
Era el sueño más maravilloso de su vida hecho realidad. José David veía caer la nieve desde la ventana de su habitación. Nunca había visto nevar, tan solo en el cine y en la television. Siempre quiso viajar a un lugar en donde nevase, pero nunca se dieron las circunstancias propicias para que sus padres le llevasen. Y ahora nevaba ante su casa, ante sus propios ojos que transmitían toda la emoción de su espíritu. Nevaba copiosamente. La nieve había cuajado. Toda la Gran Vía Escultor Salzillo de Murcia era un inmenso manto blanco. Y no dejaba de nevar!... Qué maravilla!
La vida terrenal de José David se había extinguido hacía muy pocos minutos. Sus padres y hermanos lloraban ante la cama en donde yacía su pequeño de doce añitos.
El cáncer se lo llevó. Un día antes, sus padres le sacaron del hospital Virgen de la Arrixaca para que muriese en casa. La desolación de la familia era enorme, pero José David estaba pletórico de felicidad, contemplaba la nieve. Por fin la nieve!
Para sus seres queridos y el resto de los murcianos era un caluroso día de Julio de 2.010 y los termómetros marcaban 50 grados.
José David se dirigió a su padre.
- Papá, me dejas bajar a la calle a hacer un muñeco de nieve?
Habló su madre.
- Abrígate mucho y que te acompañe tu hermana Santa.
Su Hermana Fuensanta era mayor que él y muy juiciosa. Ambos bajaron a la calle y se mezclaron con la algarabía de niños que contemplaban aquel fenómeno tan especial para Murcia.
Fuensanta estaba hecha un mar de lágrimas y no veía la nieve. Veía el cuerpo sin vida de su hermano al que su madre acababa de cerrar los ojos.
José David estaba en otra dimension, tan distante como próximo a sus seres queridos.


1.945 en un pueblecito burgalés.
A sus 77 años le suponía un esfuerzo enorme subir la escalera de caracol del antiguo púlpito del siglo XVII. Pero el padre Tobías era muy terco, no aceptaba los consejos de los fieles indicándole que diese el sermón desde abajo. Era muy terco y muy orgulloso. Eran los fieles los que debían estar abajo y él arriba. Los fieles y los descreídos porque le constaba que muchos hombres acudían a los oficios religiosos arrastrados por sus piadosas mujeres o atemorizados por la empatía del Glorioso Movimiento Nacional y la Santa Madre Iglesia Católica. En un pequeño pueblo castellano, como era aquel, se sabía muy bien quién iba a misa y quién no.
El viejo párroco, Don Tobias Coscojuela Majorete, "escaló" los 27 peldaños del púlpito como un esforzado alpinista que trepa a lo alto del Naranjo de Bulnes, y durante un largo rato resopló mientras sentía el golpeteo de su acelerado y pachucho corazón. Finalmente se recuperó y lanzó uno de sus acostumbrados sermones en los que ponía a caer de un burro a todos los pecadores contra el sexto mandamiento y a los que acudían a la iglesia sin el debido fervor.
"Las llamas del infierno están esperando a los pecadores, no lo olvideis, y Dios os puede llamar en cualquier momento. Y qué ocurre si la muerte os sorprende en pecado mortal?... Eh?... Qué ocurre si morís en pecado?!... Oh!, Oh!, Oh!"
( Carmelín, el tonto del pueblo, imitaba muy bien los "Oh!, Oh!, Oh!" de Don Tobias, y los "descreídos" se partían de risa en la taberna )
Terminó el sermón, que como siempre se les hizo eterno a los congregados, e inició fatigosamente el descenso del púlpito, y ya se sabe que en el alpinismo el descenso es tan arriesgado como el ascenso.
Don Tobias tuvo la mala fortuna de pisarse la larga sotana, perdiendo el equilibrio y dándose un fuerte golpe en la cabeza. Murió al instante. Descanse en paz. ( Seguro que sí descansa pacíficamente porque no pecaba contra el sexto mandamiento )
( Esta historietilla está inspirada en lo que averigüé mientras escuchaba la conversación de dos mujeres siendo niño: El cura del pueblo de una de ellas se había matado de la misma manera que el cura imaginario del relato )


La reina Doña Isabel I de Castilla estaba hecha un mar de dudas, aunque sería más correcto decir, conforme al aire de los nuevos tiempos, que estaba hecha una mar océana de dudas. Ya había transcurrido un largo tiempo desde la partida de Don Cristóforo Colombo con la nao y las dos carabelas y nada se sabía de la expedición.
"Almirante de la Mar Océana, Dios mío!, y yo he cedido a sus pretensiones no dudando en ganarme la voluntad de mi señor esposo Don Fernando para esta dudosa empresa. Habré metido la pata?"
El entusiasta navegante genovés había logrado convencerle a ella y a un puñado de cortesanos, los cuales también se dejaron encandilar por su labia, siendo engatusados merced a la sapiencia que distinguíale en materias tales como la geografía y la filosofía, pues facíase lenguas hablando de la esfericidad de la Tierra y de esta como cuerpo celeste que giraba alrededor del Sol. Tamaña herejía facía rabiar a los clérigos más ortodoxos e incluso al Santo Padre de Roma.
Doña Isabel I de Castilla no lograba conciliar el sueño la mayoría de las noches, abrumada por su gran responsabilidad en la empresa del marino genovés. Pensaba que todo podía volverse en su contra si el osado engatusador Colombo regresaba fracasado o si desaparecía para siempre engullido por los monstruos marinos del mar de los sargazos.
Mucha gente pensaba que, tanto la reina en su empeño descabellado, como el lunático marino genovés, habían ofendido gravemente a Dios Nuestro Señor Padre, que de Finis Terrae para allá moraban los horrendos monstruos del abismo insondable en donde toda forma de vida perece por voluntad de Satanás.
"Oh, Dios mio, ahora se puede volver todo en mi contra!... Empeñé mis joyas para sufragar la expedición; convencí al banquero Santangel para que participase con una cuantiosa suma; me gané la voluntad de los hermanos Pinzón para que capitaneasen las carabelas... Oh, Dios, los hermanos Pinzon precisamente, los mejores corsarios de los que dispone la Corona!... Ellos también pueden morir devorados por los bichos de las profundidades maroceánicas!... Y ahora, para colmo, se habla de que Colombo puede ser un judio converso.
Con estas zozobras es fácil imaginarnos que Doña Isabel I de Castilla no pudiese conciliar el sueño.
"Oh, Dios mio, haz un milagro!", exclamó cambiando por enésima vez de postura en la cama. Y se produjo el milagro porque por algo era la reina primera de Castilla y Aragón. Estiró el brazo para coger de la mesilla de noche el móvil que había empezado a sonar.
- Se os saluda, reina de Hispania!... Soy Cristóforo Colombo!... Perdonad que no os haya llamado antes, pero es que no había cobertura en la mar océana tenebrosa. - Y cambió el tono de voz por otro más jubiloso: - Hemos llegado a Cipango sanos y salvos, Majestad!... Viva Hispania!
- Albricias, Almirante!... Oh, no os faceis una idea de lo que me reconforta escuchar vuestra voz.
- Contemplad estas imágenes, Majestad. - y puso un video en el que se veía una playa con árboles altísimos de un verdor subyugador. Después aparecieron unos hombrecillos y unas mujercillas más morenos que los sarracenos. Ellas mostraban las tetitas y ellos se tapaban las vergüenzas con un simple trapito, y todos sonreían mucho, dando la impresión de ser felicísimos. Volvió a escuchar la voz del Almirante:
- Majestad, he conquistado Cipango sin necesidad de utilizar las armas. Sabed que esta buena gente se ha entregado pacíficamente. Y ahora os cuento lo mejor: ya han aprendido a hacerse selfis, ja,ja, ja, ja!
Ambos rieron felices. No cabía la menor duda, la Cristiandad había dado un gran paso en la historia de la Humanidad, o también se podría decir que la Humanidad había dado un gran paso en la historia de la Cristiandad.
- Se me está agotando la batería, Majestad, ruego me disculpeis!
Doña Isabel I de Castilla se levantó de su region tálamo y acudió a postrarse en el reclinatorio que presída la alcoba real.
- Gracias os doy, Señor de los Cielos Infinitos y Tierra por habernos hecho la merced a vuestros católicos servidores de regalarnos los confines del mundo conocidos como Cipango y...
Pero fue interrumpida por su augusto esposo Don Fernando, el cual, aunque dormía siempre como un tronco, esa noche le dio por despertarse.
- Qué faceis despierta y orando aquestas horas?
- Oh, Fernando, esposo mio, volved a dormiros presto, pues debeis de tener ya por sabido que no es de mi grato gusto ser interrumpida cuando estoy orando. Mañana hablamos y os contaré una buena nueva.
- Mujeres, mujeres... todas son iguales, reinas o plebeyas. - murmuró el rey católico, pero en un tono muy bajito para que ella no le oyese. Pues buena era ella!... y más ahora que la Cristiandad iba a extenderse un montonazo.
1.925 en la costa de Cantabria.
Era la primera vez en su vida que veía el mar. Todo eso que tenía ante sus ojos era el mar. El mar inmenso. Desde las olas que rompían en las rocas o se dejaban morir silenciosas y espumeantes sobre la arena de la playa, hasta la línea del horizonte en donde se divisaba un barco mercante navegando hacia el Golfo de Vizcaya.
Ella estaba descubriendo el mar en una playita de Cantabria. La Mar, porque allí la llamaban La Mar, y existían las calles de La Mar y las plazas de Los Pescadores.
La mar inmensa. La mar de los bucaneros y los balleneros, de la Escuadra de las Cinco Villas. Mar llana o furiosa, brava o generosa de bancos de anchoas y sardinas. Y entre las nubes y el oleaje se exhibían familias de gaviotas escandalosas.
La madre de Adelita había muerto. Adelita permanecía extasiada ante el mar infinito, clavados sus pies en la arena de la playa. Hasta ahora había vivido en la árida llanura burgalesa, y desde ahora otra persona iba a hacerse cargo de ella. Otras personas. Su padre, el hombre que había abandonado a su madre después de nacer ella. Su padre y la mujer de este.
- Te gusta el mar, Adelita - preguntó su madrastra, una mujer que le había gustado a la niña nada más verla. Rosa María era una buena persona, la querían mucho en el pueblo, y no le importaba ocuparse de su "nueva hija" Más aún, estaba encantada.
- Es fantástico el mar, parece que no se acaba nunca! - respondió Adelita
"En donde comen mis dos hijos, puedes comer tú también", le había dicho sonriendo con ternura nada más recibirla.
Vivían del trabajo de pescador de Ramón, el padre, el hombre al que iba a conocer muy pronto.
Lo que ignoraba Adelita es que iba a conocer a su padre como nunca hubiese querido conocerle.
Aquello que flotaba a la deriva era una monstruosidad, no se trataba de una barca ni del resto de un naufragio. Era el cuerpo hinchado de un hombre tras varios días de muerte. El hombre era Ramón. Los peces ya le habían comido los ojos, los labios y las orejas, y el resto del cuerpo estaba lleno de mordeduras.
El día en el que Adelita supo lo que era la vida, lo supo conociendo el mar y conociendo la muerte. Con su madre no conoció la muerte porque Dios se la llevó poco a poco. La vio enferma durante muchas semanas. Se acostumbró al deterioro de su madre, lo vio normal. Pero lo de su padre no lo vio normal. Ese día en la playa conoció la muerte porque la muerte la asustó, y conoció sus efectos: el dolor inmenso de su madrastra Rosa María y de sus hermanastros, y la fealdad de la muerte representada en aquel cadaver horroroso. Y supo que la muerte puede llegar a ser tan injusta y canalla como para privar a una niña de conocer a su padre, pero conociendo un cuerpo inflado y masacrado por los peces, el cuerpo de su propio padre.
El día en el que Adelita supo lo que era la vida, lo supo porque el mar y la muerte se manifestaron ante ella con todo su poder y crueldad.
El mar que nos brindó la vida, del que llegamos a tierra siendo una pequeñísima forma de vida, puede privarnos de ella cuando se le antoja.
Ramón desafió al mar, a la mar.
- Le dije que no saliese a faenar con este tiempo, que no hay que burlarse de la mar, pero era muy testarudo. Al segundo día ya supuse que estaba muerto. - le explicó Rosa María a Adelita acariciándole el cabello.
Y Adelita jamás olvidó el día que conoció el mar y la vida. La vida emparentada con la muerte. La vida que le regaló una nueva madre. Una buena madre.
El la reprochaba que era celosa en extremo. El matrimonio había estado a punto de naufragar en varias ocasiones por esos celos enfermizos que consumían a Pili. Pero, desde hacía un par de años ,ella se mostraba más cauta por el bien de la relación y gracias a la ayuda de una psicóloga muy competente.
Marcos viajaba continuamente, pues era representante de una cotizada firma de joyería.
Esta vez Pili no telefoneó a Marcos por su afán controlador de celosa crónica, sino porque tenía algo muy importante que decirle, lo más importante y deseado desde el día en que se conocieron, y hacía ya un lustro y pico.
Marcos viajaba por carretera entre Madrid y Barcelona, y en este momento contemplaba desde lejos la basilica del Pilar de Zaragoza. Contemplaban. Marcos viajaba acompañado. Muy bien acompañado.
- Dime, cariño.
- Marcos, mi amor, vamos a ser padres!
Pili oyó un ruído y luego nada. Silencio. Mosqueante silencio.
- Marcos!, Marcos!... Por qué no me hablas?!
Marcos no se percató de la lentitud de aquel camión cuando cambió de carril, y se empotró ipso facto contra su parte trasera.
Murieron en el acto Marcos Santoveña Tardajos y su amante Vanesa Ortiz Romero.
Para los bomberos que acudieron a extraer los cadáveres de entre el amasijo de chatarra, no hubo ninguna duda acerca de la causa del accidente: Vanesa estaba masturbando a Marcos en el instante del impacto.
Pajilla y teléfono no son buenos aliados para los viajes por carretera.
María del Pilar Salcillo Aguirrelapera, "Pili" para el difunto, dio luz a una hermosa niña que se llama Hortensia María. A él no le hubiese gustado este nombre.

( Gotemburgo, la ciudad más importante de Suecia después de Estocolmo )
Se llamaba Patrik Mellberg y vivía con sus padres y hermanos en Gotemburgo, Suecia, un país civilizado.
Le costó lo suyo que sus padres le permitiesen irse de vacaciones a casa de sus tíos y primos en Londres, la capital de una isla muy grande y parte de otra.
Patrik solo tenía 17 años y este era el primer viaje largo de su vida, su primera salida de casa para visitar otro país.
El matrimonio Mellberg se propuso mantenerlo controlado por teléfono a cualquier hora del día, hasta que...
Fue otra persona la que les llamó, un hombre que se presentó como intérprete y dijo hablar en nombre de las autoridades de una ciudad llamada Pamplona.
- Sí, señora, esto es España.
Era Annika, su madre, la que se había puesto al teléfono. A partir de este momento, todo lo que escuchó fue para ella como un castigo infernal. Primero se le abrieron los ojos hasta la estupefacción absoluta. Luego se negó a creer lo que le estaban contando. Y finalmente lloró como nunca había llorado en su vida, una vida que ya era muy distinta para ella.
La tragedia podría resumirse de la siguiente manera: Patrik y su primo Mats dijeron en casa que iban a pasar el fin de semana con unos amigos en Oxford, pero tomaron un avión de low cost que les llevó a Pamplona, una ciudad española que alardeaba de contar con la fiesta más tradicional del país, un espectáculo bárbaro bendecido por el gurú de los escritores, el estadounidense Hemingway, y que consiste en correr por la calle delante de seis toros bravos.
Patrik Mellberg fue corneado hasta la muerte por un toro negro zahíno que se empeñó en vengarse de todos aquellos jóvenes que le habían sacado del campo para hacerle correr por las calles.
Patrik formó un gran charco de sangre y Mats aún no se ha recuperado de la fuerte impresión recibida.
Patrik Mellberg, un chico nacido y residente en Gotemburgo, una ciudad y un país que no necesita de ese tipo de tradiciones sangrientas para que se diviertan sus jóvenes... o para que mueran.