viernes, 24 de julio de 2015

( Episodio 11 ) Muertos de novela.





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Con retraso se percató de que el autor de la llamada "misteriosa" no podía ser otro que el ladrón de su novela. El "marcapáginas" que había utilizado era un simple papelillo en donde había anotado su número nuevo de móvil.
"Pero ¿por qué me ha llamado?... y ¿por qué no ha querido hablar?... Me roba un libro y luego me telefonea... ¿para pedirme un rescate?, ¡joder, es absurdo!... ¿Se ha cortado porque no entiende el español?; ¿Se ha llevado una sorpresa al escuchar mi voz en un idioma desconocido? Pero, joder, tenía que suponer que el lector de un libro en español habla español. Bueno, me estoy haciendo un lío, también hay ingleses que hablan más o menos en español"
Mientras David Andrés elucubraba sobre las motivaciones del ladrón de la novela, Mister Thomas se dedicaba a traducir del inglés al español un mensaje de texto para enviárselo al dueño del libro robado. El mensaje, salvando las incorrecciones del translator de google, quedo más o menos así:
"Perdone usted, soy un hombre muy mayor y he cometido un error. Me llevé su libro para regalárselo a mi nieto Paul, que estudia su hermosa lengua. Sé que he hecho mal y estoy dispuesto a devolverle el libro, bastará con que usted me de una dirección postal o me diga en donde le puedo ver por si también le place partirme la cara. Me lo merezco. Pero deberá esperar unos días porque mi nieto Paul se ha entusiasmado con el relato y quiere terminarlo. Perdone la enorme molestia que le estoy causando. Le saluda... Thomas Altrincham"
Un rato después su destinatario leía el mensaje de texto.
"¡Joder con el "hombre muy mayor"!, no es más que un puto tocacojones que ahora va de honorable gentleman arrepentido. ¡Menudo capullo! Tendría que citarme con él, obligarle a que me llevase hasta donde se encuentra su nieto y arrancarle a este el libro de las manos, y darle un par de hostias de regalo. Pero me puedo meter en un follón. Me jodería tener que dar explicaciones en una comisaría con un intérprete por medio.
Dejó la novelilla del Oeste en la Mesilla de noche, donde le gustaba tenerla a Claudio, y le dio por curiosear en los cajones del armario, un respetable armario que ocupaba casi toda la habitación. Nada especial, ropa desordenada, zapatos y sandalias, cacharrillos diversos: linternas, bolígrafos, grapas, frascos de colonia vacíos, un bote grande de mermelada lleno de peniques, más novelillas del Oeste, carpetas, papeles... En el cajón de abajo había trapos y calzoncillos sucios.
"Qué guarro!, por qué no ha echado esto al cesto de la ropa sucia?"
Reparó en un cofrecillo de esos que venden en las tiendas de chinos o en el top manta. Le llamó la atención que estuviese cerrado con llave.
"Ah, claro, ahora entiendo lo de la ropa sucia, es para disuadirme de meter mano para que no de con el cofre porque el muy jodido esconde aquí el dinero. No se gasta una puta libra y esta es su "caja fuerte" Debe tener aquí todo lo que ha ahorrado desde que vive en Manchester, dos años ya. Pues me viene de puta madre para darme el piro a España y perderme en algún lugar muy alejado de Madrid. Pero la llave de esto es muy pequeña, hostias, ¿en dónde coño la guardará?... Nada, rompo el cofre y santas pascuas.
Luego pensó que si encontraba la llave, podría dejar el cofre en su sitio, como se lo había encontrado, y a lo mejor Claudio no se percataba del robo en varios días, y si la suma era muy grande podría dejarle algo para que la putada fuese menor. Eso haría, buscar la llave. Pero en otro momento porque Claudio estaría a punto de llegar. Había ido esa tarde a ver un espectáculo de flamenco en el Instituto Cervantes de Deansgate Street.
Recolocó los calzoncillos sucios procurando tocarlos lo menos posible y con un gesto de asco que afeaba aún más su careto de tío feo.
"La puta que lo parió, este menda no se cambia de calzoncillos en un mes por lo menos!


( Continuará, queridos lectores blogueriles )

jueves, 23 de julio de 2015

( Episodio 10 ) Muertos de novela


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Pensó en no leer el email, pero lo leyó: "Sé que estás en Manchester, cabrón. ¡Bien que me la has jugado, bien!... Pues voy a ir a buscarte a Manchester para aplastarte la cabeza si no me devuelves mi dinero"
Alucinadísimo quedó David Andrés Ascaso Durruti, el de los gloriosos apellidos.
"¿Pero cómo es posible que este hijo de puta se haya enterado de dónde estoy?!... ¡Jodeeer, es imposible!"


Unas horas antes en un bar de Madrid

Sábado noche y el ambientazo acostumbrado en el barrio de Malasaña. Pepi se acerca con unos amigos a la terraza del bar La Pera Limonera.
- Un momento, chicos, que voy a acercarme a aquella mesa a saludar a un amigo.
La buena vista de Pepi no la engañó, era Desiderio, un viejo conocido del barrio, de su querido Carabanchel Bajo. Era mucho mayor que ella, pero de ese tipo de individuos que no envejecen cuando se trata de tomar copas por las noches.
- ¡Coño, Pepi, cuánto tiempo!
- ¡Ya me dirás, no había nacido Fidel Castro, ja,ja,ja,ja!... Pues ya lo ves, te he visto y me he dicho "voy a saludar al Desi", je, je! Estoy ahí con la panda.
- ¿Sigues de currela en el aeropuerto?
- Bueno, currela... si se le puede llamar currelar a lo mio, porque me tiro un montón de horas aburrida en la tiendilla. Ya lo sabes: souvenirs, postales, revistas, best sellers... Ah, por cierto, ahora que me recuerdas la tienda, me encontré con tu amigo ese el larguirucho, el de la narizota, ¿cómo se llama?
- David Andrés, ¡¿has visto a ese hijo de puta?!... Me debe 800 euros y ha desaparecido.
- ¡Hostias, tío!, pues se ha pirado a Manchester.
- ¡No jodas!
- Vamos, lo tengo clarísimo, me compró una novela policiaca y se empeñó en contarme que se iba a Granada a cuidar de una tía o no sé qué. Fíjate, a Granada, y estábamos hablando en mi tiendilla, que está en el área de embarque de salidas internacionales. Total, que me mordió la curiosidad. Le dije a una amiga de la tienda de al lado que le echase un vistazo a mi tienda y le seguí a discreta distancia para ver cual era su destino. Ya ves tú, yo jugando a detective, ¡je, je! Aceleró el paso cuando llamaron por megafonía a los viajeros con destino a Manchester, y diez minutos después desapareció por la puerta que daba al túnel que comunica directamente con el avión. Ya lo ves, tomó la dirección contraria a Granada, ¡ja,ja!
- Es un hijo de puta.


Manchester, David Andrés.

David Andrés ya había memorizado la frase maldita: "Voy a ir a buscarte a Manchester para aplastarte la cabeza si no me devuelves mi dinero"
Eliminó el email y todos los de él que había recibido anteriormente.
"Es un fantasma, ¡qué cojones va a venir! Si en realidad pensase venir no me lo avisaba.
Buscó algo que hiciese de bookmarker, marcapáginas, para señalizar la página por donde iba de la novelilla del Oeste que le había dejado Claudio, y en este preciso instante cayó en la cuenta.
"¡Joder, cómo coño no me he pispado antes?!

( Continuará y se enredarán mucho las cosas )

miércoles, 22 de julio de 2015

La playa de mamá

Para el concurso de relatos veraniegos de El Periódico del Prat.


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España, años 50


Alicia y Carmela eran gemelas y huérfanas. Su madre había muerto dos años antes, cuando ellas tenían tan solo cinco añitos. Vivían en un pueblecito pequeño de la muy ancha y deprimida Castilla, condenadamente fría en invierno y seca y ardiente en verano.
Todos los veranos recordaban la playa de mamá echando agua en un pequeño hoyo que ellas habían cavado con sus tiernas manitas. Su abuela no les dejaba que echasen mucha agua al hoyo, pues el agua era tan escasa como el dinero en aquella época de pertinaz sequía y atroz posguerra. Y pasaban hambre. Pero si su abuela se mostraba generosa un día y les permitía llenar el hoyo con el cubo de agua, ellas se sentían muy felices recordando la playa. Imaginaban que el hoyo con su agüita era una hermosa playa del Mediterráneo, porque su mamá había conocido la playa y les había hablado mucho de ella, de lo grande que era y de lo grande que era el mar que la bañaba, y de que el sol era muy querido por las gentes que iban a la playa, lo contrario que ocurría en esta Castilla de sol furioso que se negaba a que la lluvia mojase los árboles y los campos.
Mamá murió de cáncer y se llevó con ella los bonitos relatos que les contaba de la playa y de la gente playera. Pero Alicia y Carmela continuaron todos los veranos, a sus siete, ocho, nueve, diez años, recordando la playa de mamá. ¿Ellas conocerían alguna vez la playa?... Posiblemente no porque en aquella Castilla pobre y seca sólo viajaban a la playa los ricos: los señores terratenientes y sus hijos los señoritos. Tampoco Carmela llegaría a conocer la playa porque se la llevó al Cielo el maldito tifus. Ya existía una vacuna desde después de la segunda guerra mundial, pero España era España y, en cierto modo, sigue siendo España.
Alicia continuó en los siguientes veranos llenando el hoyo con el agua del pozo, cada vez que se lo permitía su abuela, y muchas veces lloraba al pensar que Carmela ya no iba a conocer la playa, la playa de mamá, la de verdad, no esta que la representaba.




España, años 60


El destino quiso que Alicia conociese la playa. Era otra época, la gente empezaba a viajar. Algunos pobres menos pobres ya viajaban. Alicia y su marido viajaron de luna de miel en su recién estrenado seat 600. Tortuosas carreteras les condujeron hasta una playa del Mediterráneo. Alicia le pidió a Antonio que la dejase sola. Él ya sabía que ella quería reunirse espiritualmente con su madre y su hermana durante al menos una hora, se lo había comentado más de una vez mientras fueron novios. 
Se fue acercando a la orilla, hasta donde el mar permitía que las olas formasen sus últimas espumas. Se postró de rodillas en la tibia arena y miró al cielo.
"¡Mamá, Carmela, esta es nuestra playa!... Por fin estamos las tres juntas porque sé que vosotras estais aquí conmigo. Carmela, mírala bien, mira la arena, mira el agua. ¡Es nuestra playa!... ¡Es la playa de mamá, Carmela!... ¡Es la playa de mamá!
Después lloró en silencio durante mucho tiempo. Ellas estaban allí y acariciaban sus cabellos con el viento. Y la besaban. Alicia sintió los besos de Carmela y de mamá. Alicia sintió todo el amor que su madre y su hermana le daban desde el Infinito. Y sonrió porque vio sus rostros en el cielo rojo del atardecer. Y oyó la voz de Carmela.
"¡Es la playa de mamá, Alicia!"

martes, 21 de julio de 2015

( Episodio 9 ) Muertos de novela.





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Thomas Altrincham no se perdonaba ahora el hecho de haber cometido una imbecilidad infantilesca. Su conducta había sido como la del niño que saquea la nevera cuando no le ven sus padres, pero con el agravante de haber robado a un extraño. Aunque se tratase solo de un libro, aquello fue un robo. El no se consideraba un ladrón y ahora sufría.
Mister Thomas tenía ya 75 años y, de vez en cuando, le daban chocheces. Al ver aquel libro sobre el asiento del tren y descubrir que estaba escrito en español, no se le ocurrió otra cosa que afanarlo para regalárselo a su nieto Paul que estaba estudiando la lengua de Cervantes.


Los siguientes días fueron durillos en el trabajo de mudanzas por el que David Andrés había sustituido su currelo menos duro, pero no menos agobiante, de camarero. En realidad prefería esto de ahora. Cargar y descargar camiones era menos jodedor que aguantar con una bandeja en la mano a clientes estúpidos y tragar con esa consigna permanente: "el hijo de puta del cliente siempre tiene la razón"
En David Andrés se había producido una evolución distinta a la de la mayoría de los colegas de su oficio. Estos se mosqueaban enseguida por culpa de la falta de educación, insolencia o alcoholismo faltón de un amplio sector de la clientela, pero con los años se endurecían, volviéndose pasotas o simplemente indiferentes, y si se consideraban duros no les faltaban ocasiones para poner a un cliente de patitas en la calle. David Andrés, sin embargo, nunca llegó a acostumbrarse. Después de casi treinta y cinco años en la hostelería, casi siempre en bares y cafeterías de barrios pobres o ciudades dormitorio, a excepción de sus incursiones en la Costa Brava y en la Costa del Sol, estaba hasta los mismísimos cataplines del oficio. Pensaba ahorrar un dinero para volver a España, pero a algún sitio lejos de Madrid, en donde no le conociese nadie, y trabajar en otro oficio, en "otra cosa" como él decía, porque oficio, lo que se dice oficio, solo tenía el de camareta. Lo de ahora era una mierda, pero le valía para no enfrentarse a odiosos clientes, era un respiro para él, aunque había días jodidos, como los presentes, que se había amontonado el trabajo y les había tocado tres portes muy cabrones, especialmente el traslado de unos armarios enormes de una casa guarra, olía fatal, y sobre todo bajarlos por una puta escalera muy estrecha.
Consultó su correo electrónico como casi todas las noches. Claudio le dejaba usar un rato el laptop, ordenador portátil, y rara era la noche que no se encontraba en la bandeja de entrada de yahoo un email furioso de su ex amigo el acreedor. Desiderio, que así se llamaba el puteado, insistía en cobrar los 800 euros que le había prestado al muy jeta, y el muy jeta tenía pensado abrir una nueva cuenta de email, pero luego le daba pereza. Pensó en no leer el email porque todos decían lo mismo, que "¿en dónde coño te has metido?" y que "necesito imperiosamente cobrar la deuda" El primer día que leyó "imperiosamente" se acordó del difunto Imperioso, el emblemático caballo del difunto Jesús Gil, tan emblemático en aquellos años como el tigre "Currupipi" del torero Jesulín de Ubrique, otro fenómeno social. Pensó en no leer el email, pero se fijó en lo que ponía en la primera línea y lo leyó: "Sé que estás en Manchester, cabrón. ¡Bien que me la has jugado, bien!... Pues voy a ir a buscarte a Manchester para aplastarte la cabeza si no me devuelves mi dinero"
Alucinadísimo quedó David Andrés Ascaso Durruti, el de los gloriosos apellidos.
"Pero cómo es posible que este hijo de puta se haya enterado de dónde estoy?!... Jodeeer, es imposible!"
Pues no lo era, amigos lectores.


( Continuará para satisfacción general )

lunes, 20 de julio de 2015

( Episodio 8 ) Muertos de novela





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Thomas Altrincham debería haber pensado que al otro lado del teléfono oiría una voz española, dado que el libro estaba editado en esa lengua, e incluso debería haber elucubrado con la posibilidad de que el dueño del libro no supiese expresarse bien en inglés o no tuviese ni zorra idea del idioma. Se quedó cortado cuando le respondió una voz que identificó al momento como Spanish ( así, con mayúscula, que es como escriben los ingleses los diferentes idiomas ) Había muchos españoles e italianos en Liverpool, y no le era difícil identificarlos por el habla, aunque no pudiese entenderse con ellos, al menos con una cierta fluidez. A su nieto Paul también le había escuchado algunas veces, cuando practicaba en voz alta en casa.
David Andrés se comió el coco pensando en quién más podía tener su teléfono aparte de Claudio. No lo había puesto en ninguna application form, solicitud de trabajo, en el escaso tiempo que transcurrió hasta que le dieron la buena nueva los de la empresa de mudanzas Albion Transports. En cada application form daba solo el email, pues si le hubiesen telefoneado no habría entendido ni torta.
Total, su domingo de relax en Liverpool se chafó por la lluvia y le dejó con un mosqueo enorme por el libro robado y la llamada misteriosa.
"Bueno", pensó, "la llamada quizá no sea para mosquearse, a lo mejor simplemente se ha tratado de un capullo que se ha equivocado de número.

( Pues no, no se habían equivocado. Continuará )

domingo, 19 de julio de 2015

( Episodio 7 ) Muertos de novela.





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Observaba uno a uno a los viajeros que avanzaban por el andén 4 en dirección a la salida de la estación de Liverpool Line. Ninguno llevaba un libro en la mano, ¡el libro!, su preciadísima novela. En realidad era absurda la pretensión de pillar al ladrón con el libro en la mano,  pretensión propia del calentón del momento. Las mujeres llevaban bolsos y raro era el que no utilizaba una riñonera, un macuto, una mochila o remolcaba una maleta de ruedines. En algún pequeño compartimento de aquellos artefactos de viaje se iba alejando su adorado libro y con él el hijo de puta ( o "la" ) que se lo había robado.
Por un momento dejó volar la imaginación en su vertiente más fantástica. Extrajo del bolsillo su pistola semi-automática Glock y obligó, uno a uno, a los viajeros a que abriesen sus maletas, bolsos, riñoneras, etc. Pero no tuvo éxito. Posiblemente el ladrón había huído atravesando las vías hacia otras salidas. De pronto lo vio, era él, aquel tipo de aspecto oriental que vestía una camiseta del Manchester United y corría desesperadamente con "18 asesinatos en el tren de Mataró" en la mano. Inició la persecución del maldito delincuente por las laberínticas instalaciones de la estación. Disparó repetidas veces, pero dejó de hacerlo cuando una de las balas destruyó el balloon de un niño, el globo. Temió matar a algún inocente, contando que existiesen seres inocentes aparte de la Infanta Cristina. Hoy ni siquiera los niños son inocentes. Y el ladrón aprovechó la cobertura para escurrirse. Desapareció de su vista. Volvió a la realidad al chocar contra una señora gorda que arrastraba una maleta tan gorda como ella y un diminuto perro chihuahua.
- Sorry!
La señora le lanzó una mirada iracunda y una frase en inglés que no entendió ni falta que le hacía, pero que sonaba algo así como "gilipollas de mierda!", "fucking asshole!"
Paseó por las concurridas calles de la zona peatonal, turística y comercial de Liverpool, bajo la alta torre de Radio City, observando el artisteo callejero y flanqueado por las shops de todas las firmas comerciales habidas y por haber y los quioscos de hot dogs, ice cream, parafernalia de los clubs de fútbol y chucherías diversas.
El cielo se nubló y, en pocos minutos, descargó la anunciada tormenta, justo cuando introducía una moneda de veinte peniques en el torniquete de una toilet pública. Ahora las meaditas ya no le salían gratis como en el tren, a no ser que entrase en cualquiera de los dos museos del puerto turístico, el Museo del Mar y el Museo de Liverpool. Pero la tormenta hacía que los dos cercanos museos estuviesen lejanos.
Cuando concluyó la micción sonó su móvil.
"Coño, quién me llama a mi en esta tierra?"
Claudio no podia ser, no le llamaba nunca, se veían siempre en casa.`
- ¡Dígame!... ¡Diga!... ¡Oiga, quién es?!
Nadie le respondió. Unos segundos después, el autor de la llamada cerraba la comunicación.
"¡Pues qué cosa más rara! Vaya día, me roban el libro y recibo una llamada misteriosa.

( Este es solo el principio de una intriga que irá in crescendo, queridos lectores )

sábado, 18 de julio de 2015

( Episodio 6 ) Muertos de novela





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David Andrés buscaba siempre su acomodo en los trenes en un asiento próximo a la toilet, el aseo, pues su endemoniada prostatitis le obligaba a mear cada dos por tres, y los señores urólogos no se decidían a operarle porque confiaban en la pastillas. "A ver qué pasa con las pastillas" Ya tenía su "National Insurance Number" y le correspondía el medical centre de Pendleton Gateway, pero la operación debía esperar, de momento tocaba conformarse con la medicación de marras.
Se levantó de su asiento de ventanilla - le gustaba contemplar las grandes praderas y las casas dúplex perfectamente alineadas de las pequeñas ciudades - y entró en el aseo, a solo dos metros de su asiento. Antes dejó sobre el asiento el libro y las reading glasses, sus gafas indispensables para poder sumergirse en los mundos de ficción de las novelas. El hecho de dejar en el asiento estos objetos era una clara advertencia a otros viajeros de que esa plaza ya estaba ocupada, pues aún se movían por el tren personas que habían subido en la estación de Warrington.
Orinó y se quedó a gustito para unos cuarenta minutos o una hora más. Se dirigió a su asiento y se quedó estupefacto al descubrir que había desaparecido el libro. Era su asiento, no cabía ninguna duda, y allí seguían sus gafas de cerca.
"¡Pero quién puede ser tan hijo de puta para robar un libro en un tren!"
Era como si le hubiesen quitado parte de su vida. No le importaban los 20 euros que le había costado, sino el hecho de perderse el final. Aquel final era tan necesario para él como respirar o desayunar.
"¡Joder!, ¡Joder!, ¡Joder!"
En dónde encontraba en Manchester una novela en español, y precisamente esa novela? Y, desde luego, no tenía a nadie en España a quien pudiese pedirle que se la comprase y se la enviase. Aún ignoraba que en la "library" de la city, la biblioteca, había un estante largo con novedades editoriales en español, e igualmente en el Instituto Cervantes. En la library abundaban las novelas negras.
Corrió hasta la punta del tren para salir al andén el primero.
"Como pille al hijo de puta...!"


( Continuará, amigos lectores )