo su fealdad. No faltaban en su boca frasecillas tópicas como "la suerte de la fea la guapa la desea"
Sin embargo, llegaron su adolescencia y pos adolescencia y no resultó ser una chica suertuda, no le salieron pretendientes, ni siquiera gozó de esas primeras relaciones de iniciación sexual, los primeros tocamientos nocturnos en los que las parejas se pierden por los pinares o en la oscuridad de las salas de cine. Y eso que Susana había aprendido a arreglarse y compensaba y disimulaba en parte su fealdad.
Al cumplir los dieciocho la dio por viajar todos los domingos a Madrid, que estaba solo a treinta kilómetros del pueblo. Decía en casa que visitaba a amigas del colegio que ahora vivían en la capital y que iba con ellas a discotecas o a conciertos.
Nada de eso, Susana tenía un secreto.
Cierta noche regresó a su casa muy triste. Su madre la sorprendió llorando.
"No pasa nada, mamá, quiero estar sola, déjame"
Esa noche Carmen acudió a la habitación de su hija con la disculpa de preguntarle si quería un vaso de leche. Volvió a encontrarla llorando.
"¿No me quieres decir qué te pasa?... Es bueno desahogarse con alguien, Susana"
Se metió en la cama con ella como cuando era una niña y se hacían confidencias. Para su sorpresa, Susana no la rehuyó. Todo lo contrario, se abrazó a ella y la besó apasionadamente. La besó incluso en la boca.
Era un verano muy tórrido y ambas estaban casi desnudas.
Susana besó los pechos de su madre y luego la acarició el sexo. Carmen se dejó hacer, sorprendida a sí misma de que estaba disfrutando con ello. ¡Su primera relación lésbica... y con su propia hija! Lesbianismo e incesto al mismo tiempo. Pero en ese momento ninguna de las dos cosas le pareció mala.
Al terminar guardaron un largo silencio. Lo rompió Carmen para preguntar:
- Has perdido a alguien, ¿verdad?
- Sí, a mi novia Laura, la única persona a la que he querido con toda mi alma.
Un cáncer se había llevado a la gran amiga de su vida. Susana sollozó nuevamente y su madre la acarició los cabellos, humedeciendo la lengua con aquellas lágrimas de profunda desolación.
Deseó con todo su corazón que su hija volviese a ser feliz.